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Hermano

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bll-articulo09-20-07-2011

 Por Eduardo Dargent

Cuando Ollanta se despertó, Alexis todavía estaba allí. El mismo día que Humala hacía un gol de media cancha al reunirse con Barack Obama, su hermano Alexis hacía un autogol monumental con su visita rusa. Hoy nadie recuerda a Obama, mientras Alexis sigue acaparando titulares.

Pareciera que el control de daños no existe en el Perú. En vez de reaccionar con inteligencia, se dejan pasar días esperando que el tema desaparezca. Como pasó con Alejandro Toledo en diversos casos, y también con Alan García en otros pocos, el escándalo se deja crecer hasta que se sale de control.

Parte de la responsabilidad de que ello suceda son los fieles que rodean al poder, quienes se convencen mutuamente de que las cosas no son tan graves. Esta semana el gobierno electo perdió tiempo minimizando el tema o acusando a la prensa de arrinconarlos (con la excepción de Alberto Adrianzén y Carlos Tapia, firmes al demandar explicaciones).

Lo de los medios no debería sorprenderlos: buena parte de ellos van a querer arrinconarlos en estos cinco años. Pero la pregunta de fondo es si este escándalo es creado por los medios o no. En este caso los medios acompañan a la indignación, y por ello han tenido más llegada.

¿Por qué es tan grave un escándalo como el de Alexis? La población, aquí y en la China, detesta a los familiares que se aprovechan del poder. Pero además, con la legitimidad del Estado, partidos políticos y Congreso por los suelos, el público es todavía más sensible a este tipo de actos. Especialmente, si se trata de un partido que hizo de la honestidad su bandera. Pocas cosas gustan tanto a la gente que decir “todos son iguales”.

Por ello, era evidente que un escueto comunicado prometiendo una investigación no arreglaba las cosas. Rusia no iba a permitir que un partido político de un país de tercera importancia geopolítica diga que su Canciller y autoridades se reunieron con un Don Nadie. Al revés, el comunicado era una invitación a un desmentido vergonzoso, como sucedió.

En lo que no se equivocan los nacionalistas es que, finalmente, el escándalo pasará. No hay mucho más de donde jalar la cuerda. Pero que pase no significa que el daño no esté hecho. El nacionalismo ha perdido dos semanas en que debió administrar su éxito electoral, en lidiar con un viaje impertinente que abre múltiples dudas sobre su manejo del poder. Y estas primeras impresiones cuestan mucho en política.

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