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Chile o el mito magullado

Chile o el mito magullado

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Santiago Pedraglio

Si existe un país latinoamericano que se ha ganado el calificativo de exitoso, ese es Chile. Desde hace décadas se le menciona como ejemplo de una superbeneficiosa aplicación del modelo neoliberal. Tan buena fama obtuvieron esos progresos "irrebatibles" que ni la Concertación –una alianza de centroizquierda– se atrevió a mover algunas líneas maestras instaladas por Augusto Pinochet.

Sin embargo, ya en el 2006, durante el gobierno de Michelle Bachelet, los escolares del movimiento "pingüino", que movilizó a los colegiales que cuestionaban la heredada Ley Orgánica de Educación y enarbolaban reivindicaciones como el fin de la municipalización de los colegios y la gratuidad de la prueba única de ingreso a las universidades, dieron una señal de alerta. Allí saltaron las costuras de un sistema que alimenta la desigualdad de una manera alarmante.

Ahora los universitarios, apoyados por buena parte de la población, sostienen una prolongada lucha contra un esquema educativo signado, afirman ellos, básicamente por el lucro. Acceder a universidades públicas suele significar un gran endeudamiento: a menudo, los jóvenes tienen que recurrir a préstamos bancarios para pagar los aranceles. Paralelamente, aunque el lucro –palabra clave de las movilizaciones– está prohibido para los dueños de los establecimientos privados, es sabido que apelan a empresas como sociedades inmobiliarias, por ejemplo, para recuperar sus inversiones y obtener ganancias sacrificando la calidad de la educación.

Si el lucro sigue siendo el eje ordenador –sostienen los estudiantes–, las consecuencias serán una segmentación social más profunda y una mayor falta de oportunidades para quienes provienen de familias con menos dinero. Por eso, los muchachos del país del sur, encabezados por la carismática Camila Vallejo –que no sonríe para las fotos porque quiere evitar que los medios la "farandulicen"–, vocera de la Confederación Nacional de Estudiantes de Chile, además de orgullosa militante de las Juventudes Comunistas de su país, asumen una responsabilidad que va más allá de lo reivindicativo. La educación como un derecho y un deber, y no como un bien de consumo: tal es el espíritu de esa lucha estudiantil, y eso legitima al movimiento ante una opinión pública que entiende que una mejor educación es sinónimo de un mejor país, más allá de los intereses de los partidos políticos y de los gobernantes.

Si el presidente Sebastián Piñera no los escucha, habrá desaprovechado la oportunidad de promover un cambio crucial para su país; y, como bien dice el novelista chileno Hernán Rivera Letelier, se quedará en La Moneda "como un pordiosero avariento (...) ahogándo(s)e sin pena ni gloria y con Lucrito apretado tenazmente bajo el brazo".

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