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"Este man de aquí no sale"

TRECE HORAS DE TENSIÓN, GASES, SAQUEOS Y DESESTABILIZACIÓN

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"Este man de aquí

no sale"

Por El Telégrafo

A partir de las 08:00 las instalaciones del Regimiento Quito estaban controladas por más de tres mil policías insurrectos. A esa hora, ciertos políticos se habían reunido en ese lugar. La demanda -de 9 puntos- incluye la investigación sobre los ex GAO. En casi dos horas, Correa es insultado, golpeado y amenazado. En el hospital recibe atención, pero las salidas son bloqueadas

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Salen de misa de seis. Se encomiendan a su patrona, la Virgen del Cisne. En las afueras de la capilla, algunos gendarmes gritan consignas en defensa de la Policía. El coronel José Ribadeneira, sorprendido, les increpa: "No molesten y vayan a trabajar ". El Regimiento Quito Nº 1 deja atrás el orden y se convierte en trinchera.

Poco después de las 07:00 se huele el humo de la quema de llantas y la sublevación comienza. Con gritos y pancartas en contra de la cúpula policial, aproximadamente 300 gendarmes se amotinan en la puerta principal. En el resto del país la coordinación empieza: tras la formación regular, salen a las calles, no a controlarlas, sino para bloquearlas.

Un policía cuenta que durante la eucaristía el plan se habría consolidado sobre la base de una estrategia sin un líder único, sino con varios oficiales y algunos ex GAO. En pocos minutos el ingreso principal a esa dependencia luce abarrotado: policías, esposas y familiares se sublevaron. Su pedido: "Que les devuelvan la alegría a nuestros hijos. Que nos entreguen los juguetes de Navidad". Pero también están presentes Gonzalo Pérez, Stalin López, Pablo Guerrero y Fidel Araujo, entre otros.

El primer intento por persuadir a los sublevados viene del entonces comandante de Policía, Freddy Martínez. Parado sobre el techo de una camioneta, quiere dialogar con la muchedumbre, pero los reclamos opacan sus palabras: "La semana pasada vinimos a conversar con ustedes. Lo que dijimos es verdad.

Si no me creen, este rato le llamo al Ministro del Interior". Le responden: "¡No hace nada por la tropa! ¡Mentiroso! ¡Está con el Gobierno!". Hasta le lanzan una botella de agua. Pasadas las 08:00, el entonces ministro del Interior, Gustavo Jalkh, recibe la noticia de Martínez: "Hay una actitud de brazos caídos en el regimiento".

En esos instantes arriban varios buses interparroquiales (uno es de la cooperativa Tumbaco, de disco número 9), llenos de policías, la mayoría de las unidades de vigilancia del sur de Quito y de los valles. Levantan las manos, gritan consignas y son recibidos con euforia, incluso por personas de la tercera edad, probablemente familiares de los gendarmes. En minutos ya sumaban cerca de 3.000 policías.

Al salir de la terapia para su rodilla, Rafael Correa recibió la noticia e inmediatamente se movilizó con su escolta hacia el regimiento. Cerca de las 09:00, las caravanas de Correa y Jalkh coincidieron en el cuartel del Grupo de Operaciones Especiales (GOE). Al constatar que ahí no había revuelta, se dirigieron al regimiento, junto al GOE. Ahí Martínez le menciona a Jalkh un dato alarmante: "Quieren ir a abrir las cárceles, especialmente la Cárcel 4". En ella se encontraban detenidos 17 ex agentes del GAO.

Antes de ingresar, Correa es advertido por Martínez de que están lanzando gases. El Presidente responde enérgicamente: "Primero un tiro en el pecho antes que traicionar a la patria". Simultáneamente, en la base aérea, miembros de la FAE bloquean la pista, cierran las operaciones y exhiben carteles impresos: "En las Fuerzas Armadas la patria no es de todos, solo de los oficiales". Al unísono gritaban: "La tropa unida jamás será vencida". Y hacia allá se dirige el ministro Javier Ponce.

Las llamadas entre ministros y autoridades se intensifican. Galo Mora y Vinicio Alvarado, que ya habían llegado al regimiento, llaman a Doris Soliz. Ella está reunida con todos los gobernadores en un seminario en el hotel Crown Plaza. Había que movilizar a todos: "Emergencia total". Y desde Guayaquil llegan las primeras noticias dramáticas: los policías están en las calles y los jefes de ciertas bandas delictivas, informados sobre la sublevación, inician los saqueos. El saldo fue de cinco muertos.

Alrededor de las 09:20, varios militares también se adhieren a la protesta en el complejo militar de La Recoleta. Queman llantas y bloquean la avenida Maldonado. Cuando llega al regimiento, Correa es recibido con gritos, amenazas, insultos y hasta gases lacrimógenos: "Estamos reclamando nuestros derechos. Nos han quitado las condecoraciones que recibíamos cada cinco años, no cada mes", exclama uno de ellos.

Pero un dato sorprende a quienes sintonizan los canales de televisión. A las 09:19, el periodista Freddy Paredes, de Teleamazonas, desde el Regimiento Quito, dice que las FF.AA. se unen a la sublevación. Dada la tensión, Correa intenta hablar, pero siguen las agresiones y su cuerpo de seguridad lo protege. A las 09:45, en una caravana motorizada llega a la base aérea el capitán de Policía Francisco Zúñiga y solicita: "Queremos hablar con el oficial a cargo". La mirada del aerotécnico es de desconcierto. Se niega y Zúñiga se va. En ese instante es increpado por la prensa y entonces él responde: "¡No es una insubordinación! Estamos defendiendo nuestros derechos, luchando por nuestras familias".

A esa misma hora, en la entrada al Palacio Legislativo, el sargento Mario Flores comunica a la prensa que la protesta es a nivel nacional: "En vista de la resolución tomada ayer por la Asamblea, no permitiremos el ingreso de nadie, ni de asambleísta s ". Detrás de él entran Gilmar Gutiérrez y Luis Morales (Prian). Desde ese momento la tensión, los gritos, los reclamos, los golpes y gases son la tónica durante más de dos horas en la sede legislativa. Finalmente el Presidente ingresa al regimiento y una delegación de policías quiere hablar con él. En medio de gritos y empujones entran a una sala. Correa pide un micrófono para dirigirse primero a la multitud. Son las 09:55, tiene la boca seca, se remoja los labios varias veces. Les dice a los policías, entre otras cosas, que los sueldos se han duplicado, pero desde abajo le gritan: "Eso hizo Lucio. Eso hizo Lucio". Su semblante cambia, su dedo índice señala a todos y responde:

"Ahí está, esa es la respuesta a todo lo que está pasando". Se calla por un momento, vuelve a enumerar lo recibido por la Policía y reconoce que no se puede resolver todo: "Nunca antes se ha dado tanto presupuesto... Jamás me esperé esto de una de las instituciones que más hemos apoyado". Su discurso lleva siete minutos y, ante el bullicio ensordecedor, toma aire, eleva el tono de voz tras zafarse la corbata por segunda vez y dice enérgicamente: "Señores, si quieren matar al Presidente, aquí está. Mátenlo si les da gana. Mátenlo si tienen poder. Mátenlo si tienen valor, en vez de estar en la muchedumbre cobardemente escondidos. Pero seguiremos con una sola política de justicia, de dignidad. No daremos ni un paso atrás. Si quieren tomarse los cuarteles, si quieren dejar a la ciudadanía indefensa, si quieren traicionar su misión de policías, su reglamento, ¡traiciónenlo...!".

Y en un minuto más de alocución decide retirarse, cojeando, junto con Jalkh. En esa sala habla por teléfono con el comandante de la FAE y recibe noticias de la situación en el aeropuerto. Baja para hablar con los policías, pero es bloqueado y gaseado. El helicóptero que supuestamente lo rescataría no puede aterrizar. 

30S-policias07Son las 10:15. Lo rodean policías y lo protege su escolta. Dos motocicletas lo embisten. Entre los gritos se escucha: "Este man de aquí no sale". Y llueven más bombas, lanzan gas pimienta e intentan quitarle la máscara antigás. Es llevado al hospital, por un sendero donde también es asediado y gaseado. Recorre unos 300 metros. La puerta de paso al hospital está cerrada. Cuando pasa, baja unas gradas con ayuda de sus escoltas e ingresa a la sala de urgencias del centro médico policial.

Recibe los primeros auxilios, le dan oxígeno y luego le ponen suero y también hielo en su rodilla. Detrás de ellos, una turba de policías se aglomera en el ingreso de Emergencia. "Sabemos que sigue adentro, un contacto me ha informado ", dice uno de los policías. Varios de ellos, al no poder ingresar, bloquean la entrada, pero también revisan las ambulancias para comprobar si Correa se va. La primera evidencia de que Correa está en peligro y, además, secuestrado es cuando él habla a través de la Radio Pública, alrededor de las 12:00. Cuenta que los gendarmes intentan ingresar por los techos. En ese momento habría pedido un arma para defenderse, pero su seguridad se la niega. Mientras esto ocurre en los alrededores del hospital, casi a la misma hora un grupo de policías, encabezado por el entonces jefe del Estado Mayor, Florencio Ruiz, da una rueda de prensa en el Regimiento Quito, alertando a sus demás compañeros del posible aprovechamiento de la protesta por parte de políticos. Ahí mismo llama a deponer la medida, pero no tiene acogida. En el hospital, otros gendarmes exigen llegar hasta Correa, pero los médicos advierten el riesgo porque es el área de neonatología.

En Guayaquil y otras ciudades se controlan los saqueos y protestas policiales, a la vez hay marchas de apoyo al Presidente y la atención se concentra en su liberación. En la Plaza Grande están concentradas más de cinco mil personas. Hay agitación. Desde Carondelet, donde están reunidos los principales dirigentes de PAIS, se toma una decisión que cambia la situación de espera: ir a rescatar al Mandatario. Encabezados por Ricardo Patiño, unas tres mil personas avanzan a pie hacia el hospital y se encuentran con otro número mayor de gente que no se mueve de ahí sino hasta cuando Correa es liberado.

Dentro del hospital hay una duda: un grupo de policías lo invita a salir con calle de honor. Analizada la situación, todo indica que se trata de una trampa. Los encapuchados de la puerta están armados. 

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