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Elecciones hoy; democracia siempre

Elecciones hoy; democracia siempre

op01-democraciaPor Salomón Lerner Febres

Es muy cierto que la experiencia democrática es mucho más amplia y compleja que el simple acto electoral y que de ningún modo puede quedar reducida a él. Vivir en democracia supone existir en un ámbito de ejercicio de derechos y ello involucra, en última instancia, a una cierta cultura, a un conjunto de hábitos compartidos, a un cierto sentido común asociado a ideas de libertad y de igualdad. Sin embargo, hay que subrayar que los comicios son un momento crucial de esa vida democrática: si esta consiste en una forma de tomar decisiones colectivas, la elección de autoridades y representantes debe ser vista como una de las determinaciones más importantes que se toman en una sociedad. El resultado de tales elecciones ha de marcar el derrotero de la sociedad por varios años consecutivos, ya se trate de profundizar el camino seguido hasta el momento, de aplicar cambios y mejoras discretos o de modificarlo completamente.

Esto último, en cierta forma, equivale a decir que las elecciones constituyen el momento en que la sociedad entera se pregunta y toma decisiones sobre su proyecto como colectividad. No es insensato pensar que en un país como el nuestro, que todavía enfrenta carencias que afectan tan gravemente a su población, tales como la pobreza extrema y la vulnerabilidad de los derechos fundamentales, lo que se halla en juego en unos comicios es mucho más acuciante. Ello demandaría, por tanto, propuestas claras, sinceramente expresadas y cuidadosamente debatidas sobre qué hacer en un futuro en el cual el bienestar, la vida y la dignidad de millones de personas se hallan en cuestión.

Si las elecciones que hoy se realizan dejan a amplios sectores sociales con una cierta desazón, eso se debe a que las pobres candidaturas presentadas no nos han dicho nada en concreto sobre los pasos que en el futuro debe dar nuestro país para consolidar su democracia y afirmar así un desarrollo con bienestar y una paz con justicia. Es muy poco lo que las opciones en liza prometen en términos de un proyecto nacional deseable y realizable al mismo tiempo, un proyecto que, a la vez que lleve al país a combatir las odiosas desigualdades y las exclusiones persistentes, garantice el respeto a las libertades y el fortalecimiento de nuestras instituciones.

No hablaré ahora de esas candidaturas claramente antidemocráticas y que parecen constituir un premio a un pasado criminal y corrupto. Fuera de ellas, están aquellas que insisten sin matices, con una grisura que aletarga, en la ruta solamente economicista que venimos recorriendo desde hace dos décadas, una ruta que, es cierto, ofrece crecimiento, pero que no hace realidad el bienestar y el respeto para la mayoría. Por otro lado, están las propuestas que se dicen contestatarias y transformadoras, pero que están lejos de aclarar el camino por el que se realizará el cambio deseado y que no logran disipar los temores sobre sus posibles tendencias autoritarias o de sujeción a gobiernos extranjeros.

En medio de todo esto: amenazas de lo autoritario; ausencia de ideas estructuradas; uso permanente de frases vacías; promesas que se las sabe mentirosas, muchos temas cruciales para nuestra democracia han quedado sin ser considerados, o han sido tocados desde una mirada superficial que no van a las cuestiones de fondo. Señalo solamente dos de ellos por su importancia capital: la educación, y la protección y promoción de los derechos humanos. Es difícil pensar en un futuro para el Perú sin un cambio verdadero del sistema educativo. Ni el desarrollo ni mucho menos la igualdad serán posibles de continuar el descalabro educacional que hoy vivimos. Al mismo tiempo, la vitalidad y la vigencia de nuestra democracia dependen de que seamos, algún día, una verdadera sociedad de ciudadanos, lo que está lejos de ocurrir mientras se mantenga el desinterés de los políticos en la promoción de los derechos fundamentales.

Así pues, la elección de hoy tendrá que hacerse entre las candidaturas limitadas y nada inspiradoras que tenemos. Pero debería servir también, y de un modo fundamental, para renovar nuestras inquietudes y preguntas sobre la indispensable restauración de nuestra política y sobre la necesaria recuperación de un debate acerca de nuestro proyecto nacional. Debería servir, en fin, para que tanto los electores como los que salgan elegidos asumamos realmente nuestras responsabilidades, reafirmemos todos ese compromiso ético y social que funda nuestra vida en común y empecemos a vislumbrar, a través del diálogo respetuoso con la autoridad, y la construcción de amplios consensos, un horizonte más abarcador y duradero, aquello que –como sociedad que cree en la democracia y en el estado de derecho– deseamos ser.

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