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Cómo pasar un mejor 28 de julio

Cómo pasar un mejor 28 de Julio

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Por Carlos León Moya

Me asalta una imagen. Es 28 de julio y el Presidente del Congreso Kenji Fujimori le entrega la banda presidencial a su hermana, la Presidenta de la República Keiko Fujimori. Se escucha desde las gradas “se siente, se siente, el Chino está presente”. Mientras, en varios puntos de Lima, sectores “independientes” espetan frente a sus televisores. Culpan del retorno del fujimorismo a Ollanta Humala, a los brasileros, a los medios, a la derecha, a los empresarios y a un país que olvida. No entienden cómo su activismo de los últimos años dio como resultado a Keiko presidenta. Aunque no es su culpa: Ollanta es un cachaco torpe, su estrategia fue mala (muy de centro pero muy radical), nunca entendieron su plan, no capitalizó los 400,000 volantes con la cara de Keiko con kachos. El país no recuerda, no tiene “memoria” ni “dignidad”, no entiende las frases de Basadre. Y Ollanta nunca les dio confianza.

“Sí, quizá nos equivocamos, pero ya es muy tarde para lamentos: hay que hacer algo”. Piensan: encadenarse al ojo que llora, armar flashmobs en la Cafetería de Arte de la PUCP. Sin embargo, el fujimorismo ha ganado en inteligencia. En su primer Mensaje a la Nación, Keiko habla de reconciliación y de superar huellas del pasado. El mensaje es obvio: cuidará sobremanera las formas en su gobierno, para así sacarse de encima el pasivo del gobierno de su padre. China de risa, pide perdón al país por los excesos de su padre, asegura mantener el Ojo que Llora y el Museo de la Memoria, que serán espacios de reflexión “para todos”. ¿Por qué ser Lavín cuando se puede ser Piñera?. El fujimorismo no vino para vengarse, sino para quedarse.

¡BASTA! No me gusta en absoluto esa idea, y asumo que a usted tampoco. Aún estamos en el presente, aún tenemos el timón en nuestras manos y podemos evitar ese futuro, pero para eso algunos activistas debemos modificar algunas de nuestras acciones. Principalmente, dejar de lado un discurso de campaña centrado en el “no a Keiko”, con acciones similares a las realizadas en los últimos cuatro años, para pasar a uno más afirmativo hacia Ollanta Humala centrado en persuadir directamente. ¿Por qué? Porque la primera estrategia no ha funcionado, y lo segundo parece ser lo más efectivo hasta ahora.

Estamos llenos de slogans sobre el fujimorismo y los derechos humanos: no a Keiko, no al Fujimorismo, Fujimorismo nunca más, memoria y dignidad, nunca más impunidad, por justicia y por verdad, etcétera. Más de una vez he hecho actividades con alguno de esos rótulos y los he coreado por calles y plazas. Pero no hay que ser ciegos: con esa estrategia hemos convencido a casi nadie en los últimos 5 años, y asumo mi parte de responsabilidad. Seamos francos, ¿vamos a convencer con ese discurso a alguien en 25 días? La manera en que hemos enfocado las violaciones de derechos humanos parece ser inefectiva. El discurso de la dignidad y la memoria es autocentrado: reafirma, pero no convence. En una campaña electoral, para ganar, tenemos que convencer. La asociación Keiko – Impunidad – Soy indeciso - Voto por Ollanta parece no existir en la práctica, salvo quizá en algún salón de clase del Fundo Pando. No basta con hacer plantones, campañas o marchas con llamados a la dignidad. No basta con campañas sectoriales, sean de género, estudiantiles o de derechos humanos. Me parecen valiosas e importantes estas acciones, pero todo hace indicar que su efectividad es muy poca.

Algunos pierden de vista que este no es un plebiscito “Keiko Sí o No”, es una segunda vuelta. Si no convences o brindas confianza para votar por el otro candidato, no sirve: el elector puede decir sin ningún problema “no me gusta la china, pero el cachaco me da miedo”, y marcar la K en lugar de votar viciado.

En realidad, tener un discurso más afirmativo hacia Ollanta Humala en detrimento de Keiko Fujimori no es un pedido extraordinario. Por eso mismo, llaman la atención hechos como el que Mario y Álvaro Vargas Llosa tengan una posición más rápida, clara y firme frente a esta elección, que el Instituto de Defensa Legal (bueno, si Toledo pasaba a segunda seguramente lo hacían a la vez). Y los Vargas Llosa, aún con lo mal que pueden caer casi siempre, defienden su postura no solo con argumentos, sino con un claro fin persuasivo que algunos hemos olvidado al repetir por inercia nuestro discurso de siempre. Así, sus columnas comparan un candidato con otro, afirman claramente motivos sobre por qué Keiko no y por qué Ollanta sí, desmitifican lo que dicen los medios de Ollanta y no dudan en señalar el doble rasero de estos al presentar a este último como autoritario cuando quien viene de avalar una década de autoritarismo es la Señora naranja.

Estas son cosas que, obviamente, el candidato nacionalista ni sus voceros pueden decir, so pena de ser apanados mediáticamente todo un fin de semana, pero sí quienes buscan que el fujimorismo no regrese. Y no es pedir mucho. Nadie pide a alguien que ande con un polo rojo diciendo en los parques que Ollanta es un genial líder o un político extraordinario. Primero porque no es cierto, y segundo porque no sirve.

Es cierto: señalar qué está mal es más fácil a decir qué hacer. En el caso concreto del activismo, creo que debe reorientarse. Primero, geográficamente. La victoria de Susana fue por los distritos populares de Lima. Allí debe darse la pelea del activismo en Lima. Olvidémonos de A/B: ellos buscan solos la información, y aún con toda ella sobre la mesa la mayoría seguirá creyendo que Ollanta les expropiará el Blackberry. Si bien en el caso de Villarán la televisión jugó un papel a favor muy importante, también habían grupos de activistas haciendo campaña a diario en los tres conos de Lima (sí, yo sé que Ollanta no es tan nice como Susana y eso complica la tarea, pero el país no es nice pues). Keiko, a diferencia de Lourdes, tiene en esas zonas un electorado cautivo, y cuenta además con una maquinaria política importante –y muchos recursos de oscura procedencia- que le permite ganar votos a través de prácticas clientelares. Keiko, además, cuenta con un mayor favor de los medios televisivos e impresos que Lourdes el 2010. Aquí viene lo segundo: en las acciones. Marchas, plantones, lavados de bandera tienen efectos limitadísimos. El contacto directo de grupos de activistas, buscando no solo dar un frío volante sino conversar sobre con los transeúntes sobre sus dudas y temores, ha sido sorprendentemente efectivo en las últimas semanas. No van directo a favor de Ollanta, tampoco van directo contra Keiko, sino por un término medio que genera que los ciudadanos de a pie digan sus impresiones, y estas son totalmente distintas al conocido rollo-sociedad-civil. Nadie lo tenía en el repertorio, pero al parecer ha funcionado.

La campaña no es solo Lima, obviamente. El norte y centro del país son tan importantes como Lima esta vez, dado que las diferencias entre uno y otro candidato son mínimas. Pero en Lima hay un problema de focalización: se entregan muchos recursos a lo que parece ser lo menos efectivo. También hay que admitir que hay algunas falencias en la campaña central. Preguntas como cuándo va a salir a Nadine Heredia más a la luz pública, por qué se demoraron tanto en decir “no” al Plan de Gobierno o por qué no adelantan nombres de un posible gabinete no tienen respuesta ni en español ni en portugués. Sin embargo, lo que queda a quienes buscamos evitar un futuro como el de los primeros párrafos y no vivimos al costado de Humala es reparar en nuestro activismo pasado, dejar de lado un cassette que no suena bien en campaña y reescribirlo de manera veloz, de manera tal que suene bien en las cortas horas que nos queda por delante.

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