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"La Tradición", el último católico

"La Tradición", el último católico

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Por Juan Gargurevich

El diálogo fue sin duda tenso y dramático: “Monseñor, aquí el cable por el cual el Papa acepta su renuncia al Arzobispado…” dijo el Nuncio Cicognani, a lo que el Arzobispo Lissón contestó: “¿De qué renuncia me habla su Excelencia… si yo no hecho ninguna renuncia?”.

Pero ya estaba todo decidido y al día siguiente, el 22 de enero de 1931, el renunciado Arzobispo celebró su última misa en el Perú y marchó al barco “Orazio”, dándose con la sorpresa de que el Gobierno de Sánchez Cerro le había reservado pasaje en segunda clase, una afrenta a su condición de conductor de la grey católica limeña. Escandalizados, varios pasajeros hicieron una apresurada colecta y lo llevaron a primera clase. Monseñor Emilio Lissón era un hombre culto, emprendedor, piadoso, bien intencionado… pero había cometido un pecado grave. Era partidario del dictador civil Augusto B. Leguía, acompañando en silencio sus tropelías.

La historiadora Vega Centeno lo describe así: “Ingenuamente acrítico, participó con aquel (Leguía) en cuanto acto público organizaba, apoyó sus iniciativas y calló ominosamente ante la persecución, arbitrariedad y conculcación de las libertades de todos aquellos que osaban pensar y criticar al régimen”.

Interesado en la promoción de las actividades de la Iglesia fundó el diario “La Tradición” en una moderna imprenta. Se declaró independiente pero resultó uniéndose al coro de periódicos que prodigaban elogios a Leguía.

Estaba tan cercano al poder que era imposible que no estuviera enterado de las injusticias que se cometían. Uno de sus biógrafos, José Antonio Benito, sostiene que Monseñor Lissón fue usado por el dictador Leguía en lo que llamó “un maridaje poco saludable entre la Iglesia y el Estado”.

Había sido nombrado Arzobispo de Lima en 1918 haciéndose notar de inmediato por su energía y audacia comercial e interés en la política partidaria, llegando incluso a promover un partido conservador-católico para participar en las elecciones. Pero su mayor traspiés político fue su intención de consagrar el Perú al Corazón de Jesús en 1923 retrocediendo ante la oposición popular. Pese a ello logró que el Vaticano nombrara a Leguía Caballero de la Suprema Orden Militar de Cristo.

Al derrumbarse el gobierno del Oncenio su posición era insostenible porque su cercanía al poder pesó más que sus importantes obras y el Vaticano cedió a la presión del nuevo gobierno renunciándolo sin más trámite.

Su diario “La Tradición” no circuló más. Pero Lissón no fue olvidado y hace pocos años el Cardenal Juan Luis Cipriani dispuso que se iniciara un proceso de beatificación que hoy está en la primera etapa, la diocesana.

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