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Prensa, memoria, terror

Prensa, memoria, terror

op-01periodismoPor Rocío Silva Santisteban

¿Realmente la prensa ha cumplido un rol importante en la construcción y reconstrucción de la historia del Perú de los años del terrorismo, del conflicto armado o de la llamada guerra popular? Habrán notado, desocupados lectores, que he mencionado tres formas de llamar a esos años: la que muchos utilizamos en esos días, la que ha propuesto el Informe Final de la CVR y la que, además, usan los propios subversivos para hablar de esa desgarradura en nuestra historia como país. En cualquier caso, el rol de los medios ha sido sumamente importante, tanto para la memoria como para ejercicios perversos de desmemoria y, además, para la propia nomenclatura de esos años.  Desde las tres perspectivas hubo producción periodística y eso es algo que debemos de tener en consideración: desde el día a día de esos años en la prensa masiva y, posteriormente, desde la revisión de esos años o la negación de los mismos desde una memoria reflexiva, y también desde la propia prensa –clandestina y no clandestina– de Sendero Luminoso o el MRTA.

La semana que acaba de pasar hubo un esfuerzo de “razón mnemotécnica” –como diría Salomón Lerner–  que convocó a periodistas, profesores, alumnos, activistas, abogados y otras personas, para pensar si la prensa en particular jugó un rol o no para organizar una memoria de esos años (Coloquio sobre medios, memoria y violencia). En el evento hubo respuestas de todo tipo, contradictorias, opuestas, provocadoras, y también algunos consensos mínimos. Personalmente creo, a pesar de las diferencias que se recordaron y los errores de apreciación de muchos (el doloroso y confuso recuerdo de Uchuraccay), durante los años 80 en el Perú la prensa fue valiente, osada, ilusa en su entrega, curiosa y, muchas veces, tremendamente lúcida para seguir pistas a veces mínimas y llegar a descubrir fosas comunes, asesinatos y comandos de aniquilamiento como Colina.

A su vez hubo dos protagonismos diferenciados: los propios periodistas y los dueños de los medios. Recordemos, por ejemplo, que Genaro Delgado Parker decidió, en aquellos años, que Canal 5 solo cubriría durante un minuto las noticias de cualquier atentado, en una postura de rebeldía frente al secuestro de su hermano Héctor. Para Fernando Vivas y para Jacqueline Fowks, esta situación mostraba una postura política radical frente a lo que estaba sucediendo en ese momento. La antítesis fue la postura de Edmundo Cruz y Ricardo Uceda, quienes –a pesar de las múltiples dificultades– siguieron la pista de una fuente y finalmente pudieron encontrar los restos de los estudiantes de La Cantuta.

Como sostuvo Rolando Luque, de la Defensoría del Pueblo, es un absurdo una memoria única: no es deseable porque es limitante. Pero a su vez, como propuso Salomón Lerner, una memoria común “con sus mínimos comunes y sus matices diferenciales” no solo es posible sino que es fundamental. Hoy vivimos memorias en conflicto porque hay procesos –como sostuvo Luque– que no han concluido: sigue la impunidad, la injusticia, el olvido. ¿Cómo construir una memoria que no esté anclada en el pasado sino que pueda fortalecer el futuro?, preguntaba Gonzalo Portocarrero planteando un cierre a la última mesa de este coloquio.

Hay que terminar con el duelo, pero la única manera de hacerlo es reconociendo la deuda social con las víctimas. La prensa también les debe, a esos muertos, imágenes y representaciones; les debe a veces el alma que les robó en algunas historias estereotipadas y algunas fotos indignas.

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