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A instalarse se ha dicho

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Por Alejandro Estrada

Cuando era chiquito, ya hace como chuchurrumil años, instalaron el frigider nuevo en la cocina de la casa y también las cortinas, regalo de mi tía Tulita a mi mamá, y que un día vi quemando a mi papá pero no dije nada porque a mí tampoco me gustan las flores moradas y menos en fondo naranja y con patitos flotando en lagunitas verde loro.

Ya más avanzadito en edades me enteré subrepticiamente que mi tío Edugardo Bruncio Adimar, nacido en Brasil para quienes no se han dado cuenta, y a quien todos le decían Bru para no atorarse, había instalado a su secretaria en un departamento de San Miguel con todas las facilidades del caso. Para un enano de 9 años, tremenda infidencia de mi madre hecha a mi padre cuando pensaba que nadie escuchaba, fue todo un misterio que no pude resolver ni preguntando.

  • Pá, ¿Y cómo se instala a una secretaria?
  • Cállate carajo, ya aprenderás cuando seas grande, y no andes escuchando detrás de las puertas.

La represión, cuando no. Hasta que aprendí con los años y me fui enterando de las distintas formas de instalarse que hay en la vida y que no siempre llevan a buen término a quienes las practican, como le pasó al tío Bru cuando la cornuda se enteró y le reventó el rodillo de la cocina por entre las piernas dejándolo en tal estado que no se pudo sentar en 40 días, ni que se diga de visitar a la "instalada".

  • Pá, ¿y por qué no le reventó el rodillo en la cabeza?
  • Es que tu tía no sabe ni michi de repostería.

Pero hay que vivir la vida para enterarse de que nuestros otorongos, tanto los que se fueron como los recién estrenados, incluyendo los que se quedaron a seguir chupando la mamadera, son unos doctores de alto vuelo en este asunto de la instalación y ni que decir en la teoría de la desinstalación. Ni lerdos ni perezosos, ya se sabe que cuando se trata del billete no falta ni uno, en el Congreso pasado acordaron añadir un capítulo más a la repartija y, ante el temor de que el dinero no llegue solo, fenómeno metafísico reservado exclusivamente a los grandes (no es cachita), dispusieron se otorge cuchumil soles por instalarse y otros tantos más por desinstalarse.

  • Señor presidente, que ni así alcanza, mire cómo ha subido el pollo.
  • ¿ ?

En vista de lo cual se duplicaron el monto por éste último concepto, que eso de dejar el escaño después de 5 años produce un traumático efecto psicoeconómico en el bolsillo y merece ser compensado adecuadamente que para eso está el erario público, o sea el sufrido populorum. Y el pobre ex padre de la patria llora la pérdida de sus privilegios tomándose un whiskisito de esos de 66 años que lo pondrían verde de envidia a un ex presidente que yo conozco pero cuyo nombre me reservo de mencionar para que no me enjuicien.

  • Pá, ¿y le costó mucho a mi tío Bru desinstalar a su secretaria?
  • Nada, hijo, tu tía la sacó a patadas del departamento.

Felizmente el contubernio, encubierto por el presi saliente Peluquita Buenateta, que a la hora de solapar lo hechos no hay quién les gane a los compañeros seasapos, fue descubierto a tiempo y se expuso al clamor público. A pesar de que el clamor está algo afónico después de 5 años de denunciar marmajas y cuchipandas de todo tipo perpetradas por el medio millón de compañeros inscritos en las planillas gubernamentales, se dejó escuchar a diestra y siniestra con muy buenos resultados, la mayoría de los que habían recibido lo suyo devolvieron los cobres entre lamentos que opacarían a los del bíblico Job.

  • Ay, hijo, ¿y ahora qué vamos a hacer?
  • Tendremos que empeñar tu pulsera de diamantes y tus aretes de rubíes.
  • Tás hue..., ¿por qué no empeñas tu BMW?

En cambio otros, fieles a su identidad bivalva, se han hecho los habitantes del Larco Herrera y no quieren devolver ni el sobre en el que vino el billete. Ni cagando, hermanito, con todo el desgaste que ha significado el cargo, se lamenta uno que ya fue expectorado y si ha ejercido alguna vez es porque se quedó dormido en el escaño y aplastó con la nariz el botón de votación, u otro, de los nuevos, que vive en San Isidro y llora porque no le va a alcanzar para reparar el Mercedes y va a tener que llegar en micro al Congreso.

Para rematar la tortilla, encontraron entre los legajos de Peluquita un proyecto de acuerdo que felizmente no pasó: una indemnización por despedida intempestiva consistente en un sueldo por año, pero debidamente engordada con su respectivo monto por trabajo en comisiones, chófer, seguridad, lustrabotas, gastos operativos, pollos a la brasa, chifa, además de la peluquería, cosmiatría, uñería, podología y mañosería de las respectivas costillas (la firme y la bamba).

  • Oiga, ¿y a usted quién lo despidió?
  • El electorado, amigo, que cada día está más rojo que los bomberos.

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