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El fujimorismo: una (mala) forma de gobierno

El Fujimorismo: una (mala) forma de gobierno

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Por Santiago Pedraglio

Cuando Keiko Fujimori afirma que el gobierno de su padre ha sido el mejor del Perú deja clara su visión de cómo se debe mandar en el país. El fujimorismo habla de su fundador, el padre de la candidata, como el salvador del Perú. La idea de cómo conquistar los objetivos no se vincula al respeto y el fortalecimiento de la institucionalidad democrática o simplemente estatal, y de los derechos individuales, sino al pragmatismo para conquistar resultados.

Los fujimoristas presentan, por ejemplo, la captura de Guzmán y la derrota de Sendero como una consecuencia del golpe de estado de 1992; es decir, el acto más antidemocrático y antiinstitucional sería el que permitió, según esta lectura, conquistar el éxito. Ignoran con ello la actuación de los pobladores, las autoridades locales y regionales, los partidos políticos y los movimientos democráticos, e incluso el trabajo de inteligencia de la policía y de las fuerzas armadas. Por eso pueden justificar hoy esa decisión de terminar con el estado de derecho. El pragmatismo fujimorista va a contracorriente de la construcción de una tradición democrática institucional.

El fujimorismo es también sinónimo de clientelismo, es decir, del establecimiento de una política de dádivas que no resuelve los problemas de base ni construye ciudadanos con derechos plenos. Si a inicios de la década de 1990 los recursos de la privatización fueron fuente de corrupción y clientelismo, hoy los recursos acumulados como producto de diez años de crecimiento económico son la bolsa de la que podrá echar mano este populismo “regalón”. El programa de gobierno fujimorista es una clara expresión de este propósito. Cuando en el punto primero se plantea “compartir el crecimiento para reducir la pobreza”, los cinco ejes no se proponen afectar la redistribución de los ingresos entre la inversión privada y el estado, por ejemplo mediante una reforma tributaria, sino que son simples programas asistenciales.

El fujimorismo expresa, pues, una cultura política que tiene en su centro el pragmatismo, la política clientelista y la captura de instituciones fundamentales del estado, como las fuerzas armadas y el poder judicial. Esto es así porque al primar la voluntad pragmática sobre la institucionalidad, no está en su práctica de gestión gubernamental el respeto a la independencia de poderes ni la aceptación de una prensa independiente ni la existencia de una oposición política democrática.

El riesgo de la corrupción, con un posible triunfo de Fuerza 2011, es una consecuencia de este estilo de gobierno, sobre todo porque, habiendo dinero en el estado y bancadas políticas complacientes, que además perderán sus liderazgos (Pedro Pablo Kuczynski y Luis Castañeda), la mesa estará servida para eso.

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