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Carta a Atilio Borón

Carta a Atilio Borón

bll-articulo02-21-07-2011

Por Horacio González

Quedé un poco sorprendido por un artículo que leí en el blog de Atilio Borón respecto a la cuestión del “asco”. Convenimos en que ésa no fue una palabra adecuada, pero se hallaba en un escrito que condensaba un sentimiento de asombro apenado frente al electorado de la capital.

Sobre esa palabra se desarrolló un operativo de captura para arrojar la evidencia de un supuesto desprecio al pueblo. Ésta es una noción que sería absurdo constituir tanto en términos “populistas” como en términos de un “elitismo despectivo”. Está claro que es otra cosa. Por un lado, hay una trama interna de lo popular pasada por las maquinarias mediáticas que castigan flancos débiles del gobierno y azuzan el sentimiento de que hay un gobierno aprovechador, alienado. La vieja y errada tesis de la alienación popular (si el pueblo no seguía lineamientos de izquierda) se ha revertido. Ahora el que está alienado es el gobierno. Es ilegítimo. ¿No dice que los hijos de Noble no son lo que son, no hace que las Madres se corrompan, que los subsidios deformen la economía, que las decisiones se tomen arbitrariamente látigo en mano, con una presidenta “intransigente y mandona”, según dice ayer Sarlo en La Nación? ¿Estar crispado no era lo mismo que estar loco?

Por otra parte, la cruzada antiintelectual que recorre la Argentina, y que desafortunadamente tiene partidarios también en algunos grupos que apoyan al gobierno, también echa un manto de sospecha sobre toda forma de expresión reflexiva o analítica que supere el nivel admitido por los dispositivos que gerencian las pulsiones colectivas. Se ha creado así un “enemigo interno” de la comunidad, que vendría a ser el gobierno, y entre los que apoyan al gobierno también hay personas que se sienten mareadas ante la necesidad de discutir esa idea. La carta de Fito vino como anillo al dedo para concentrar en una figura popular la hipótesis de un alarmante disidente clandestino –disfrazado hasta ahora de cantante popular-, que sería la metonimia del gobierno, como espécimen de necedad o desatino.

En esta idea, el gobierno se transforma en una institución pérfida, intrigante y retorcida –una suerte de folletín gótico-, al que ya no habría límite para atacar, puesto que se trata de una entidad perniciosa, infiltrada en la comunidad. Sus medidas más relevantes serían malintencionadas: la ley de medios, el dominio por parte de las arcas públicas de los fondos de pensión, la posición digna frente a los poderes mundiales, etc. ¿Por qué no ver entonces que este es el momento para terminar con todo eso, tal como sigue convocando Biolcatti desde la Rural? ¿No habrá llegado el momento de ir preparando el clavito para recolocar el retrato de Videla? Frente a eso, la carta de Fito es un alerta, no por el uso de una palabra inadecuada ni por un inexistente desprecio a un cuerpo electoral mayoritario, sino como una exclamación atónita ante el éxito de una maniobra que se viene cocinando hace años, la de crear una gigantesca atmósfera pública de ilegitimidad del gobierno.

En medio de eso, no son necesarias lecciones como las que intenta Borón, al que siempre le reconocimos su compromiso y constancia en la sensibilidad política, pero que ahora nos recuerda a un Bertold Brecht opuesto a las opiniones del oficialismo de la RDA en relación a aquellas revueltas sociales, en un ejemplo que considero complicado. Estimado Atilio, es obvio que no necesitamos lecciones de respeto electoral y recordamos bien la seguidilla de ejemplos que abundan en la Argentina. La votación de Patti, de Bussi en Tucumán, etc. Y las de Menem, en otro sentido. Pero ahora estamos ante un artificio de gran entidad que revuelve y absorbe cada partícula emanada desde el campo popular-cultural, afín al gobierno, para triturarla con argumentos insostenibles. ¡Se mofan de la gente!, dicen, ¡quieren el voto calificado!, vocean.

Siendo así, ¿no sería más pertinente denunciar este aspecto de la cuestión, antes que cuestionar a Fito, como si fuéramos expertos electorales dando lecciones por doquier, llenos de sabiduría eterna? ¿No te parece Atilio que la situación es suficientemente peligrosa, pues se dirigen ahora a inhabilitar la memoria crítica del país con recursos muy probados de desmantelamiento de la vida popular (pues de eso se trata), como para cuestionar doctoralmente lo que en definitiva es un gran grito de angustia? ¿De quién hablás cuando decís que “en vez de enojarse con la gente que piensa y actúa sometida a tan nefastas influencias, sus esclarecidos críticos deberían dirigir sus dardos a las clases dominantes que manipulan estos recursos para perpetuarse en el poder”? Personalmente no estoy enojado con la gente que ha compuesto esa estridente mayoría, estoy preocupado por el giro que pueden tomar las cosas.

Por eso quisiera por un lado examinar mejor esas “nefastas influencias”, en el camino de precisar mejor lo realizado por el gobierno, con deficiencias de implementación y concepto que será necesario ver con más cuidado; y por otro lado me incomoda la ironía sobre los “esclarecidos críticos”. ¿Quiénes son? ¿Podés dar nombres? No me parece correcto que desmerezcas lo que aparece en la superficie de esta coyuntura, como la carta de Fito (superficie no desdeñable, pues como decía Gramsci, es en ese horizonte ideológico que se toma partido), y desgranes lecciones de democracia a quienes ya las conocemos sobradamente. En la expresión “esclarecidos críticos” veo una concesión, que me llama la atención de tu parte, a la jerga fácil que recorre el país denostando a quienes buscamos ángulos nuevos para remontar la cuesta.

Por mi parte, no solo estoy disconforme con la campaña, sin revolear críticas tardías a los compañeros que actuaron, sino con la demora para percibir la hondura de lo que está pasando. Que no hay que darle argumentos a la derecha, de acuerdo. Que hay que “dirigir dardos a las clases dominantes”, de acuerdo. Pero también estoy de acuerdo con producir fisuras inesperadas en nuestro costumbrismo y con no despreciar la materia confusa que emana de los hechos espontáneos, saliendo por la tangente con un llamando solemne a atacar a los enemigos de la humanidad. En eso estamos de acuerdo, claro, pero no en recibir una amonestación por no saber, caramba, todo lo que vos sabés sobre electorados y sobre el capitalismo. Sabemos lo mismo y estamos en lo mismo Atilio, aunque con estilos diferentes, que ahora no importan.

Tenemos que actuar juntos en estos días que faltan para la segunda vuelta, para achicar la diferencia con los que votaron a Macri, preguntando si todos ellos querrían un enorme retroceso en la historia nacional. Esa es una interpelación popular al pueblo; con ella marchemos, en un momento infortunado de la vida pública argentina. Esto merece una gran discusión sobre política, ciencia, tecnología, cultura. ¿Cómo conjugar todos estos aspectos en el mismo punto en que se juega la cuestión de lo popular, que es una cuestión cognoscitiva y de lenguaje? Hagamos esa discusión –ese es finalmente el sentido de esta carta, escrita desde la veta de un antiguo compañerismo-, para contribuir sin reproches mutuos y sin ociosidad a la causa común.

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