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Vicente Santuc

Vicente Santuc

op01-vicentePor Jairo Rivas Belloso

Eran los primeros años de los noventa y yo empezaba mi recorrido por los veintes. El país se desangraba y esa situación tocaba profundamente al grupo de gente con la que por entonces compartía búsquedas, temores y esperanzas. No era fácil el Perú de aquellos días. La muerte acechaba en cada esquina de la ciudad, y algunos sabíamos que esa oleada de sangre que empezaba a teñir la capital tenía ya su estela trágica en muchos pueblos del interior. Eran tiempos de desconcierto.

Parte de mis amigos y amigas encontramos en los jesuitas un referente para mantener la esperanza. No voy a relatar todas las circunstancias de aquel encuentro que marcó la vida de mucha gente de mi edad. Hoy solo quiero recordar la importante presencia de Vicente Santuc en mi memoria de aquel tiempo.

Éramos jóvenes y teníamos esperanza, pero también miedos. No sabíamos si el futuro podría abarcar toda nuestra energía. En ese escenario de inquietudes en ebullición cada encuentro con Vicente fue una oportunidad para sosegar la mirada y aprender, una y otra vez, a encontrarse con lo verdaderamente esencial: la centralidad de la vida humana y la necesidad de que toda acción colectiva – social, política, económica – respetara las condiciones para su desarrollo y felicidad.

En sus palabras, la reflexión filosófica se nos hizo familiar, absolutamente cotidiana. Nos confrontaba con lo que estamos viviendo con tanta intensidad y nos animaba a caminar hacia decisiones racionales y apasionadas a un tiempo. Y esta combinación caracterizó siempre sus bien fundamentados y articulados razonamientos. Sin esa intensidad no me es posible abarcar ni recordar a Vicente, la misma que le vimos al liderar el proyecto de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, la que seguramente mostró en sus tiempos en Piura, o la que mostraba con sus espontáneas e inmensas carcajadas en tantos momentos que sabía compartir.

Hoy Vicente ya no está entre nosotros. Falleció de manera repentina en París hace algunos días, adonde había regresado para una temporada de descanso bien merecida. En diversos diálogos y encuentros en los días que han seguido a su partida, he constatado cuanta huella ha dejado en la vida de muchas personas, y cuanto lo estamos empezando a echar de menos. Nuestro país ya no enfrenta la encrucijada sangrienta de hace algunas décadas, pero sigue siendo un territorio humano que nos deja perplejos, con inquietudes e incertidumbres. ¡Cuánta falta nos va a hacer Vicente para ayudarnos a entender lo que es verdaderamente importante en estos tiempos!

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