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Con ojos alemanes

Con ojos alemanes

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Por Wilfredo Ardito Vega

-En Chiclayo he conocido un club con piscina, pero sólo podían usarla los socios y sus invitados. ¡Me pareció terrible la voluntad de separarse de los demás! -declaró un joven alemán.

Como él, otros cincuenta voluntarios estaban participando en un encuentro en Pachacamac y yo les había pedido que compartieran cómo se sentían en relación a los peruanos. En este caso, viniendo de un país donde las piscinas suelen ser públicas, les causaba sorpresa y rechazo la existencia de piscinas privadas.

A los peruanos, naturalmente, también nos pueden sorprender los alemanes: por ejemplo, los jóvenes reunidos en Pachacamac estaban pasando todo un año como voluntarios en el Perú, antes de ingresar a la Universidad.  No conozco ningún peruano que por un año salga de su casa para ayudar a niños huérfanos, ancianitos o campesinos.

A la edad en que a muchos chicos peruanos, sus papás todavía los recogen de las fiestas, los voluntarios tenían ya seis meses viviendo totalmente independientes en Jaén, Pucallpa o Abancay. “Como no tenemos empleada doméstica en Alemania, sabemos organizar nuestra vida desde pequeños”, me explica un funcionario alemán.

De hecho, la situación de las trabajadoras del hogar es muy difícil de sobrellevar: “Estaba preparada para ver cosas duras en el Perú, pero el maltrato a la empleada de la casa donde vivo es demasiado”, explica una joven. Vivía en Arequipa con una familia que le pagaba 150 soles al mes a una chica de 15 años, obligándola a trabajar desde las cinco de la mañana.

Otro problema que a todos los voluntarios les molestaba eran los comentarios racistas, machistas u homofóbicos por parte de sus amigos y colegas peruanos. También se daban cuenta de que se vinculaban a peruanos que jamás tendrían contacto entre sí.  “Si mi mamá sabe que me has llevado a una fiesta donde había mototaxistas, me mata”, le dijo a un alemán un universitario piurano.  Los voluntarios ya se habían dado cuenta de quiénes tienen la vida más dura en el Perú: un muchacho que cooperaba en un albergue para niños abandonados en Arequipa comentó que los apellidos más frecuentes eran Quispe y Huamán.  Y la exclusión puede marcar toda la vida: en la misma ciudad, otro voluntario, que trabajaba en el asilo de ancianos, relató el caso de una viejita apellidada Quispe, quien toda su vida había trabajado como empleada del hogar, para terminar en pobreza absoluta. A otra anciana, apellidada Huamán, que sólo hablaba quechua, la habían recogido debajo de un puente.

Me parecía que los voluntarios alemanes estaban conociendo el Perú mejor que muchos peruanos, pero escucharlos, a mí también me sirvió para conocerlo mejor.

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