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Para erradicar el machismo

Para erradicar el machismo

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Por Javier Torres

¿Hay algo nuevo que se pueda decir sobre la violencia contra la mujer? Todos los días las noticias nos recuerdan que la mujer vive en permanente estado de riesgo, no solo de aquellos que la maltratan o la vejan sin conocerla, sino de parte de aquel que le ha jurado amor eterno, o de quienes tienen la obligación de protegernos a todos y todas, como pueden ser los miembros de las fuerzas policiales.

Que a la mujer se le maltrata es un "lugar común", que somos una sociedad "machista" también. Todo el mundo reconoce el problema, pero nadie parece interesado en solucionarlo, salvo algunas mujeres, feministas en su mayoría, que llevan años intentando que las cosas cambien, y que así el Perú deje de ser el lugar de "Aquí no pasa nada" del que habla Patricia del Río en una excelente columna*, que generó -como era de esperarse- una interminable reacción machista, vía el twitter.

Llama la atención la virulencia de la reacción de quienes creen que la mujer es única y exclusivamente el objeto que puede y debe permitir la satisfacción de sus deseos sexuales, o en el mejor de los casos, que es su empleada doméstica. Lo más curioso es que quienes piensan así, normalmente creen que las culpables de su manera de pensar son sus "santas" madres, que lamentablemente los formaron para que sean buenos "machos," o las mismas mujeres que van por la calle buscando seducir a los inocentes transeúntes.

Esta visión nos habla de la enorme miseria que puebla las mentes de muchos varones, de todos los estratos de nuestra sociedad, y que es parte de un discurso que las instituciones "tutelares", como la iglesia católica, han repetido sin cesar al afirmar de distintas formas la subordinación de la mujer, y que el Estado ha asumido desde siempre a través de la currícula escolar, donde nos enseñan que "el hombre trabaja y la mujer cuida la casa". El problema es generalizado, y por ello, es un asunto de interés público, y requiere, no solo de un cambio de mentalidad y del quiebre con una serie de tradiciones fundadas en el patriarcalismo, sino también de políticas públicas que enfrenten el problema.

Por ello, ante el cambio que significará para el Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social, la transferencia de una serie de programas sociales al nuevo Ministerio de la Inclusión, es fundamental, que el MIMDES se fortalezca, e insista en la necesidad de que se cumpla con la ley de igualdad de oportunidades, en la afirmación de la separación absoluta de la Iglesia y el Estado en temas de salud sexual y reproductiva, en la necesidad de que la educación pública tenga la capacidad de poner en cuestión el imaginario tradicional de la mujer, así como el que la reduce a un bien de consumo. Y sobre todo, que se convierta en el vehículo para que las mujeres violentadas en la ciudad y el campo sepan que el Estado no se va a burlar de ellas, echándoles la culpa de la violencia que reciben, sino que va a actuar como el garante de sus derechos.

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