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Sobre la unidad de la izquierda realmente existente II

Sobre la unidad de la izquierda realmente existente II

 

op-espejismoPor Jesús Ospina

"Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar". Proverbio chino.

Dos puntos aparecen con cierta fuerza en la actual coyuntura en relación con la unidad. El primero es qué tipo de unidad es la que actualmente se está buscando, y la segunda cuál podría ser una hoja de ruta para lograr una unidad sólida y sostenible. Ello para hacer la revolución copérnica que demandaba Alfonso Barrantes Lingán, el centro no es la teoría y sus propuestas, sino la realidad y sus heréticas ofertas en diálogo con las teorías.

Unidad realmente existente
La unidad de la izquierda, que muchos líderes e intelectuales fundadores de la actual izquierda, desearían que hubiera acontecido en estas elecciones, es una fórmula marcada por el pragmatismo utilitario de ser gobierno, más que en la construcción de teorías propias e instrumentos de poder que luego de un trabajo constante y cotidiano terminaría siendo el factor decisivo para ganar las elecciones. La idea no es mala en sí, pero adolece de sentido histórico.

Al parecer la consigna "salvo el poder todo es ilusión", aún retumba en sus pensamientos. Y poder significaría para ellos la capacidad de decidir hoy sobre temas nacionales y globales, ganar las elecciones para construir esos instrumentos de participación ciudadana y teoría política. El poder que emana de colectivos claros y conscientes, y cuya "luz" luego se irradia rápidamente a la sociedad. Esto le es esquivo a la izquierda, y le se escapa elección tras elección.

Así, la unidad estaría marcada por la angustia y el desencanto, más que por la esperanza y la realidad. Y es que aún la izquierda está tanteando ubicarse bien en la realidad, en lo fáctico y concreto del Perú de hoy. Ello porque ya no cuenta con un pensamiento político ideológico que le pueda servir de guía para la acción. Así, desprovistos de una corriente intelectual, naturalmente la izquierda ha pasado al pragmatismo como arma efectista de tener poder, pues de lo contrario desaparecería.

Y es que sin un mito e ideal político, y sin un poder concreto y real, los dirigentes sienten, y no les falta razón, que no son parte de la historia. Y los líderes históricos, fundadores de la izquierda, han sido siempre los que han puesto la agenda, han dirigido los procesos y han sido los referentes políticos. Y están procesando una reingeniería intelectual y política, que lleva tiempo.

Además, los sólidos argumentos ideológicos cayeron en desuso, y Guillermo Rochabrún publica su libro "Batallas por la teoría", como un grito silencioso para demandar una teoría, desde el marxismo, adecuada a la realidad que vivimos y que sirva para la acción. Pero ahora ya no hay tiempo para la interpretación de la realidad peruana, de las discusiones sobre cómo es el país, de los debates para explicar lo que ocurre. A pesar de los enormes esfuerzos desplegados por grupos como los "Zorros", entre otros. Lo coyuntural los absorbe, los convoca, los consume, los atrapa.

Todo ello porque han entendido, y muy bien dicho sea de paso, que las masas demandan la unidad. Y si bien es justo y necesario atender ese reclamo, es también verdad que la unidad debe pasar por una propuesta del momento en que se encuentra el país y sus perspectivas, de cómo hacer esa unidad y con quienes, para que sea sólida y consistente.

Hoja de ruta para una sólida unidad

Esta propuesta se basa en una mirada más crítica de la experiencia plasmada por Alfonso Barrantes. Su apertura de pensamiento y de diálogo, además de intentar tener una práctica democrática, posibilitó su ascensión y popularidad. Además de su sentido común, es decir de ser consciente del momento que se vivía, de sus límites y potencialidades, y de allí elevarla a buen sentido, como diría Gramsci.

Su propuesta política (que en tanto no fue un teórico no la pudo sistematizar), superó por lo menos dos errores de antaño: la primera es la sectarización e ideologización desde la izquierda, es decir, el único pensamiento válido provenía de alguna cantera del marxismo; y la teoría podía "imponer" su propuesta sobre la realidad. Y la segunda es la participación subordinada de la población, pues si alguien no citaba a algún clásico de la izquierda no era escuchado. Esos errores generaron propuestas abstrusas y sin mucho contacto con la realidad.

Por ello la nueva propuesta debería tener por lo menos dos componentes: un pensamiento inclusivo y democrático, donde se pueda dialogar (que no es lo mismo que pactar), con todos los pensamientos académicos, liberales o socialistas para discernirlos de acuerdo a nuestra realidad. Y lo segundo la construcción de espacios de diálogo democrático y participativo con la población, donde se trabaje la construcción de un pensamiento propio, escuchar sus intereses, recoger sus propuestas, incluir sus ideales.

Y claro como un punto transversal, tener una práctica y una actitud democrática, no de superioridad y hegemonía intelectual. Reconocer humilde e hidalgamente que no se sabe bien cómo actuar. Esta actitud fue muy bien planteada por Barrantes, su sencillez frente a la complejidad de la realidad y sus propias limitaciones.

Unidad desde abajo

Y entonces, el proverbio chino, arriba descrito, marca un rumbo a seguir. El pozo de la desunión no saldrá del pragmatismo operador de la unidad por la necesidad de tenerla, sino de entrar en la realidad, intentar analizarla a través del sentido común y de teorías políticas e ideológicas diversas para entendernos, y desde allí proponer alternativas para su transformación. Es decir, ser pragmáticos para comprender la realidad e intentar incidir sobre ella, no para aprovecharla apriorísticamente.

Salir del esquema clasista de entender la realidad, dialogar con el liberalismo y su pensamiento, y contrastarla con lo que ocurre en el país. Entrar en diálogo con las organizaciones sociales y sus iniciativas, rescatando sus ideales y sugerencias. La unidad sólida y trascendente no vendrá de los deseos de una élite bien pensante y bien intencionada, sino de un trabajo de articulación de propuesta con la población, entre ellos los más pobres, y sus demandas.

Como decíamos en anterior artículo, esa es la fortaleza de Fuerza Social, FS. Ellos vieron que había gente liberal (no sólo en las clases altas), más allá del espacio clásico de la izquierda, con una actitud de cambio, honesta, democrática, que no tenía un espacio en una derecha oligárquica y anti democrática (en el sentido de no participación social de los más pobres y excluidos).

Supo entrar en la realidad con la esperanza de acumular fuerzas con sectores progresistas, emergentes, democráticos, marcados por una concepción liberal de la participación política, y de la construcción de un Estado más inclusivo. Y para ello debían demostrar también capacidad democrática, es decir de respeto a la opinión del colectivo, de sus integrantes.

Ahora tienen una brecha en esa intención de entrar en la realidad. Ello debido a que el anhelo democrático, no se ha cumplido al momento de inscribir la alianza con otros partidos, pues los líderes no respetaron los acuerdos de sus bases de ir solos a la contienda electoral. El pragmatismo de la hora undécima se impuso sobre los principios democráticos, y la presión de grupos que subordinan, sí o sí, los principios a la eficacia.

Demostrando reflejos democráticos, Susana Villarán en carta hecha pública hace unos días, solicitó respetar los acuerdos de las bases y anular la alianza electoral. Se enfrentan así dos concepciones y prácticas de la lucha política. La que privilegia, la eficacia, las decisiones de las élites y los intereses partidarios, pensando que así se acumula fuerzas coyunturalmente para un triunfo de todo el pueblo. Y la que prioriza los principios y las decisiones –equivocadas o no- colectivas y democráticas, que acumulan fuerzas estratégicamente en el largo plazo para lograr triunfos electorales y de gestión más sólidos y sostenibles.

Así las cosas, aun es prematuro hablar de unidad, pues las perspectivas no se han compartido, y ésta saldrá del diálogo democrático y sin cortapisas ideológicas, pero con una clara perspectiva de que la sociedad que se busca construir desde todos sus poros y células, debe ser democrática, justa, equitativa, inclusiva, participativa, solidaria. Para quienes aun creemos en el socialismo, será socialista por su esencia y hechura de pueblo y de ser compartida por una élite que se hace desde abajo. Para otros tendrán otra denominación, pero será al final para crear prosperidad y felicidad, pan y belleza, como diría Mariátegui.

Comments  

 
#1 Milagros Valdeavellano 2010-12-24 20:49
Hemos revivido la tragedia de Frejolito al ceder el paso a AGP "porque no tenía con quién gobernar".
Se impone el diálogo AUTOCRITICO DESDE LAS BASES, tenemos derecho a "meter la pata" pero también a reconocerlo y tratar de CAMBIAR...aunque lo intentemos muchas veces y sigamos cayendo en los mismos errores...mientras tengamos compañeros que nos lo hagan notar e intentemos rectificar.
 

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