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Contra los costos de la corrupción

bll-articulo00-25-08-2011

Por Javier Bellina de los Heros

“No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared… ¡Y daremos la orden de disparar!” (Groucho Marx)

Introducción

La Corrupción es una lacra social. Es bueno siempre empezar por esta constatación. Mucho se ha dicho y escrito sobre la Corrupción, y se justifica por lo difundida que está en nuestra sociedad, aunque se corre el riesgo de caer en percepciones puramente morales, lo que por desgracia casi siempre es una puerta abierta hacia la banalidad. Cuando se habla de corrupción puramente a partir de un “deber-ser” se corre el riesgo de perderse la realidad, lo que no lleva a ninguna parte, si no es a simples declaraciones plenas de lirismo pero vacías de contenido. Una aproximación menos solemne y más suelta de huesos tal vez sea más pertinente. Empezamos por una definición, entonces, y encontramos ésta, que funciona bien para lo que queremos decir: Corrupción es la obtención y acumulación de capital u otro tipo de beneficios por medios ilegítimos. Nótese que no nos referimos únicamente a los medios ilegales, pues en nuestro hermoso país, muchas prácticas corruptas han sido cubiertas, ocultas o protegidas desde el poder por medios perfectamente legales. Por cierto, esta definición, y harto de lo que diremos en este artículo muchas veces sin comillas, proviene de Ordóñez y Sousa, “El Capital Ausente”, Club de Inversión, Lima, 2003, Volumen V, página 1382 y ss.

Corrupción y Sociedad

esp-corruLa corrupción es un hecho que escapa a la esfera estrictamente política, y se encuadra en la vida social. Como la delincuencia en general, la hay en todas partes, la hubo en todos los tiempos, y probablemente a pesar de todo lo que se haga contra ella la seguirá habiendo. ¿Por qué? Por la razón más sencilla del universo, la simple constatación empírica que nos muestra que la corrupción es una constante social, presente aún en las sociedades más opulentas y ordenadas, en todos los sistemas socio-económicos y en todos los tiempos. Ello no significa que no podamos y debamos luchar contra ella, simplemente significa tipificar al enemigo para combatirlo con mayor eficacia. Una primera constatación sería entonces que la Corrupción – como la forma de delincuencia que es – no tiene carácter digital, sino más bien analógico. Con esto pretendemos decir que las acciones anti-corrupción no tendrían como conclusión su erradicación completa, sino su reducción a niveles “tolerables”. Una buena pregunta sería qué significa un “nivel tolerable”, tema espinoso, pero en el que podemos adentrarnos con alguna solvencia pensando en términos de incidencia. Como hipótesis podríamos decir que las conductas de corrupción “socialmente admitidas”, como las conductas delictivas “socialmente admitidas”, deberían ser excepcionales en la conducta social general, y no “la regla” de conducta social. Le dejo a los científicos sociales y a los políticos especializados en el tema la determinación de las causas, características y consecuencias, y la elaboración de medidas e indicadores que puedan medir su incidencia en la conducta social. Me limitaré a señalar en adelante algunas aproximaciones que puedan contribuir a una comprensión más cabal del problema. Por lo demás no podemos dejar de preguntarnos si la persistencia del fenómeno de la corrupción no será convenientemente manejado y difundido para consumo de las masas, para fomentar una resignación social y justificar una frustración social, que desde hace décadas si no siglos sufrimos los peruanos, y que ha conllevado a la reducción de los estándares éticos y morales. La percepción de la Corrupción como un monstruo invencible desmoviliza a las gentes y las acostumbra a convivir con ella. Muy conveniente.

Los Costos de la Corrupción

¿Por qué la corrupción es “mala” para la sociedad? No tratamos de hacer una aproximación desde una ética, sino desde una perspectiva instrumental. Cabe en consecuencia preguntarnos por los “costos” de la corrupción. Es decir acudir a un cierto tipo de análisis costo-beneficio de la actividad de lucha contra la corrupción, y ver si en verdad es conveniente hacerlo, o de repente es mejor dejar las cosas como están. En una perspectiva científico-especulativa, podríamos abordar el tema con una pregunta provocadora e iconoclasta: ¿Hasta qué punto la Corrupción puede ser un hecho correcto o conveniente? No vivimos en un mundo perfecto, las necesidades de la supervivencia colocan a las personas en un dilema imposible de soslayar: ¿Caeríamos en hechos corruptos si nuestra supervivencia estuviera amenazada? Y la respuesta obvia es que sí, dado que el valor de la vida es superior a todos los demás, excepto tal vez para algunas personas. La experiencia terrible de los Campos de Concentración, por ejemplo, muestra que la corrupción florece en la escasez de recursos, percibida como atentatoria contra la supervivencia, lo que nos da como pista de análisis una doble vinculación de la Corrupción con la escasez y con la necesidad de sobrevivir.

Un supuesto de partida

Partamos de un supuesto: Las personas no caen en actos delictivos o corruptos a no ser que carezcan de recursos para su supervivencia. Podemos suponer un estado “A” en el que las personas partirían de la necesidad de la supervivencia, y una determinada posesión de medios para superarla. Si creyéramos en la bondad fundamental del ser humano – suposición arbitraria y sumamente discutible – la comisión de actos de corrupción o delictivos se produciría cuando la gente perciba un estado de necesidad que solamente podría resolverse a través de medios “corruptos” o “delictivos”. La percepción es cosa subjetiva, no realidad objetiva, lo que haría depender la comisión de actos delincuenciales o corruptos de la “sensación” de indefensión que las personas sientan en un determinado entorno social, y la percepción palmaria, adjunta e inmediata de que la única manera de resolver esa indefensión es cometiendo actos corruptos o delincuenciales. Se transitaría entonces del estado “A” no-corrupto a un estado “B” corrupto. Algunos creen que este tránsito se produce debido a la pérdida de la base axiológica “A”, lo que a veces se le llama “perder los valores” o “no tener valores”. Es obvio que no es esa nuestra creencia.

Corrupción y Escasez

esp-law02Por sentido común sabemos que existe relación entre escasez de recursos y corrupción. Desde la construcción de las Pirámides los administradores de los recursos comunes chequean su uso al milímetro, porque es bastante obvio que los recursos, por más abundantes que sean, no son repartidos de manera que resuelvan plenamente las necesidades de las personas, y su misma escasez plantea el problema de quién se merece la mayor y mejor parte de la torta. ¿Basta tener hambre para merecer que te den de comer? Supuestamente sí, es la idea de los Derechos Humanos y demás grandes avances sociales producidos desde la rebelión de Espartaco en adelante. Pero lo cierto es que mi derecho a la Vida es bastante menos útil que un salvavidas si me estoy ahogando en medio del Océano. La posesión del recurso salvavidas me será disputada si lo que está en juego es la vida como se enteraron, y no del mejor modo, los náufragos del Titanic. En un entorno de riesgo absoluto para la supervivencia los actos delictivos, corruptos o simplemente opuestos a la ética, aparecen espontáneamente. Si el último tigre de Siberia amenaza la vida del más ambientalista de los ambientalistas, y éste contara con un rifle, sospecho que la consideración de la extinción de una especie sería ampliamente superada por la consideración de la supervivencia propia de este particular espécimen de la especie humana, y no creo que podamos culpar al ambientalista en cuestión. Vale decir, sí hay una relación entre delito y pobreza, aunque no es mecánica ni se puede resolver con consideraciones absolutistas ni con principios previos. Ser pobre no te hace delincuente o corrupto, aunque algunos parecen hacer esa asociación. Parafraseando a Borges, yo soy yo, claro, pero mis circunstancias tienen mucho qué decir, tanto que pueden modificar mi yo. De otro modo, no habría conflictos éticos.

Corrupción y percepción de necesidad

En las circunstancias sociales, fuera de lo que los anglosajones llaman “actos de Dios”, la percepción de mi necesidad difiere de la percepción de la escasez. Se puede de alguna manera comprender que en el trance de la supervivencia física la ley del más fuerte se haya impuesto durante el hundimiento del Titanic entre los náufragos, pero la cifra de los rescatados mostró otro hecho más dramático: Se salvaron más varones de primera clase que niños de tercera clase. En lo cotidiano, se supone que los recursos están ahí y que hay que repartirlos adecuadamente para evitar la muerte de las personas. Ha sido así desde que las sociedades superaran la condición de manada. Las manadas poseen un sistema jerárquico, basado primariamente en la fuerza y secundariamente en un cierto determinismo conductual, definido por los conceptos de Darwin y Wallace sobre la evolución de las especies. El fuerte puede deshacerse del débil, pero lo necesita para hacer manada, y la manada sobrevivirá donde el individuo no puede hacerlo. Cuando los seres humanos crearon culturas, sociedades y estados, básicamente crearon sistemas para repartir recursos más o menos presidido por cierta racionalidad, y así nació la Economía. No nos metamos en intríngulis históricos. En las actuales sociedades de mercado el reparto es más o menos eficiente dado que relaciona la productividad social de la persona con su remuneración, colocando bienes y servicios a su alcance para emplearlos en subvenir sus necesidades. La primera clase de un Curso de Economía lo muestra al relacionar el mercado de productos y servicios con el mercado de factores. Las personas en la sociedad somos a la vez productores y consumidores, lo que implica un orden social, que las gentes perciben como garante de la supervivencia individual. Las gentes apuntalan con su aceptación una sociedad que asegure la supervivencia, y luego la justicia, en el reparto de los recursos, y la sensación de necesidad queda paliada o incluso eliminada. En cualquier sociedad la comisión de delitos o actos corruptos es mal vista y socialmente rechazada, no por cuestión moral – que se estructura a posteriori – sino por la percepción de que cuando llueve, todos se mojan, es decir que la delincuencia o la corrupción “no se justifican” en circunstancias sociales “normales”. La condena social que da soporte a la Lucha contra la Corrupción no se debe a la percepción de la escasez o de la propia pobreza, sino por la percepción de distorsiones en los mecanismos de asignación de recursos sociales que afectan la necesidad de supervivencia o de resolución de las necesidades. Si se distingue la Injusticia como criterio de reparto de recursos, la gente pitea. Mientras mayor sea la percepción de que los actos delictivos o corruptos son tolerados y quedan sin castigo o sanción social, mayor es la anomia social, más limitada la noción de bien común, más generalizada la Ley de la Selva.

Un ejemplo viene a cuento: Un amigo viajero que atravesó la India me comentaba que en dicho país la fuerza policial es bastante inoperante y corrupta. No sé hasta donde sea verdad, pero mi amigo es acucioso: El nivel del delito aparentaba ser bastante bajo, y la tranquilidad social aparentemente muy alta, en especial considerando la cantidad de población involucrada y la comparativa pequeñez del sistema policial. Nuestro amigo hizo preguntas y metió la nariz en el tema, y se le dijo que la eventual comisión de un delito en Mumbai, Kerala o Benarés era inmediatamente castigada por súbitas multitudes furiosas y enardecidas que vejaban al faltoso hasta el extremo de matarlo. Es obvio que la fuerza policial aquí es, si no prescindible, cuando menos orientada a objetivos diferentes del de la represión del delito, que a creer a mi amigo, era una necesidad social de la que la misma población se preocupaba. Atribuimos este fenómeno a que la cohesión social existente era muy fuerte, y se había convertido con los siglos en una ideología ético-moral integrada en la conducta social. Las gentes se toman la justicia por su mano cuando en su ser social perciben “permiso” ético-moral para ello, y cuando la circunstancia lo amerita. Esto, que ocurre también en muchas comunidades en nuestro país, parece ser una forma primaria de “administrar justicia” y “reprimir el delito”, aunque entre nosotros pareciera originarse más que por una ética social previa, por una contrarrespuesta a la inanidad del discurso oficial del “deber-ser”, tanto como a la ausencia de jueces, fiscales y policía eficientes y limpias de corrupción.

Corrupción y economía

Cuando Adam Smith conceptuó los principios fundamentales del mercado y el tema de la “mano invisible” ordenadora de la economía, constataba los hechos tal como los entendía, pero además los acompañaba de ciertos principios ético-morales que les daban sustento. Los especialistas nos dirán cuanto entraba el uno en la otra, pero lo cierto es que en el actual desarrollo de la Ciencia Económica el hecho ético-moral es puesto de lado por los economistas, lo que refuerza las posiciones duras de una economía positiva sin rostro humano, dejando sin solución lo que pasa con los que no están en el mercado de factores, es decir poseen poco, o no poseen, medios de pago: Niños, ancianos, personas con discapacidad, desempleados y excluidos de todo género y especie. Pensadores como Malthus y moralistas como De Foe, autor del Gulliver y de un inquietante opúsculo sobre qué hacer con los niños pobres ingleses del siglo XVIII, observaron desde puntos opuestos y complementarios la contradicción: Todo suena muy bonito, pero si los recursos crecen menos que la cantidad de bocas a consumirlos, entonces sí que estamos en problemas. Y de ahí que la justicia no baste, se necesita el crecimiento económico también.

Esta contradicción la podemos encontrar en los discursos de las diversas posiciones políticas. Los seres humanos asumimos, parece, dos posiciones filosóficas básicas sobre la naturaleza humana: Una presupone que los seres humanos somos bestias instintivas, y deja el asunto al recurso de la fuerza, y los que no la tengan que se fastidien; mientras que otra presupone al ser humano como producto de la cultura y la civilización, que enfrenta el problema racionalmente, buscando algún tipo de solución para las personas que por las razones que fuera no están en el reparto de la torta, o lo están de manera palmariamente desigual. Como contradicción es dramática, por el simple hecho que los seres humanos probablemente no seamos una cosa o la otra, sino más bien una combinación desigual de ambos, dependiente tanto del ser como de la circunstancia, y por ende la línea entre una conducta social “salvaje” y una “civilizada” resulta difícil de trazar desde cualquier punto de vista.

La supervivencia en la jungla

La diferencia entre asumir que nuestra naturaleza humana corresponde a nuestro pasado genético “salvaje” o a nuestro “civilizado” y “racional” presente cultural sería, por ende, una contradicción de base en la acción política. Desde una economía positiva y éticamente vacía dejar que los ancianos sin pensión de más de 65 años se mueran es un simple hecho estadístico e incluso conveniente, desde que no produjeron lo suficiente para agenciarse alguna suerte de jubilación. He notado que los que sostienen esta posición nunca lo hacen frontalmente y más bien colocan el hecho bajo la alfombra del bien común, manifestando que alguien tiene que pagarlo. Se asume este hecho y otros derivados de las diferencias sociales como “actos de Dios”, equiparable a desaparecer la pobreza desapareciendo a los pobres por vía del fusilamiento, por ejemplo. Un tema económico positivo(a) y éticamente vacío podría ser considerar el costo de las balas empleadas para desaparecer pobres como una importante inversión para combatir la pobreza. Fuera del evidente sarcasmo de la frase, estoy seguro que pocos economistas, por más positivos que sean, apoyarían esta posición en la realidad. Aunque a veces no parezca muchos economistas son buenos muchachos, pero la contradicción no desaparece con los buenos deseos. Y también es cierto que sus positivas preocupaciones son atendibles, pues es más que obvio que Pensión 65, el aumento del sueldo mínimo, Cuna Más, etc. tienen costos, y de alguna parte tienen que salir los recursos, tampoco se trata de ponerse anteojeras. El riesgo no es, como se piensa, que la economía no crezca, es caer en la ley de la jungla.

Una primera conclusión

El delito y la corrupción parece que siempre estarán con nosotros, a no ser un poco probable cambio en la condición humana. Pero eso no nos exceptúa de la tarea de combatirlas, considerando precisamente por esto que dicho combate debiera ser no una golondrina, sino un verano completo, es decir, una acción política permanente, sostenida y constante. La seguridad ciudadana y la corrupción son problemas álgidos en la agenda nacional, y es claro que el delito y la corrupción son hechos sociales cuyo conocimiento y análisis no depende únicamente de consideraciones filosóficas, ético-morales, económicas o políticas. Hay que conocer al enemigo para derrotarlo. En nuestra próxima entrega sobre este tema continuaremos reflexionando.

“Todos somos un poco ladrones.” (Álvaro Obregón, Presidente de México)

Hay diversas maneras en que las personas reaccionan ante el entorno social. En nuestra sociedad el delito y la corrupción están tan profundamente instalados, que nos podríamos preguntar a la iconoclasta, como en la primera parte de este artículo, hasta dónde la corrupción es tan realmente conveniente para la sociedad que en realidad toda lucha contra ella termina por ser una Finta más dirigida a la platea. Experiencia tenemos del despliegue fintero del gobierno próximo pasado alrededor de la “lucha frontal y sin atenuantes, con tolerancia cero” contra la corrupción, con el resultado de devaluarla, de repente adrede. Ciertas conductas están tan instaladas que resulta extraordinariamente difícil desprenderse de ellas, y la complicidad de los chiquitos con los grandazos es palmaria. Es que nadie quiere perderse los posibles beneficios de los actos corruptos. Si no me creéis, que cualquiera que haya trabajado en una dependencia pública o privada y no se haya tirado un lápiz levante la mano. La Corrupción no solamente se organiza como actividad económica en escala, sino también, muy al estilo nacional, a la informal, y aunque desde un punto de vista ético-moral tirarse diez millones de dólares o un lápiz son actos equivalentes, desde el punto de vista político no es igual. Si castigas el robo del lápiz y no el de los diez millones de dólares, mandas un mensaje clarísimo a la sociedad: “La pita se rompe por lo más delgado”, y no solamente no resuelves nada, sino que refuerzas las conductas y empeoras las cosas.

Vimos ya que hay relación entre delito/corrupción con la necesidad y su percepción, que esta relación ni es mecánica, ni se debe exclusivamente a la naturaleza humana, sino que las circunstancias, en especial las sociales, tienen una directa relación con la comisión de delitos. No hemos caído en la simpleza de creer que basta crecer en lo económico para que la corrupción y el delito disminuyan a niveles soportables. En esta segunda parte pretendo aplicar algunas de estas ideas a un par de sectores emblemáticos, sin pretender agotar el tema, que da para muchos tomos.

Corrupción, Pisco 7.9 y “Actos de Dios”

Hace cuatro años un terremoto de grado 7,9 en la escala de Richter sacudió Pisco y buena parte de la costa peruana. Fue un “acto de Dios”, es decir, una ocurrencia que no depende de los seres humanos. Ante estas ocurrencias las gentes solamente pueden soportarlos, resignarse, reconstruir y aprender de la experiencia, para hacerlo mejor la próxima vez que se caiga el techo encima, y a eso le llamamos Prevención. Sin embargo, los hechos posteriores desafían toda lógica. Los damnificados por el sismo han manifestado que por cuatro años los dejaron abandonados a sus propios recursos. La chamba de la reconstrucción se le empujó a las autoridades municipales y regionales, que parece respondieron lo mejor que pudieron con sus escasos recursos. En cambio, la acción del estado central fue equívoca, hasta el extremo de requerirse cambio de gobierno para reconocer el problema e iniciar los trabajos de reconstrucción.

La lógica elemental indica que un proceso de reconstrucción trata de poner las cosas en la situación que estaban antes de la emergencia, con mejoras y añadidos guiados tanto por el instinto de conservación – hacer antisísmico lo que no lo era -, como por la conveniencia – aprovechar para mejorar, sistematizar o reformar los servicios. Es decir, es una buena oportunidad para hacer las cosas mejor, o por lo menos para que la próxima vez la zamaqueada nos encuentre en mejor pie. Pero esto no pasó. Y cuando se pregunta por qué no pasó, la respuesta es inmediata: Corrupción. Cabe preguntarse por qué los principales problemas que indican los pobladores no se afrontaron en cuatro años Tratemos de ser imparciales. Para poder reparar lo destruido por un terremoto hay que hacer licitaciones. Lejos estoy de suponer que todas las licitaciones sean amañadas, pero es obvio que un porcentaje importante de ellas lo está. Ello genera costos evidentes. Cómo dice el refrán, quien mal concibe, mal pare. Cuando las licitaciones se hacen como sabemos, pasan cuando menos dos cosas: Se paga de más, y al final hay que volverlo a hacer. Vale decir, se gasta plata escasa en reparaciones que no se realizan, o si se hacen se malogran al poco tiempo. No es necesario un terremoto para que esto ocurra, es evidente para todos que los parchados de pistas no duran mucho, o que un departamento de estreno empiece a caerse al poco tiempo. Es que alguien puso menos asfalto, cemento o cualquier material caro, o sea alguien se ahorró ciertos “sobrecostos”. Si en circunstancias relativamente normales no se nota la cosa es porque los damnificados no tienen contactos con los medios, o los automovilistas toman otras rutas; pero en circunstancias como las de las secuelas de un terremoto, la cosa es tan evidente y tanta gente es afectada que debería ser más publicitado. Pero durante años esto no ha pasado, y los medios tienen responsabilidad en ello. Una pregunta legítima sería a cambio de qué se callaron la boca hasta el día en que el nuevo gobierno inició la reconstrucción de Pisco. Pregunta maliciosa: ¿Cuánto costó la corrupción en este caso?

Hubo en el gobierno pasado ciertas acciones, como la formación de un ente reconstructor, FORSUR, muy publicitado. El Partido Nacionalista en la oposición se opuso al enfoque dado al tema, y se le respondió – y a esto sí le dieron amplia publicidad – con insultos personales a la persona de Ollanta Humala de la persona a cargo de FORSUR, la que por cierto renunció al poco tiempo. En apariencia los objetivos de FORSUR fueron tanto “organizar” licitaciones que no funcionaron, como crear una planilla de remuneraciones para no sabemos quienes, aunque podemos especularlo. Entretanto, y muy empresarialmente, un Ministro de Estado del gobierno aprista, y candidato por el fujimorismo, presentó una nueva marca de Pisco: 7,9, percibido por muchos como una burla sanguinaria hacia los damnificados, o cuando menos como una penosa pérdida de contacto con la realidad. Una pregunta maliciosa: ¿Y para qué sirvió en los hechos la plata de FORSUR durante cuatro años? Pues para recuperar parte del centro de la ciudad y ciertos hoteles, diseñar un bonito plan nunca puesto en acción, y tratar de privatizar el puerto. Ah, verdad, me olvidaba del Hospital inaugurado por Alan García, sin funcionar por supuesto. Otra pregunta maliciosa: ¿Y las postas médicas, comisarías, tendido de agua y desagüe, pistas y veredas, viviendas? Bien, gracias. Y más preguntas maliciosas: ¿Calificarán estos actos como Corrupción? ¿Cuánto le han costado y le cuestan al país?

Corrupción y Seguridad Ciudadana

“Hay temas en los que cada vez que aumenta el ruido, la razón retrocede. Uno es el de la seguridad ciudadana; y el otro es el de la llamada ‘guerra contra las drogas’. No son iguales, porque la discusión del primero se asemeja a una asamblea de médicos medievales discutiendo remedios para una peste. En el segundo, antes que la ignorancia impera el prejuicio y, con frecuencia, la deshonestidad intelectual.” (Gustavo Gorritti, artículo)

Uno de mis programas de TV preferidos es “La Ley y el Orden UVE”. Algo que siempre me sorprende es la narrativa del principio, en la que se dice que hay dos grupos, uno que representa la Ley, la Policía, y otro el Orden, que son los Fiscales, lo que me sonó un tanto al revés de como en general nosotros asumimos el tema. Pareciera que entender a la Policía como imponedores del Orden es indicativo de la manera como entendemos el grave problema de la convivencia civilizada. Y es que quien pone Orden es o debiera ser, efectivamente, el Poder Judicial, la Policía solamente está ahí para aplicar la Ley. Y aquí empezamos a percatarnos de las dificultades, porque nuestra militarizada Policía no aplica la Ley, sino el Orden y para ello emplea la fuerza de las armas que la Nación le confía. La lógica militar no es la lógica ciudadana, y ello parece provenir del paternalista concepto implícito que nuestra sociedad debe ser “dirigida” por una autoridad que sabe lo que nos conviene. Ello presupone un grupo social que da las órdenes, mientras la indiada solamente está ahí para obedecer, y si no lo hace entonces debe ser castigada por la Fuerza Armada y la Policía, y se justifica ideológicamente diciendo que los reprimidos son “indios ignorantes”. Ello incluso podría haber funcionado si el grupo dirigente hubiera sido lo suficientemente ilustrado, o cuando menos que hubiera probado que tenía un proyecto de país, pero Basadre demuestra la deserción de las élites, y al final el grupo dominante no dirige, sino que maneja las cosas para sostenerse en el poder, y así se convierten en el mejor de los casos en peso muerto, y en el peor, en rémora para la Nación, en vez de un impulso hacia arriba para todos. Y así se le abrió la puerta a la corrupción, a su denuncia por parte de los pocos valientes que nuestra nación ha producido, y a la percepción del abuso por parte de muchos.

Una noticia muy reciente menciona el hecho de dos jóvenes mujeres Policías que se tomaron unas fotos picarescas, por decir lo menos, y que fueron difundidas, parece que sin su autorización. La condena provocada por la desmesurada cobertura de los medios es tan evidentemente exagerada, si la comparamos con la cobertura que se le da a actos de corrupción y delito descarado muchísimo más reñidos con la moral. Que unas señoritas se quiten la ropa y muestren sus dotes corporales a estas alturas no escandaliza ni al Arzobispo de Lima, pues ya lo vemos todos los días en los medios. Que una connotada congresista del fujimorismo se desgañite en nombre de una bien problemática moral pública me parece extremadamente gracioso. Pregunta maliciosa: ¿Qué bellezas corruptas se ocultan al “descubrir” que unas policías se quitaron la ropa? El extraño asalto a la niña Ariana Reggiardo, condenable por donde se lo vea, no hubiera merecido cobertura de los medios si su honorable señor padre no fuera un Congresista de la República. Probablemente este hecho determinó la fulminante acción de la Policía, a la que vemos actuar con rapidez y eficiencia en casos como éste. Algo así ocurrió también con el expresidente del Congreso, el honorable Javier Velásquez Quesquén, que tras ser pasteado por marcas, terminó asaltado en la vía de Evitamiento, ante su, suponemos, tremenda sorpresa. Ahí también la Policía se apuró. Dos días después aparecía un evidente “cherry” periodístico, reconocible porque la Policía entraba con violencia en un sitio donde los supuestos sorprendidos asaltantes y delincuentes estaban arrodillados esperándolos. Por lo menos nos gustaría que los cherrys los hagan bien. Pero es mucho pedir, parece. Los servicios policiales, por los que todos los ciudadanos pagamos, se le dan a algunos y a otros no. Pregunta maliciosa: ¿Cuánto cuesta esto diariamente al país? ¿Qué pasaría, si como fue el caso de Fonavi, promovemos un referéndum para que nos devuelvan esa plata que gastamos en una Seguridad que no recibimos?

Otra perlita. Desde los años 90 se le proporcionó a la Banca y grandes empresas seguridad a bajo costo, gracias al sistema “Uno por Uno”, que se disfrazó de penuria fiscal, y que en estos últimos años se ha mantenido a pesar del crecimiento económico. En cualquier parte esto se entiende como una extracción de remuneraciones para convertirlo en utilidades, pero aquí le llamamos “una manera de mejorar las remuneraciones de los sufridos policías”. Tal vez también haya servido para sustituir el muy costoso sistema de la coima – que no por ello ha desaparecido, cualquier automovilista lo sabe – por uno de cupo. Pregunta maliciosa: ¿Quiénes ganan con el sistema de cupo?

Ojo que no me estoy metiendo con los ascensos, las asignaciones de personal, la caja militar-policial y otras lindezas que configuran una corrupción institucionalizada. Ni tampoco con los Jueces y Fiscales, que se merecen su capitulito aparte. En un contexto como éste, y considerando que los sueldos policiales son risibles, la corrupción informal de la coima ejercida por los policías de a pie es casi, casi, casi disculpable. Pregunta maliciosa: ¿Cuánto ha costado y cuesta la corrupción institucionalizada?

Narcotráfico y cómo la plata llega sola

esp-narcoQue hay vínculo entre la Corrupción y el Narcotráfico es tan evidente como que la noche sigue al día, así que ni trataré de demostrarlo. Lo que no queda muy claro es la relación del actual Sendero Luminoso con ella, pues nos han vendido ideología en vez de realidad, y cuando esto ocurre lo esencial se escapa tanto en los hechos como en las interpretaciones. Muchas personas que tratan objetivamente de llegar a la verdad son acalladas con irrelevantes argumentos ideológicos, cuando no con insultos. Aunque despojarse de lo ideológico es complejo, en especial al interpretar hechos, lo es más cuando se trata de esconderlos. A algunos les gusta el discurso conservador – felizmente en vías de extinción – de que el problema básico es el comunismo y Sendero Luminoso, pues proporciona posibilidades interesantes de financiamiento y distracción de la opinión pública. Pero la realidad viene en nuestra ayuda cuando vemos el tema desapasionadamente y sin anteojeras ideológicas. El problema básico es el Narcotráfico y la corrupción concomitante. Sin minimizar el problema del Terrorismo de las bandas sobrevivientes de Sendero Luminoso, es obvio que la mejor solución para el tema de Sendero es acabar con el Narcotráfico, lo que haría que lo que quede de Sendero tendría que dedicarse al cultivo de violetas africanas o a la meditación Zen. Los jirones ideológicos de un grupo cuya única trascendencia es su expertisse en proporcionar sicarios al narcotráfico no parece que puedan sobrevivir sin el financiamiento narco.

Es obvio que entre los costos que el narcotráfico le propina a la sociedad peruana están los de la corrupción. Aunque este es también un problema policial y de seguridad, tiene aristas en muchas direcciones. La erosión del sistema político llegó a niveles paradigmáticos en Colombia, cuando los cárteles estuvieron a punto de sustituir a los gobiernos locales. En un contexto de retraso económico y social, las oportunidades laborales que el narcotráfico brinda son un señuelo para muchísimos jóvenes que se encuadran en sus filas. En nuestro país se sabe, aunque no se dice, que hay regiones enteras que dependen económicamente de las ganancias del narcotráfico insufladas en la economías locales. Las empresas no preguntan de dónde viene la plata que ingresa en sus arcas, y es sabido que hay un flujo de moneda extranjera más o menos notable que ingresa al país por concepto de “sobreganancias” de la cocaína y otros productos análogos. Hay evidentes vínculos entre la actividad del narcotráfico y otras actividades ilegales, como el contrabando y el régimen de esclavitud de niños, o semi-legales, como la Minería Informal. Es posible que exista una bancada en el Congreso financiada en todo o en parte por narcotraficantes. Es posible que uno de los principales ingresos de muchos jueces y abogados, y tal vez secciones enteras del Poder Judicial, provenga de la actividad del narcotráfico. Las Fuerzas Armadas y Policiales, mal armadas y mal pagadas, han sido y son objeto de corrupción, bajo diversas formas. La práctica del cupo está difundida, y la Lucha contra el Narcotráfico parece tener por finalidad el mantenerla para siempre. Demasiada gente gana demasiada plata con ello. La prensa puede ser, dado el caso, comprada, y su capacidad de manipulación de la opinión pública puesta en venta al mejor postor para tender cortinas de humo. La opinión pública convive con el consumo de drogas de todo calibre, y no parece haber una política de protección de los niños y adolescentes. Si fuéramos más suspicaces podríamos ver en el origen de todo esto un reparto de bienes y servicios que compensa la falta de un estado y una sociedad comprometidos con la Nación. Y no es solamente, como dijimos antes, un tema ético-moral, como algunos gustan de vender, aunque tiene esas aristas. Es demasiado obvio que las agendas de las instituciones que tratan con el problema parecen estar influidas fuertemente por la circulación de efectivo proveniente de esta actividad claramente ilícita, ilegal y dañosa por donde se le mire.

Para colmo, no hemos sido capaces, como en el tema minero, ni siquiera de añadir valor agregado a nuestro producto de exportación, limitándonos a poner la materia prima mientras otros se llevaban las grandes ganancias. Y todo esto significa una sola cosa: Corrupción. Como dice Shakespeare, conocedor profundo de la naturaleza humana, la culpa de que estemos como estamos no es de nuestro destino, es nuestra. Nos guste o no nos guste, como señala con claridad Gustavo Gorritti – uno de los pocos periodistas de nuestro medio con la hombría de no tapar el sol con un dedo -, en este tema impera el prejuicio y la deshonestidad intelectual. Y se entiende, cuando se defiende la plata. Si sumamos los costos de la corrupción que fomenta el narcotráfico, ¿a cuántos centenares o miles de millones de dólares llegaríamos cada año?

Otra Conclusión

El problema de la Corrupción es que es un tema con más brazos que un pulpo y más aristas que un cubo pentadimensional. Confieso que cuando uno mete la cuchara en esto, no hay cuando terminar. No sé si haré una tercera parte, o una cuarta o quinta, sobre este tema. Pero lo que sí es seguro es que seguiremos mirando. Punto, por hoy.

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