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Mis viejos

 Mis viejos

bll-articulo06-25-06-2011

Por Rocío Silva Santisteban

Como clásica hija de padres separados, con años de ausencia paterna en momentos cruciales (hospitalizaciones, primera comunión, años de escuela), mi vida también ha sido un devenir de búsquedas y reencuentros con hombres notables que marcaron mi manera de entender el mundo. Por eso hoy, que es el Día del Padre, quería recordar a aquellas figuras paternas. Por supuesto, mi primer viejo fue mi abuelo. Don Félix Rafael, antiguo maestro del colegio San Miguel de Piura, fue quien me enseñó a jugar rocambor: unas extrañísimas barajas de naipes españoles que aún hoy me deslumbran. Recuerdo a mi abuelo materno caminando lentísimo, por las veredas de la tranquila urbanización donde vivíamos, dejando una escarcha de piel reseca debido a una enfermedad incurable. Cuando mi hermano me jodía la vida –algo así como cinco veces diarias– mi abuelo, pelado, canoso, distinguido, le solía mentar la madre y enseñarle la correa.

Otro gran viejo de mi vida fue don Juan Mejía Baca. Cuando tenía 16 años era una asidua a su librería de la calle Huérfanos (Azángaro) y él, con paciencia de santo, me iba explicando quiénes eran los autores que debía leer sin chistar. Así me leí, de sopetón, libros de Vallejo, de Jorge Amado, de Arguedas, de Oswaldo Reynoso, e incluso una noche digerí enteras las 110 cartas y una sola angustia de uno de mis ancestros, el músico Alfonso de Silva, enviadas a Carlos Raygada con la única finalidad de que le compre un pasaje para regresar de París. Don Juanito, como todos le decían, solía contar historias de sus amigos entrañables, y uno de ellos sin duda fue Martín Adán, a quien nunca conocí. Pero una tarde, después de comer chancays con una taza de café en la panadería de la esquina de su librería, me regaló un autógrafo de Martín Adán: una carta despidiéndose de los que lo leíamos sin conocerlo.

Cuando cumplí 18 años, durante una tarde interminable, Teodoro Núñez Ureta me pintó en un carboncillo mientras me contaba las historias de la Huaytacha, una niñita de los andes arequipeños, y yo me sentí una especie de niña-vieja, a quien le contaban fábulas y leyendas mientras le increpaban por qué se sacudía el cabello: “ni pienses en moverte”. Miraba a ese señor anciano, venerable pintor, y me imaginaba su nariz gorda como de payaso, a los 25 años. Era un viejo guapo, sin duda, y un hombre que sabía exactamente lo que significaba el tiempo. En la universidad conocí a muchos profesores de la tercera edad y con algunos pocos me llevaba entrañablemente bien: de hecho, en varias ocasiones, le corté el bisté a Luis Alberto Sánchez, que no veía nada de nada; acompañaba regularmente a René Boggio a tomar taxi y fui la cicerone en Lima de Miguel Reale, el famoso autor de la teoría tridimensional del derecho. Pero fue Domingo Piga, chileno de armas tomar literalmente, exiliado en el Perú desde el golpe de Estado de Pinochet y a quien en la universidad todos queríamos, quien me decía –a mis 19 años y con apenas un libro publicado– “salve poeta” cuando me encontraba en los pasillos. “Salve poeta”, esa manera de decirlo, me hizo creer en algo que apenas estaba empezando a intuir.

Todas esas figuras paternas, incluyendo a Vicente Santuc, el último de mis viejos en partir, me han permitido entenderme en clave de hija, de discípula, de mujer menor que puede aprender pero también dialogar con los venerables, y que más allá de nuestras filiaciones sanguíneas hay otras que crean las coincidencias y los intereses. Una es hija de quien la acepta y le acaricia la cabeza.

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