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Muerte en el estadio

Muerte en el estadio

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Por Nelson Manrique

La muerte del joven Walter Oyarce, lanzado al vacío desde un palco del estadio Monumental, vuelve a poner al debate la relación entre el fútbol y la violencia. Durante estos días ha menudeado la búsqueda de responsables. Para unos, la culpa es de los administradores del estadio. Para otros, de la policía. Para otros más, de los medios que alientan la violencia. O de los clubes. O sus directivos. O las barras. O el alcohol y las drogas. O nuestro subdesarrollo mental. O todos. Tienen razón, y la lista puede alargarse. Son también muchas las propuestas para encarar el problema: controlar las barras, detener a sus cabecillas, sancionar a las directivas, realizar el campeonato sin público, intercambiar camisetas, cerrar los palcos, cerrar el estadio, cerrar el fútbol. Reconozcamos que no se trata de un problema solamente peruano; la violencia en los estadios es un problema mundial.

 

 

¿Por qué la adhesión a clubes que habrá que reconocer tienen un rendimiento más bien modesto y que se apresuran a vender a los jugadores que destacan puede movilizar un compromiso tan poderoso como para incluir la disposición a morir (o matar) por el equipo amado? Propongo un punto de partida, la adhesión a causas que comprometen la vida –la propia o la ajena– cubre dos necesidades profundamente humanas: la pertenencia y el absoluto. Necesitamos dotar a nuestra existencia de un sentido trascendente, de un objetivo que vaya más allá de nosotros y de nuestra limitada existencia. La movilización de esta necesidad está detrás de las guerras de religión y sus equivalentes modernos, laicos: las guerras nacionales y las revoluciones políticas.

 

 

La decisión de matar puede ser dictada por el interés, pero la disposición a entregar la propia vida es desinteresada. Quien está dispuesto a morir por una causa no espera una recompensa en este mundo, sino en un más allá: ya sea este un cielo prometido, o vivir en la memoria de sus semejantes, o alcanzar la santidad o la heroicidad. Esta disposición puede ser perfectamente manipulada, y con frecuencia lo es.

 

 

¿Qué tiene esto que ver con la muerte absurda de un joven de 24 años, asesinado por una horda de fanáticos en la que se hermanaban tribalmente el exitoso gerente de empresas y algunos lumpen que este acogía como su guardia pretoriana? Diría que es un signo de los tiempos. A medida que avanza el proceso de laicización, la disposición a morir por el único Dios verdadero, o por dar muerte a los infieles pierde capacidad de convocatoria. Esta solo se mantiene allí donde la religión y la política siguen estando inextricablemente unidas, como lo muestra el martirizado Medio Oriente. Son también limitadas las ocasiones para probarse luchando por la patria. La crisis del socialismo debilitó a su vez la capacidad de la revolución para llenar la humana necesidad de absoluto.


Hoy muchos jóvenes desconfían de los sueños; soñar puede ser peligroso. Los tiempos no son pues propicios para morir o matar por la patria, por la única religión verdadera, por la raza superior o por el triunfo de la revolución. Lamentablemente en tiempos prosaicos la necesidad de pertenencia y trascendencia termina siendo llenada por la adhesión a los equipos deportivos, y ni siquiera se necesita que estos sean realmente buenos; el amor hace la diferencia. La gloria por el camino de la barra.

 

 

¿Por qué no somos todos barristas? Afortunadamente existen otras formas de heroísmo cotidiano, como la paternidad por ejemplo. Cuando pregunté a un viejo taxista de Surquillo qué había sido de los bravos que otrora convirtieron al barrio en Chicago Chico me contestó con inapelable sentido común: “Hicieron familia y sentaron cabeza”. No debiera sorprender que el ‘Loco David’ viviera a los 38 años en casa de sus padres. Es triste que este crimen se produjera cuando aparentemente había comenzado a independizarse.

 

 

Es lamentable que haya quienes intenten aprovecharse de esta desgracia. Como ese alcalde que se ha apresurado a anunciar que pondrá una estatua del hincha asesinado en su distrito, una medida torpe que, lejos de sosegar los espíritus, echaría más leña al fuego.

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