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PRT y FS: vidas paralelas

 

 

PRT y FS: vidas paralelas

op-hbsvPor Antonio Zapata

Plutarco fue un famoso historiador de la antigüedad griega. Su escrito más conocido se titula Vidas paralelas, donde compara biografías de grandes personajes, uno romano y el otro griego, analizados en parejas para estudiar sus virtudes y defectos.

Aplicando su método, quisiera referirme a dos experiencias partidarias separadas por 30 años. Por un lado, se trata del PRT de fines de los 1970, dirigido por Hugo Blanco, donde milité en mi juventud. En segundo lugar, el proceso de Fuerza Social que tenemos ante nuestros ojos.

Ambas experiencias comparten un triunfo electoral sorpresivo. El punto de partida es un grupo frágil que participa de una contienda con objetivos modestos y obtiene un respaldo abrumador e inesperado. El tema de fondo es la fortuna. Lo obtenido no fue fruto de un trabajo paciente sino que es hijo de una circunstancia feliz bien aprovechada por el candidato(a). En el caso del PRT fue la extraordinaria votación de Blanco para la Constituyente de 1978 y para FS el triunfo de Susana Villarán en la Municipalidad de Lima. Ambas victorias sorprendieron, en primer lugar, a sus propios estados mayores.

A continuación, venía una segunda contienda electoral, presidencial y parlamentaria, que representaba el premio mayor, en comparación con la primera elección, concebida como un aperitivo. Para el PRT fueron las presidenciales de 1980, dos años después del triunfo electoral de Blanco en la Constituyente. En el caso de FS, el proceso es mucho más rápido, puesto que su experiencia se resume en breves tres meses.

La conducción política provenía del período anterior al triunfo electoral y, por lo tanto, era débil para afrontar las responsabilidades derivadas de la primera victoria. Por ello, un punto decisivo es la fragilidad de la dirigencia y su dependencia de una figura carismática, que expresa el nuevo caudal electoral que ofrece sentido al partido.

A continuación sobreviene una inflación de expectativas. Los militantes sueñan despiertos con su parte personal en el tesoro. Las pasiones se tornan presiones para tomar caminos diferentes, mientras la dirección vacila. Ante la dificultad para optar entre dos opciones razonables, pero con costos, eligen una tercera vía, que consiste en ir solos. De ese modo, se desvanece el temor de los cuadros ante la contaminación ideológica, y de paso se satisface su voluntad por ganar cargos. Esa carta sirve para ganar un evento interno, pero luego conduce a la debacle.

Otro elemento crucial es la unidad del campo popular ante la segunda elección. Para la primera contienda, no era clave armar una coalición, porque no eran elecciones nacionales. En cambio la presidencia obliga a encarar el frente único y, por lo tanto, en ambas experiencias, una pregunta decisiva es: ¿cómo satisfacer las aspiraciones unitarias de los ciudadanos políticamente progresistas?

Como la unidad equivale a perder perfil, en el partido se argumenta la conveniencia de aprovechar el alza para consolidar una línea. Así, se alimenta la idea de competir exclusivamente los puros. Mientras tanto, una parte de la dirigencia había armado una plataforma de unidad, en los años 70 fue ARI, y ahora ha sido la efímera alianza con el MNI y Tierra y Libertad. A las finales, la figura carismática patea el tablero y asume el costo de la ruptura, que suele ser muy alto.

Un último punto es la calidad intrínseca del líder. Apenas Blanco retomó sus raíces, volvió a ser el líder campesino ingenioso y sabio que había sido en su juventud. Para salvar los restos de su movimiento, Susana Villarán ha de volver a lo suyo y dirigir un municipio metropolitano encarando las necesidades profundas de Lima. Dada la circunstancia, chau presidenciales.

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