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Universidad y cultura

Universidad y cultura

bll-articulo06-03-08-2011

Por Salomón Lerner F.

La relación entre Universidad y promoción de la cultura ha sido entendida desde siempre como un vínculo natural, evidente.

Siendo las universidades, históricamente, el espacio más vivo de la vida intelectual de las sociedades, aquel donde las ideas no se encuentran en estado vegetativo sino en una dinámica incesante de creación, transmisión e innovación, resulta claro que es en ellas donde la actividad simbólica, interpretativa y creativa de una sociedad tiene su recinto más propio.

Sin embargo, también es cierto que en las últimas décadas nuestras sociedades han experimentado cambios de tal envergadura y naturaleza que han conducido, inclusive, a poner en entredicho esa relación. Me refiero a la transformación ocurrida en el orden de los valores mundiales por efecto del cual los principios asociados al ámbito económico de la vida social han conquistado una supremacía que no habían tenido antes.

Esta oleada de “economicismo” y de fijación inmoderada en el beneficio contable ha llegado inclusive a las puertas de la universidad y en no pocos casos ha conseguido tergiversar su identidad secular. Así, de ser entendidas como instituciones dedicadas a la creación del saber, que se valían para ello de medios económicos, han pasado a concebirse como empresas orientadas a rendir beneficios monetarios, para lo cual se sirven de las ideas y del pensamiento como medios o, más claramente dicho, como mercancías. Tal distorsión de la idea de la Universidad ha relegado, en muchos casos, a una posición subordinada todo aquello cuya utilidad dineraria no resulte evidente o no prometa una capitalización en el corto plazo.

La deformación de la universidad en este terreno, si es que se generalizara y profundizara, solo podría constituir un severo empobrecimiento general de la sociedad, pues implicaría una resignación a lo ya establecido, un debilitamiento de las posibilidades del pensamiento libre y, como parte de él, de las capacidades críticas y autorreflexivas  sin las cuales no puede sostenerse la salud de una comunidad.

En el Perú, en particular, tal abandono de funciones implicaría, además, dejar la promoción de la cultura en una situación de vacío, teniendo en cuenta que el Estado se ha desentendido –para todo efecto práctico– de esa responsabilidad, desde hace mucho tiempo. Ciertamente, es posible interpretar esa apatía frente a la promoción de las artes y del pensamiento como una muestra más de la general inoperancia del Estado para cumplir las funciones básicas que le corresponden. Pero también, hoy, sería necesario leer ese desinterés como expresión de que la racionalidad económica lleva a subordinar incluso la gestión política –el gobierno de una sociedad– a pequeños cálculos de rentabilidad inmediata y también  como manifestación de que la función pública ha quedado capturada por una actitud política egoísta y que se encuentra ajena a todo intento de comprensión del bien común con perspectiva histórica.

Ante este panorama, el compromiso de la Universidad con la promoción de la cultura debería reafirmarse en una doble dirección. La primera y más notoria se relaciona con su propia actividad promotora, con su capacidad para convertirse en centro de acogida e irradiación de ideas y de manifestaciones artísticas, en núcleo de un diálogo siempre vivo y siempre renovado con la sociedad, en puente entre ella y el mundo exterior: tanto en el sentido de traer a nosotros lo que se produce fuera, como en el de dar a conocer en el exterior  los desarrollos de la cultura ocurridos en nuestro ámbito nacional.

La segunda dirección asume su sentido en relación con la abdicación del Estado ya  mencionada. Desde luego, la Universidad no podría, aun si dedicara a ello todos sus esfuerzos, suplir los vacíos dejados por el aparato estatal. No podría, pero además tampoco debería hacerlo. La cultura ha de ser el contexto en el que se realice mejor el diálogo público en una sociedad, es decir, debe ser el resultado del aporte de todos, y por tanto de manera ineludible el del propio Estado. Por eso, la otra función de la Universidad consiste en mantener y redoblar su actitud vigilante y crítica frente al Poder de modo que sea ella quien le llame permanentemente la atención sobre las responsabilidades que él está descuidando o ignorando.

En tal contexto, toca pues a la Universidad enseñar o recordar que en una vida cultural rica o pobre se hallan implicados muchos elementos cruciales para la  existencia de una sociedad. Indiquemos tan solo uno de ellos: nuestra educación en la tolerancia y en la libertad, en el pensamiento por cuenta propia y en la disposición a entender aquello que nos resulta ajeno; educación que subyace a una vida democrática y pacífica y a un diálogo ciudadano verdaderamente libre y, por eso mismo, liberador.

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