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“Urubamba Valley”: Drama neoliberal en tres actos

"Urubamba Valley": Drama neoliberal en tres actos

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Por Carlos León Moya

El 11 de noviembre del 2010, apenas cinco meses antes de la primera vuelta, se inauguró la 48 edición de la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) en el Valle Sagrado de los Incas, Urubamba, Cusco. El tema central: competitividad. El plato de fondo: un “CADE presidencial”, con los cuatro principales candidatos de ese entonces invitados como ponentes. Era la primera vez que una ciudad que no es capital departamental albergaba un CADE, y Urubamba podía acogerla porque su oferta hotelera había aumentado sustantivamente en los últimos cinco años -superando a la de ciudades como Trujillo o Chiclayo- y por el gran desarrollo de los servicios turísticos en transportes, restaurantes y otros. El crecimiento económico estaba llegando a provincias: no era solo Lima, el Perú avanzaba.

El discurso más polémico fue sin duda el de Ollanta Humala. Aunque buscaba infundir confianza entre los asistentes, sus propuestas de revisar los “contratos de estabilidad tributaria”, “aplicar impuestos a las sobreganancias mineras” y de tener un Estado con un papel más activo en la economía que el actual, no generaron simpatía en la audiencia ni en el panel que le tocó por sorteo. Véase por ejemplo la pregunta que le hizo Patricia Teullet, Gerente General de COMEX PERU y creadora de la “Teoría Económica de la Vaca”, popularizada por Rosa María Palacios.

Michael Porter, profesor de la Universidad de Harvard, también fue uno de los panelistas invitados en su condición de especialista en competitividad. Aguafiestas, Porter señaló en su exposición que el crecimiento del Perú “ha sido altamente heterogéneo entre los diferentes segmentos de la sociedad y diferentes partes del país”, a la par que mostraba un cuadro chavista y antisistema sobre la concentración de la pobreza en la sierra. Asimismo, afirmó que “la falta de diversificación de [nuestra] economía y su dependencia del mercado mundial de commodities exponen al Perú a altos niveles de volatilidad”. Primicia: somos un país primario-exportador, tenemos una economía vulnerable a los cambios de la demanda mundial y con un crecimiento que no ha beneficiado a todos por igual. Tuvieron que traer a Porter desde Cambridge, Massachusetts, para que diga lo que muchos escuchaban a domicilio pero no querían aceptar.

Más allá de sobreganancias o primario-exportadores, lo innegable era el crecimiento económico. Pero, ¿qué debía seguirle? Para Rolando Briceño, en ese entonces Presidente de la CONFIEP, el empresariado nacional era “consciente de que hemos caminado un buen trecho de crecimiento acelerado en los últimos quince o veinte años, pero también de que hemos llegado a una situación en la cual tenemos que pasar a una siguiente etapa”. ¡Eso! ¿Cuál es esta? Dígame la etapa, doctor: “esta etapa de crecimiento debe convertirse en una etapa de desarrollo”, sentenció Briceño. Apuntado: de-sa-rro-llo. Y para los empresarios asistentes, desarrollo era antónimo de Ollanta Humala. Una encuesta realizada por Ipsos Apoyo entre los asistentes al CADE de Urubamba mostró que el 88% consideraba que la elección de Humala como Presidente tendría un efecto “negativo” o “muy negativo” en el desarrollo del país, mientras un 68% creía que la elección de Pedro Pablo Kuczynski sería “positiva” o “muy positiva”. Y todo iba bien: Castañeda iba primero, Humala cuarto, Keiko hacía guiñitos de ojo a la audiencia, Meche Aráoz venía de aceptar ser candidata presidencial y casi la nombran Miss CADE.

Los ciudadanos de Urubamba, sin embargo, tienen una percepción distinta de lo que es lo mejor para el país. Ollanta Humala obtuvo, cinco meses después, 68.9% de los votos válidos en la provincia de Urubamba, mientras PPK apenas llegó a 7.6%. El mundo al revés: pobre CADE, tanto para eso.

Inciso: Qué pasó en el Cusco, o Mami qué será lo que quiere el negro.

Aguanta, ¿qué? ¿Qué pasó? ¿No que el crecimiento? ¿O sea que el problema de comunicación sobre los logros? ¿O sea que Arellano nos mintió? Cuando nuestros neoliberales criollos no entienden algo, suelen ensayar respuestas a medio camino entre el estupor y la rabieta, entre el balbuceo y la malcriadez. Diez días después de las elecciones, en RPP, el Ministro de Economía Ismael Benavides intentaba dar respuestas coherentes a un hecho incoherente: ¿qué pasó en Cusco? Esa región “recibe 300 millones de dólares al año de canon y todos han votado a favor de un cambio de modelo”: así no juega Perú. Benavides pisa pelota y señala tres motivos para la victoria de Humala en el país. Uno es la ineficiencia del Estado Peruano: hay más presupuesto, pero no se gasta de manera adecuada; el segundo es la regionalización: muy rápida y muy ineficiente. El tercer motivo es antológico: “hay temas ideológicos facciosos que todavía persisten en nuestro país, todavía hay gente inclusive que cree que el Muro de Berlín y la Unión Sovética todavía existen”. De los tres motivos, en dos se le echa el pato al Estado y en uno a la gente facciosa.

Ayer, martes 26, Don Ismael agrega una cuarta razón al voto por Humala: la baja autoestima. “¿Por qué hablamos de otro modelo? (...) Los peruanos tenemos nuestro modelo, un modelo exitoso (...) Pero tenemos que sentirnos bien, porque nuestro modelo es admirado por otros países del mundo. Es baja nuestra autoestima cuando pensamos que otros modelos son mejor". Uno podría inferir malamente que la gente “que votó a favor de un cambio de modelo”, en especial en el sur andino, tiene baja autoestima, no se siente bien. Ahora súmele su ideología facciosa. Y así el gobierno quiere que le den las gracias.

Y es que muchos de los defensores del modelo de crecimiento vivían el año pasado en un optimismo desmedido. Veamos lo dicho entre junio y agosto. Estábamos creciendo todos en “el milagro económico peruano” (Victor Andrés Ponce), en ”nuestra Revolución Meiji” (Diego de la Torre). El sur peruano había dejado de ser “una buena plaza para Humala”, porque “hoy hay más peruanos que apuestan por el modelo de desarrollo” (Velásquez Quesquén), y por “la ebullición de diversas zonas y del olvido y la pobreza de otras” que uno notaba al viajar dentro del Perú (Cecilia Blume) ¿Problemas? Claro, solo uno: la política. Esta “opaca el crecimiento”, lo mejor sería “dejar tranquilos a los empresarios” (Blume de nuevo). “Estado y política van mal, pero la economía va bien”, y ahora la política, con ese “nubarrón electoral” del 2011, podría infectar con su negatividad a la economía (Du Bois, un liberal de camisa negra).

Y tenían razón, maldita política. Ojala no hubieran elecciones (¿ya ven para qué queríamos el voto voluntario?) Ojala volvamos al 2010 cuando las tesis optimistas “más crecimiento = menos descontento = chau Humala” funcionaban, cuando la Acobamba que describió Richard Webb, provincia a la que “llegaba la modernización a gran velocidad” y que Jaime de Althaus tomó como ejemplo de un nuevo Perú, no nos sacaba la vuelta con 55% de los votos válidos para Humala. Ojala podamos cambiar la historia, evitar que el CADE de Urubamba sea por gusto y volver a la normalidad que queríamos, en donde el Perú es Lima, Lima es San Isidro, San Isidro es el corazón financiero y…

Analogía Final: La utopía andina “revisited”

Es inevitable traer a colación a Alberto Flores Galindo. Figura casi mítica, todo en la facultad de Ciencias Sociales de la PUCP lleva su nombre (la biblioteca, el patio, la fotocopiadora…) Cuando hace más de veinte años esbozó lo que llamaba la utopía andina, en un intento magistral de encontrar un “horizonte mental que recorre la historia peruana desde siglo XVI” (Rénique), no imaginó siquiera que en el siglo XXI esta cambiaría de bando. Ahora la utopía andina es la de un poderoso sector empresarial –apoyado por el Estado y algunos medios- que busca no solo que sus actividades en el mercado lleguen a todo el país, sino que sean aceptadas, hechas suyas por la gente, especialmente en ese sur radical en donde florecen las industrias extractivas que tan buenos dividendos les genera. Acabar con el disenso, persuadirlos de que todos vamos en el mismo barco y crecemos juntos, aunque a los locales solo les toque el huesito del pollo.

Utilizando una forma de razonar “flores-galindesca”, podríamos establecer un paralelo negado entre el CADE y la captura de Atahualpa. En 1532, huestes ajenas a los Andes llegaron con la intención de conquistar a sus habitantes. Esta invasión de índole militar se sustentaba en intereses económicos, pero tenía también una dosis religiosa: llevar a las Indias la palabra sagrada. Evangelizarlos, mostrarles la verdad de la religión católica y sacarlos de su paganismo. Solo había un único camino, y era el que traían los conquistadores desde fuera. Su deber era pregonarlo, y si no, imponerlo. Lo ocurrido con Atahualpa en noviembre de ese año lo resume de manera alegórica: el preocupado sacerdote Vicente de Valverde le entrega al Inca la Biblia -la palabra de Dios hecha verbo-, este se la lleva a la oreja y al no escuchar nada la arroja al suelo. Acto seguido, la artillería española sonó, y empezó el inicio del fin del Imperio incaico.

Muchos siglos después, en noviembre del 2010, huestes ajenas a los Andes llegaron también con una doble intención: no solo económica, sino también religiosa. El problema no es el modelo de crecimiento, sino la falta de información. Tenemos la verdad, solo hay que informarla: evangelizar, llevar la palabra del único camino de la salvación económica a todos los confines del país, urbanos y rurales, regiones y provincias. El crecimiento era de todos: ahora lo podían decir, con el pecho henchido y seguros de desterrar el paganismo radical y violentista de esa región turbulenta. Nuevamente solo había un camino, nuevamente lo traían desde fuera, nuevamente tenían como deber pregonarlo… y esta vez debía bastar con pregonarlo. Pero no. La Biblia, la palabra de Dios que llevó el optimista CADE “Valverde” a la oreja de Urubamba fue nuevamente arrojada al suelo, con dureza y alevosía, seis meses después. La artillería mediática de los evangelizadores sonó estruendosa, pero no tiene efecto en la zona. Los conquistadores se replegaron a la metrópoli Lima para intentar la imposición, con su Biblia arrugada y llena de tierra, temerosos de que esta vez tengan que tragársela hoja por hoja en una posible derrota.

Lo olvidaba: en una más de las tantas ironías de la política peruana, mezcla de saladería y premonición, el CADE de Urubamba se realizó en un colegio llamado “General Ollanta”.


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