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Historias prohibidas

Historias prohibidas

bll-articulo10-19-08-2011

Por Carlos Leon Moya

1.

“Lo mataron”. Fue la primera noticia del día. No preguntó quién fue: no hacía falta. Todos sabían quién quería matarlo, y que tarde o temprano la amenaza se cumpliría.

De todas maneras fue a la Universidad. Iba imaginando el cadáver (dónde estarían las balas, cómo habría caído el cuerpo, si tendría un cartel en el cuello) cuando vio un tumulto de gente al costado de un salón. Todos miraban con cierta perplejidad un pizarrón grande con una lista de nombres. Ordenada según la importancia del “enemigo”, era la lista de quiénes serían los próximos ejecutados. Se acercó y contó: diez. El primero, sí, el segundo, claro, el tercero, ajá, el cuarto… El cuarto. Él. Pusieron su “alias” en vez de su nombre, pero no importaba: sabían quién era e iban por él. El hielo en las venas, el frío en la espalda. Miró el pizarrón un par de minutos más y pensó en despedirse de los miembros de la lista que conocía, pero al final no lo hizo. Volvió a casa y empezó a empacar, apresurado.

- ¿Qué haces? –preguntó su esposa al llegar.

- Nos vamos –le respondió con naturalidad.

- ¿Por qué? ¿Qué pasó?

Él siguió guardando la ropa en la maleta. Puso la ropa del bebe aparte, pensando en llevarla en una mochila. Tomó aire y volteó a mirarla.

- Porque me quieren matar –y exhaló. Esa misma noche los tres dejaron Cusco. Sería el primer viaje de su hijo, uno del que no tiene memoria.

2.

Quizá esa noche no fue negra, pero así la recuerdan ellos: negrísima. Eran las dos de la mañana y no tenían sueño. Tampoco tranquilidad. Sentados en círculo, las reacciones variaban de persona en persona. Algunos se agarraban la cabeza, otros lloraban, los que al inicio no lo creían se fueron resignando. Poco a poco algunos fueron perdiendo la paciencia.

- ¿Qué hacemos? –preguntó uno, desesperado.

- Hay que esperar –dijo el mando político, sin ninguna convicción.

- ¡No! –gritó otro- ¡Hay que rescatarlo! ¡Tenemos las armas, hay que atacar ahora!. No podemos dejar que se queden con él, ¡no podemos dejar que nos ganen!.

Él miraba la Facultad de Derecho y en su mente tomaba formas distintas. ¿Ese era el fin? ¿Así se perdía, sin disparar ni una bala? ¿Qué seguiría ahora? ¿Qué pasaría si…? Si ya cayó él, entonces podría caer cualquiera, entonces…

- Eso sí, carajo: si atrapan a uno, ¡mudo! –dijo el mando con convicción. Nadie delata a nadie, ¡a nadie! Se vienen épocas difíciles, y hay que estar preparados.

Pocos días después, los primeros detenidos del círculo se quebraron con rapidez y soltaron los nombres. Empezaron las primeras capturas. Algunos se perdieron en el interior del Perú para reiniciar su vida, los capturados estuvieron presos buenos años, y otros hasta se cambiaron de bando y mejoraron su posición económica. Pero aún con todas las diferencias, ninguno de ellos olvida esa madrugada del 13 de setiembre de 1992.

3.

Lo que más extrañaba era dormir cómodo. Desviación pequeñoburguesa que se permitía en silencio: una almohada cualquiera, la ropa limpia, la vieja colcha de tigres en las noches. A veces se lamentaba de haber decidido lo que decidió, de estar en medio de la selva cuando se podía hacer política también desde un salón de clase, aunque un día podía llevarte el Ejército y no volvías. Y más se lamentaba cuando la noche era fría y no entendía por qué si estaban en la selva. Entonces tenía que abrazar ese pedazo de fierro negro y helado e imaginar que se parecía aunque sea un poquito al viejo calor humano.

En días miserables tenía que correr y esconderse y disparar. Esas noches eran las peores. Cuando llegaba, buscaba la luna –a veces en vano- y abrazaba el fierro, intentando controlar el miedo terrible de morir a los 20 años en circunstancias que su madre jamás conocería y en un lugar al que no podría ir para llevarle flores. Morir joven y sin nadie que te recuerde. Morir joven, y para nada.

Pero no murió, y hasta volvió. Disparó poco y mal, y no mató a nadie. Lo que más recuerda de todo es el miedo. Le pregunto si se arrepiente de haber hecho lo que hizo. Sonríe y no sabe qué responder. Imagino que se debe a su esposa, selvática ella, a quien conoció mientras dejaba el monte. “De algo me sirvió” me dice.

4.

Habitualmente, cuando se pone a un “otro” en la condición de enemigo, se le deshumaniza: no tiene derechos, tampoco sentimientos. La maldad del enemigo sería casi ontológica, y todo lo que venga de él es negativo y debe denunciarse. Intentar buscarle motivos a sus acciones –sean de corte racional o emocional- puede ser visto como una muestra de simpatía o complicidad. Entonces lo más prudente es seguir la corriente y evitar quedar como una oveja negra, tachado como Aureliano Buendía con una cruz de ceniza en la frente. Esto ocurre cuando se intenta reconstruir la vida y hechos de algunos participantes de la guerra interna que vivió el Perú a fines del siglo pasado.

La historia oficial sobre lo ocurrido en esos años no es enteramente el legado que nos dejó el fujimorismo, y está bastante lejos de ser un resumen de lo expuesto por la Comisión de la Verdad. En buena medida está por construir. De lo único que quiero dejar constancia en este artículo es que hay relatos y testimonios que están por fuera de lo hecho hasta ahora, y aunque reseñar a algunos de ellos sea políticamente incorrecto, tienen una riqueza que bien pueden ayudar a comprender –a algunos, no a todos- la forma de razonar y sentir de aquel que se vio tentado a seguir o rondar el camino de la subversión. El relato de sus historias de vida no justifica, evidentemente, lo cometido por las organizaciones a las que pertenecen, pero sí nos acercan a la dimensión humana que ellos tienen. Que la tuvieron los protagonistas de estos relatos –del Partido Unificado Mariateguista, de Sendero Luminoso y del MRTA respectivamente-, y que también la tuvo “Kerosene” del Grupo Colina: contradictorios, vulnerables, impredecibles. Humanos.

Comments  

 
#1 Octavia 2011-12-14 10:22
maximus maximus maximus. Estoy ante un espejo que reflejan mis pensamientos sobre este tema. Un magnífimo punto de vista: olvidado y/o resentido.
 

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