porno

Buscando al más cholo... para pegarle

Buscando al más cholo... para pegarle

op03-bullying.jpg

Por Wilfredo Ardito Vega

El año pasado, causó conmoción el caso de Clinton Maylle, de catorce años, golpeado por sus compañeros de colegio hasta dejarlo parapléjico. Semanas después, otro adolescente de la misma edad mató de una cuchillada a un compañero suyo. El joven homicida confesó que había actuado así porque la víctima permanentemente lo humillaba tildándolo de cholo. Meses antes, había tenido que abandonar el colegio, debido a los insultos racistas que sufría.

Los medios de comunicación usaron estos dramáticos casos para algunos reportajes sobre el bullying (del inglés bully, matón) expresión que se usa en Estados Unidos para el maltrato a los más débiles en los colegios. Sin embargo, en mi opinión, quedarse en el bullying resulta cómodo y hasta favorable para la autopercepción de nuestra sociedad pues el problema se centra en la maldad del agresor.

Sin embargo, si reconocemos el trasfondo racista de estos abusos, el panorama es mucho más duro, porque implica un problema estructural del que muchos alumnos y profesores participan El agresor emplea una creencia predominante en la sociedad que quizás hasta los padres de la víctima comparten. Y los mismos medios de comunicación que denuncian el bullying son quienes simultáneamente refuerzan el racismo.

Ahora bien, los rasgos indígenas o negros no son el único factor que determina quién es el "cholo" a maltratar. De hecho, en los incidentes mencionados anteriormente, ocurridos en San Juan de Lurigancho y Jicamarca, los agresores no eran precisamente blancos. En realidad, para ubicar a los "más cholos" del salón se suman otros factores: como provenir de la sierra (en la costa o la selva) o de una zona rural (en la propia sierra) o tener un apellido andino o, más aún, los dos apellidos, lo cual puede generar maltratos aún en ciudades como Ayacucho o Cusco. La forma de hablar también puede generar tanta discriminación que los niños "motosos" se rehúsan a intervenir en clase, por temor a las burlas de sus compañeros.

En realidad, lo que hace al maltrato racista tan difícil de enfrentar en nuestro país es que antes de la agresión concreta, ya la víctima se siente inferior y vulnerable. De hecho, suele guardar silencio, porque en buena medida siente que el agresor tiene razón. ¿Cómo decir además que a uno lo humillan por su apellido, su color o el lugar de origen?

En este contexto, cualquier broma racista que un profesor realiza o programas como La Paisana Jacinta contribuyen a aumentar la posibilidad de que un alumno sea humillado.

Debido al temor a ser maltratados por sus compañeros, muchos escolares terminan discriminando a quienes son "más cholos" que ellos, es decir, sus propios padres. "No quieren que ellas vengan nunca al colegio", nos dicen varias profesoras de Abancay, refiriéndose a las señoras que usan polleras. Algunos escolares inclusive fingen no conocer a sus madres, si las ven en la calle cuando están con sus amigos. "Esa señora se ha sacrificado mucho por sacar adelante a su familia, pero ella asume como normal que su hijo se avergüence de ella", me cuenta una amiga de Andahuaylas.

El maltrato racista en los colegios no es nada nuevo, pero en la actualidad los agresores pueden atormentar a la víctima hasta en su propia casa, gracias a las ventajas de la tecnología, mediante mensajes de texto, correos electrónicos o expresiones en Facebook o Twitter. Ya no estamos ante una llamada telefónica amenazante que puede poner en guardia a los padres. Ahora el agresor puede mantener su identidad oculta y silenciosamente humilla en internet a su víctima. En una época donde muchos niños tienen computadoras en sus cuartos, pueden ser mucho más vulnerables.

Otro factor novedoso es que muchos escolares de toda edad llevan a clase objetos relativamente valiosos, desde USBes hasta celulares, pasando por la cámara digital y todo tipo de utensilios tecnológicos. Hay colegios que buscan enfrentar este tema confiscando todos estos productos, pero en general aparecen diferencias y estímulos a la codicia que antes no existían. Es común que a la víctima del maltrato le roben estos aparatos, lo cual muchas veces genera un problema con los padres que le reprochan su descuido.

Naturalmente, el bullying racista no se limita para nada a los colegios. Puede ocurrir entre hermanos o al interior de una empresa o institución. Lo percibí hace unos años, cuando tuve que trabajar con el Serenazgo de un distrito limeño.

El problema, por lo tanto, va mucho más allá de un agresor individual. El racismo, como cualquier diferencia marcada de poder, genera que estos maltratos se produzcan. Por eso es que es tan importante trabajar estos temas en todos los colegios y en los medios de comunicación.

Sin embargo, la lucha contra la violencia escolar no se circunscribe solamente al colegio: a todos los peruanos les corresponde desalentar las actitudes racistas que terminan en estos tristes episodios.

Suscribirse a nuestro Boletín

Ingrese su email:

Columna de Opinión por Autor

pluma_y_papel

logo-inferior   Copyleft 2012 Lima - Perú   KYBERNET
Gestionamos información para generar conocimiento
Web site desarrollado por Kybernet, usando Joomla con licencia GNU/GPL.
google adsense adwords google adsense adwords