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El Santa e Indalecio Pomatanta

El Santa e IndalecionPomatanta

bll-articulo10-20-08-2011

Por Rocío Silva Santisteban

Después de 19 años de haberse perpetrado el crimen que dejó sin vida a nueve campesinos de la zona de El Santa, Áncash, se encontraron los restos de todos ellos de manera fortuita. Años de años buscándolos, casi barriendo el desierto norteño para localizarlos, los familiares nunca pudieron hallar los restos encontrados la semana pasada por dos personas que ejecutaban un estudio de impacto ambiental en el km 468 de la Panamericana Norte, cerca de Virú. Los policías que luego llegaron a la zona encontraron las osamentas excavadas y un arqueólogo que realizaba el estudio pudo hallar un cráneo con una perforación de bala y casquillos cerca de las osamentas. Luego llegaron el fiscal, los familiares y periodistas, y la noticia empezó a dar sus vueltas. El crimen lo cometieron los integrantes del Grupo Colina y ese es uno de los motivos por los cuales se encuentran en prisión. ¿Por qué los mataron? Porque los asesinados eran líderes sindicales que, al parecer, incordiaron al dueño de una fábrica, muy amigo del hermano de Nicolás Hermoza Ríos. En otras palabras: hicieron un “encarguito” como cualquier banda de sicarios.

A su vez, esta semana, el fiscal de la Sala Penal ha pedido 25 años de cárcel para los asesinos del menor de 17 años Indalecio Pomatanta: un caso que estremeció a la opinión pública porque las cámaras de televisión pudieron mostrar a la víctima acusando a sus asesinos antes de morir. El 2 de abril de 1995, en San Alejandro, Ucayali, fue atacado por miembros de la patrulla Aries de la Marina de Guerra. Al hallarlo en su casa y exigirle que entregue las “armas escondidas”, le rociaron tres  galones de gasolina y le prendieron fuego. En imágenes estremecedoras, un canal local de televisión lo grabó en el hospital, pues se encontraba totalmente consciente, y –antes de morir– Indalecio reconoció a los perpetradores: el principal de ellos, el denominado Kerosene 2, Andrés Egocheaga, el jefe de la patrulla, el mismo que le roció la gasolina. Como ha sostenido la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), que documentó el caso de Indalecio Pomatanta en su Informe Final y lo expuso como uno de los casos paradigmáticos de la etapa de violencia política que atravesó nuestro país, no se trató de “excesos” sino de una política de arrasamiento con la población en lugar de protegerla y apoyarla frente a los subversivos.

Dos casos paradigmáticos con distinto final: si bien es cierto el primero formó parte de los crímenes más horrendos del Grupo Colina, no se le puede imputar a Alberto Fujimori, en la medida que fue realizado por un “pedido expreso” de Nicolás Hermoza Ríos como un “favorcito” a su hermano Juan. Sin embargo, fue cometido en la medida que había un aparato de aniquilamiento, que recibía órdenes y que actuaba con un presupuesto otorgado por el Estado peruano. Los otros, los marinos de Aries, actuaron buscando subversivos, desdeñando cualquier tipo de humanidad en ese chico de 17 años, en nombre de una supuesta lucha por la patria. ¿Lo que quiere la patria es que mueran jóvenes, ya sean inocentes o culpables, de esa manera? Los asesinos además mandaron piquetes a los caminos para que los familiares no puedan llevarlo al hospital: ¿qué tipo de sevicia es tan perversa? Y, la peor pregunta de todas, ¿cómo es posible que un país como el Perú mantenga juicios sin sentencia después de 20 años de impunidad?

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