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Si el Perú no cambia ¿mejor cambio yo?

Si el Perú no cambia , ¿mejor cambio yo?

op-01cambiarracismoPor Wilfredo Ardito

-Les cambiamos la vida a estos chicos.

 A comienzos de mes acompañé a mi abuelita a un consultorio médico y en la sala de espera conversaba con un anestesiólogo, quien me reveló que su principal fuente de ingresos era apoyar operaciones de cirugía plástica para los jóvenes que buscan eliminar la nariz aguileña, característica de las personas andinas.

 -A veces es por un problema afectivo, pero la mayoría de casos necesitan operarse para conseguir un buen trabajo – me decía.

 Había obtenido un nicho de mercado, gracias a que la sociedad peruana trata mejor a quienes parecen "menos indios”.

 Hace casi cincuenta años, cuando las Naciones Unidas establecieron el 21 de marzo como Día Mundial contra la Discriminación Racial, se pensaba especialmente en los regímenes de segregación de Estados Unidos y Sudáfrica. Ahora se sabe que, aún sin leyes racistas, la discriminación racial puede marcar a una sociedad.

 En el Perú tuvimos un régimen de segregación racial en tiempos coloniales: el lugar de residencia, el acceso a la educación, la vestimenta permitida o las comidas estaban vinculadas a los rasgos físicos. Con la Independencia, estas normas quedaron derogadas, pero la segregación subsistió en la práctica, pues las nuevas élites criollas no buscaban realmente que todos los peruanos fueran considerados ciudadanos. Promovieron más bien la inmigración europea para "mejorar la raza”, otorgando beneficios a los inmigrantes que no disfrutaban ni negros ni indígenas.

 A lo largo del siglo XX, una serie de cambios sociales como la migración, la urbanización y la expansión de la educación han generado que la situación económica de millones de peruanos de ascendencia indígena sea mejor que la de sus padres o abuelos. Sin embargo, todavía muchas personas de rasgos andinos sufren del analfabetismo, la mortalidad infantil, la desnutrición o la indocumentación. Los afroperuanos, por su parte, se encuentran también entre los más pobres de las ciudades donde viven.

 Estos abruptos contrastes raciales no generan mayores protestas en nuestra sociedad, porque han sido "naturalizados”, es decir, muchos peruanos (aun los más pobres) asumen que es el funcionamiento normal de nuestra sociedad.

 Por eso, tampoco genera tanto horror que la manifestación más brutal de racismo en nuestra historia republicana sea bastante reciente (la mayoría de perpetradores se encuentran vivos, libres e impunes): las masacres ocurridas en los años ochenta contra millares de campesinos, cuyos rasgos indígenas hacían que las Fuerzas Armadas los consideraran simplemente seres sin derechos. Resulta interesante destacar que, durante esos mismos años, también el ejército guatemalteco llevó a cabo la misma política de "tierra arrasada” contra los indígenas. La diferencia es que allá, todos son conscientes del carácter étnico que tuvo la violencia estatal, mientras en el Perú el término indígena sigue siendo un tabú y normalmente no se consideran aquellos crímenes como prácticas genocidas.

 Un mecanismo menos violento, pero muy eficaz para reafirmar el racismo en el Perú son los medios de comunicación, especialmente la televisión, que refuerza la asociación de belleza y status con las personas blancas. En los productos para niños está el caso más corrosivo y perverso: sólo aparecen niños rubios en las estampas de Primera Comunión, la publicidad de champú, las muñecas o los anuncios por el Día de la Madre. Todavía nos resistimos a asociar un niño andino, mestizo o negro con imágenes de felicidad o prosperidad.

 Es verdad que ahora en varios comerciales recientes, los rasgos andinos se asocian a esfuerzo y tenacidad, aunque no a éxito. Inclusive, la presencia de Magaly Solier o Erick Elera podría implicar que están cambiando algunos estereotipos estéticos. Sin embargo, algunos peruanos sienten que no pueden esperar a que la sociedad cambie y prefieren cambiar ellos mismos, tratando de parecer menos indígenas. Hay quienes optan por la medida extrema de modificar su nariz o por la medida más extendida de teñirse el pelo. Cambiar de apellido, de vestimenta o impedir que los hijos aprendan quechua son también prácticas muy frecuentes.

 Entre los afroperuanos, es también frecuente buscar como pareja a una persona de tez más clara, para que sus hijos no sufran discriminación. "Por eso es que acá, prácticamente los negros están desapareciendo”, me dice un habitante de Zaña, en Lambayeque.

 En ningún país del mundo, el racismo ha disminuido espontáneamente. Es necesario contar con políticas públicas que busquen generar una mejor convivencia entre los peruanos y una mejor autoestima.

 Frente a la inacción del gobierno central, desde hace tres años, decenas de municipalidades y gobiernos regionales han promulgado Ordenanzas contra la discriminación, que han generado importantes campañas y cambios de comportamiento. Todavía, sin embargo, ciudades como Trujillo, Cusco o la propia Lima Metropolitana carecen de este tipo de instrumento.

 Cambios culturales, cambios normativos y cambios personales son fundamentales si queremos vivir en una sociedad donde el color de la piel o la forma de la nariz no marquen el destino de las personas.

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