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Adiós a un ateniense

Adiós a un ateniense

bll-articulo01-25-05-2011

Por Nicolás Lynch

Con la partida de Carlos Iván Degregori se marcha aquel, entre los izquierdistas de mi generación, que encarnaba mejor el ideal de los antiguos proclamado por Pericles en la Atenas del siglo V a.c. ,“Hacer de la política virtud”. Esa característica fundamental de la actividad política que la entiende como compromiso público de transformación con la comunidad donde vivimos. Este ideal fue levantado como proyecto de vida por los jóvenes que fuimos y ha resistido e insistido, con la lucidez de intelectuales como Carlos Iván, a la hegemonía conservadora en décadas recientes.

El hacer de la política virtud, como todo proceso, ha tenido etapas. Comenzó como el compromiso militante, que se inicia con los paros nacionales que se trajeron abajo a la dictadura militar a fines de la década de 1970 y tuvo su punto más alto en la Izquierda Unida de la década de 1980. En esos años conocí a Carlos Iván, en el fragor de una militancia intensa que nos llevó a creer que teníamos el cielo a un paso. Allí nos marcó a fuego la idea del “intelectual orgánico” que recogimos de Antonio Gramsci a través de Sinesio López y que buscamos plasmar en aquellos memorables siete números de “El Zorro de Abajo”. En el trabajo intelectual que compartimos pude observar su extraordinaria capacidad de intuición. Veía donde otros solo sospechábamos y luego nos regalaba con una prosa que hacía cautivante su análisis.

La derrota, sin embargo, con la división de la Izquierda Unida y el golpe de estado del 5/4/92, dio por concluida esa etapa. Nuestros encuentros en los 20 años siguientes ya no fueron tan frecuentes. Carlos Iván optó por el quehacer intelectual –aunque siempre con un claro compromiso de izquierda– y se convirtió, desde el IEP, en un puente entre esos dos mundos que siguen siendo San Marcos y la PUCP. Empero, jamás cayó en el escepticismo y fue especial en darnos sucesivas pruebas de esa persistencia.

El Informe de la CVR, que lo tuvo entre sus autores principales, es el mejor ejemplo al respecto.

Me sorprendió, como a varios otros, la paz de sus últimos días. No solo porque hubiera domesticado el miedo a la muerte  –como señaló Gustavo Gutiérrez–, algo de por sí notable, sino porque en ese coraje nos mostró una fortaleza de espíritu que no solo lo acompañó en la militancia socialista sino también en el recogimiento de la vida privada. Esa fue quizás su mayor consecuencia.

Carlos Iván, tu vida nos enriquece y enriquece nuestra más antigua tradición que se plasma en el mestizaje plebeyo del que nos hablabas y se entronca con nuestra terca apuesta por el socialismo. ¡Hasta siempre, amigo y compañero!.

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