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Racismo y mezquindad hacia las trabajadoras del hogar

Racismo y mezquindad hacia las trabajadoras del hogar

articulo01-19-10-2011

Por Wilfredo Ardito

Allá por el año 2001, un amigo venezolano se mudó a un edificio de San Isidro, cercano al Golf. Pronto notó que, cuando las empleadas del hogar lo veían en el ascensor, no se atrevían a entrar.

Le preguntó al vigilante si ellas temían que él pudiera hacerles algo.

-No, señor. La junta de propietarios les ha prohibido compartir el ascensor con inquilinos, propietarios y visitas.

Indignado, mi amigo expuso el caso ante la junta, donde primero lo miraron de manera condescendiente, pero luego defendieron su derecho a mantener las “costumbres limeñas”. Sólo cuando él amenazó dejar el departamento, aceptaron dejar sin efecto la prohibición a las empleadas.

Recordé este incidente la semana pasada, cuando la periodista Katya Adaui denunció que en la sede de Chosica del Club Villa se prohíbe a las empleadas del hogar usar los mismos baños que las socias.

Ahora bien, sabemos que en muchas casas también existe esta prohibición y además se separan platos, vasos y cubiertos para las empleadas. “Como yo era el menor, me encargaban marcar con sus iniciales los cubiertos”, recuerda un amigo arequipeño. La recurrida justificación para estas prohibiciones es la higiene: la trabajadora del hogar podría contagiar alguna enfermedad a las demás personas. Sin embargo, esa misma persona “contagiosa” es la que prepara los alimentos, limpie los dormitorios y atiende a los niños, mientras nadie parece recordar el posible contagio.

En realidad, el origen de estas prohibiciones es simplemente el racismo: se rechaza compartir determinados espacios con una persona cuyos rasgos físicos son considerados desagradables. A esto se añade la convicción de que la empleada es un ser inferior, “que no merece lo que tenemos nosotros”. Por eso parece normal destinarle un baño incómodo y una habitación diminuta y sin ventilación, que muchos arquitectos intencionalmente han diseñado así. “Yo vivo en un edificio nuevo, donde los departamentos son pequeñísimos, pero casi todos mis vecinos tienen empleada cama adentro”, me dice una abogada. Los niños de la familia, entretanto, crecen pensando que existen seres inferiores que no tienen los mismos derechos.

Esta segregación se traslada a diversos clubes sociales, cuyo carácter “exclusivo” esconde una clara mezquindad: muchos socios ingresan con sus empleadas, porque dependen totalmente de ellas para que atiendan a sus hijos, pero rechazan pagar la tarifa que corresponde a los invitados. Se ha creado entonces la categoría de amas, que les permite ingresar, pero no usar las instalaciones destinadas a los socios y sus demás acompañantes. Además, claro, estos clubes también sirven para exhibir el éxito familiar y, para muchos socios, su foto de familia exitosa y feliz quedaría arruinada si aparece una mujer andina bajita al costado. Por eso es preferible ubicarlas en ciertos lugares.

Es penoso que en tantas familias existan formas de segregación, pero si ocurren en un establecimiento abierto al público, como un club, debe precisarse que son ilegales. El Decreto Supremo 004-2009-TR establece que incurren en discriminación los clubes cuyas disposiciones tengan por finalidad o resultado generar un acto discriminatorio contra las trabajadoras del hogar. Por lo tanto, ningún club puede establecer baños, comedores o espacios separados para las empleadas del hogar ni tampoco una vestimenta obligatoria. La exposición de motivos claramente señala que se considera que estos actos deben ser sancionados según el artículo 323 del Código Penal, que incluye sanción de prisión para los responsables. Probablemente, serían necesarias mayores precisiones legales sobre las prácticas discriminatorias en establecimientos, como ocurre en Brasil, donde inclusive se ha prohibido el uso de “ascensores de servicio”.

Igualmente, podría existir, otro mecanismo legal muy efectivo y son las Ordenanzas contra la discriminación: en febrero del 2009: dos socios del Club Terrazas de Miraflores me avisaron que la señora que cuidaba a su hijita era impedida de ingresar, salvo que usara uniforme blanco. Inclusive le prohibían usar sandalias, debiendo llevar zapatillas en verano. Yo le escribí a los directivos del club, informándoles que la Ordenanza 294-MM de la Municipalidad de Miraflores sanciona con multa o clausura del local a las entidades que establezcan prácticas discriminatorias por diversas causales, entre ellas, la actividad. Días después, la Junta Directiva se vio obligada a derogar las normas discriminatorias.

Ordenanzas similares a la de Miraflores están vigentes en Lince, Jesús María y Villa El Salvador pero no en Chosica, donde tiene su sede el Club Villa. Por ello sería necesaria una Ordenanza a nivel provincial como existen en otras ciudades (Abancay, Huamanga, Huancayo, Cajamarca, etc.). A comienzos de este año, le envié una propuesta a varios regidores de la Municipalidad de Lima Metropolitana. Hasta la fecha, no hay ninguna respuesta, pero, dado que la Alcaldesa suele enfatizar su rechazo a la discriminación, esperemos que pronto podamos contar con una Ordenanza contra este problema.

Las prácticas de segregación y explotación hacia las trabajadoras del hogar deben ser enfrentadas seriamente por las autoridades, sin esperar a que algún ciudadano se indigne por lo que todos sabemos que sucede.

Comments  

 
#2 Louwecem 2015-10-08 19:03
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#1 ESther 2011-11-23 23:30
Me gusta es necesario ser mejores seres humanos y reconocernos como iguales, respetarnos y para los que somos cristianos practicar el amor al projimo como a si mismo.....
 

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