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La izquierda peruana: la voz de los 80s

La izquierda peruana: la voz de los 80s

bll-articulo01-03-09-2011

Por Carlos Leon Moya

Parto de una constatación más que de un juicio de valor: la dirigencia actual de la izquierda “tradicional” –esa de la que soy parte- es casi la misma desde hace más de dos décadas. Se renuevan los cuadros intermedios, pero las caras públicas son las mismas. Tal parece que en la izquierda seguimos viviendo de los escombros de Izquierda Unida. De hecho, los intelectuales usualmente vinculados a la izquierda, aunque no estén en sus partidos, tienen como denominador común haber pertenecido a IU en alguna de sus etapas. Ya han pasado 20 años, pero la voz que sigue representando a la izquierda es la voz de los ochenta.

Años atrás habría titulado este artículo “Los Abuelos de la nada”. Sin embargo, ahora relativizo más la cuestión etárea, y un sector de esa izquierda es ahora parte de la alianza de gobierno, algo que no lograron ni en sus mejores años. Un mérito que les reconozco es haber persistido en la deriva de los noventa con su opción política: no abandonaron el cuarto ni apagaron la luz. El paro nacional de 1977, por citar un ejemplo, no tiene para mi generación las repercusiones épicas que tuvo para la generación anterior: a fin de cuentas, dio origen a una Constitución que conocimos muerta. Sin embargo, aquellas figuras solitarias que veía a través de la pantalla a fines de los noventa e inicios de la década pasada, peleando como el Quijote contra los molinos de viento, sí tuvieron un efecto más directo en nosotros. Es cierto, heredamos de ellos una izquierda en descalabro. Fracasaron: pudieron dejarnos algo mejor. Es cierto, pero también pudimos recibirlo mucho peor. La constancia y la persistencia en tiempos difíciles es algo que ahora valoro.

Dirigencias “taponeadas” para algunos, “la ley del hierro” de Michels en su máxima expresión para otros. Lo cierto es que existe un hoyo negro en la izquierda: no hay cuadros públicos entre 35 y 45 años. Es el espacio que le debía corresponder a quienes estaban en sus veinte a fines de los ochenta: es la generación perdida. Los que buscaron varios rumbos cuando la izquierda colapsó: desde los que se refugiaron en las Universidades o en las ONG, hasta los que optaron por irse a la derecha o a la lucha armada que habían pregonado.

Antítesis: nosotros.

Mira nuestra juventud.
Qué alegría más triste y falsa.

Hubo una generación que tuvo la oportunidad y la perdió. Aquella que se forjó en tropel los últimos años del fujimorismo al final terminó naufragando individualmente en sus iniciativas personales. Un contexto difícil: más allá de la ausencia de liderazgos, había –y aún hay- ausencia de organizaciones sólidas y atractivas. Demanda sin oferta: izquierdistas sin izquierda. Los esfuerzos son costosos y los fracasos duelen más porque el respaldo está ausente. Las voces de desánimo cunden: que es en vano intentar construir lo imposible, que es mejor “militar” desde tu trabajo con la cooperación internacional, que la vida académica y el éxito profesional tienen un pedestal para ti que no te dará la militancia de base. Aún persiste el dilema de la construcción de organizaciones políticas: el costo de hacer política es relativamente alto pues se arriesga la vida profesional cuando a todas luces esta no solo es más estructurada y con una mayor posibilidad de satisfacción –emocional y económica-, sino que hasta un puro cálculo político le daría preeminencia: por qué rajarse en estructuras anquilosadas cuando un buen profesional a la larga termina siendo invitado siempre en las filas más altas de toda organización política.

Acaso mi generación sea una palanca de recambio. De hecho, a mis 25 años me siento algo viejo. Mayores que yo con militancia y proyección política son contados con la mano, las personas involucradas y con una edad similar a la mía no son muchos pero sí son claramente más, y los que nacieron en los noventa y ahora hacen política rebasan esa cifra. Pero todos tenemos el mismo problema: la ausencia de una organización de izquierda. Construir base social es un imperativo, pero también un problema que debemos resolver.

Un ejemplo de lo que ocurre con la ausencia de organizaciones y la autocomplacencia es el caso de la Federación de Estudiantes del Perú. El lugar común de todo joven es criticar a Patria Roja y el manejo que tienen de la FEP: sectaria, poco representativa, etcétera. ¿Pero qué organización tiene el trabajo estudiantil de PR y su aparato de carácter nacional?. Me animaría a decir que la FEP existe no “a pesar de PR”, sino gracias a ellos. Acaso el PNP tenga más gente, pero van seis años y hasta ahora no logra constituir una fuerza juvenil. Sonreír a las cámaras y ser fotogénico no basta: es necesario construir organización. Superar el carácter estudiantil, superar la dispersión geográfica.

Hacen falta más cosas: además de construir organizaciones, debemos cambiar las formas y estilos de hacer política. El burro por delante: admito que en muchas ocasiones me pasé de sectario. Generar confianza en personas que no me eran cercanas no fue un punto que tomé en cuenta, y muchas veces destruí con una mano lo que construí con la otra. Es mi total responsabilidad, pero quiero hacer una genealogía: lo primero que aprendí en la izquierda fue a desconfiar. La destrucción de plano del capital social. Desconfiar de Patria Roja porque aparatean, desconfiar del trotskista porque es entrista, desconfiar de los caviares porque en el fondo son endogámicos, desconfiar de los ultras porque les haces el juego, desconfiar de los partidos porque no representan a nadie, desconfiar de los colectivos porque tampoco representan a nadie, desconfiar del compañero de tu propia organización. Aprendimos a no ser ingenuos, pero todavía abusamos de las teorías conspirativas, aquellas con las que alimentamos nuestra vida diaria.

Con el gobierno, con la derecha, con la izquierda, con nosotros. Nadie puede hacer algo porque sí, sino porque busca otra cosa más necesariamente subrepticia. El izquierdista es el lobo de otro izquierdista.

Algunos critican al nacionalismo por su excesivo personalismo, cuando podemos observar en la izquierda a quienes buscan la cercanía al líder para subir en el escalafón partidario. Hemos escuchado filas de epítetos adulatorios a nuestros dirigentes, viendo en ellos desde la continuación de Mariátegui hasta un nuevo tipo de liderazgo: distinto, puro y verde.

El alegre Marx decía que la tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Nosotros aún heredamos varias cosas del pasado: la cita fácil y el cliché veloz, la solemnidad y la inercia, la veneración a Mariátegui y la cara del Ché, la facilidad para dividirnos y la dificultad para autocriticarnos. “Ni calco ni copia” debe ser la frase más calcada y copiada, prueba de que aún tenemos la imaginación más como ornamento que como arma.

Sin embargo, creo también que las evaluaciones retrospectivas y parricidas tienen el don de la ociosidad. ¿Para qué pedir “autocrítica” a los viejos dirigentes a estas alturas del juego? ¿Quién tiene realmente derecho a exigir disculpas públicas? Imaginemos a los antiguos Comités Centrales con orejas de burro gritando sus errores y desviaciones alrededor de la Plaza Dos de Mayo, ¿de qué sirve?

El desencuentro entre intelectuales y militancia tiene ya larga data y en algún momento tendrá que juntarse. Acaso también nos toque, pero de una manera distinta. La producción de la generación de académicos de izquierda que aún tiene vigencia política –y que dice intentar unir acción y reflexión- jamás superó ya no los Siete Ensayos, sino Buscando un Inca. A la par, abundan las mesas sobre Arguedas, la mayoría inútiles desde un punto de vista político. Las inacabables mesas de debate sobre zorros y libios podrían ser reemplazadas por polémicas entre el cebiche y el pollo a la brasa y la relevancia política sería la misma. A la par, hallamos a quienes desde el olimpo de la iluminación intelectual, buscan alimentar la opinión crítica y crear nuevos sentidos comunes como quien lleva a ovejas descarriadas y desinformadas al nuevo rebaño de la contrahegemonía, en donde habita la luz del académico crítico.

La lista es larga, pero la tarea es una. A mi juicio es generacional: cancelar y enterrar definitivamente a Izquierda Unida. Si pretendemos refundar la República, primero debemos refundar la izquierda. La crítica de la izquierda no debe ser parcial, sino una crítica de todo lo existente. También es cierto que no hemos conseguido nada todavía. A nuestra edad los dirigentes históricos hacían manifestaciones enormes y tenían secretarías generales, pero también es cierto que mientras ellos vivieron ese 1968 que para Tariq Ali fue “una tormenta que movió al mundo”, nosotros crecimos en los restos de ese 1991 que para Hobsbawm cierra el corto siglo XX. No se nos puede culpar del fracaso que se nos legó, pero en política no sirve llorar sobre la leche derramada. Nuestra tarea es sacar a la izquierda de su prolongado letargo. Postular al Congreso, aparecer en un par de entrevistas o alimentar la vanidad jugando al enfant terrible en toda publicación disponible no basta. Miremos en perspectiva antes de aplaudir como focas: dos puestos en lo alto del Estado no hacen un verano. La tarea es larga y ardua, pero nos toca.

Síntesis

Debemos perder el respeto por las generaciones anteriores, pero también ponernos a la altura de las circunstancias. El parricidio verbal es fácil, pero una práctica política que cancele lo anterior no lo hace cualquiera. Alguna vez en el Partido Socialista creí haber vencido a los “viejos”, y meses después caí en la cuenta de lo mucho que me faltaba aprender de ellos. Muchísimo. Conocimiento y experiencias acumuladas, constancia y capacidad que sirven en general a la izquierda. Lo hereje no debe quitar lo humilde. Somos más jóvenes, pero aún no somos mejores.

Debemos superar esa incapacidad de juntarnos y desterrar nuestra tendencia natural a la dispersión. La diferencia entre el nacionalismo y nosotros es que ellos son uno y nosotros varios. Vivimos en una torre de babel hablando distintos lenguas queriendo decir lo mismo -y gritar uno más fuerte que el otro para imponernos-, cuando afuera la gente escucha nuestros murmullos y no solo no los entiende, sino que tampoco les interesa.

Quizá no sea tan malo para la izquierda ser la voz de los ochenta. Pero no de quienes tuvieron allí el cénit de su protagonismo, sino de quienes nacimos en esos aciagos años, en esa década que bien podríamos alargar hasta 1992. Nos corresponde, o nos corresponderá pronto: si no es por motivos políticos, será por motivos biológicos. Renovar el estilo de pensar y actuar es necesario. No existen recetas, y tampoco tenemos (por suerte) quien se arrogue la verdad. Pero es urgente. Acaso ahora más urgente que nunca.

Comments  

 
#1 Luis Manrique 2011-10-10 22:26
Eres sincero al decir que "te sentiste sectario", y la gran mayoría de los dirigentes de izquierda lo son, disfrazando su discurso con ideología que ya no corresponde a la visión que se debe tener en el mundo del siglo 21.
La izquierda, por ser sectaria, ultra ideologizada y patrimonialista perdió su oportunidad, y no se modernizó. Lo de ahora es construir algo totalmente nuevo.
 

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