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Puno. ¿Estamos preparados para construir una sociedad inclusiva?

 

Puno. ¿Estamos preparados para construir una sociedad inclusiva?

op-aymaraPor Ana María Pino Jordán

Es la pregunta que me asalta con cierta frecuencia cuando camino por las calles, estoy en una oficina, veo televisión o escucho radio. Hasta ahora y desde hace más de quinientos años, nuestra sociedad se ha desarrollado casi sin darse cuenta del choque de culturas que se produjo con el avasallamiento hispano, al punto que es común escuchar, en pleno siglo XXI, que hay dos Perú, uno de ellos el Perú profundo. Creo que si nos movemos por cualquier rincón del país, lo podemos percibir.

Sin embargo, cada vez más voces en el mundo, reclaman por una sociedad que incluya a todos sin distinción de colores, lenguas, costumbres y tradiciones, formas de pensar y concebir el mundo. Y es que la humanidad se ha empobrecido al punto que parecería que se ha envilecido.

Contribuir a la construcción de una sociedad diferente, inclusiva, requiere entre otros de ciertas condiciones. Una, es la voluntad de hacerlo que a su vez se va generando por el descontento con la sociedad en la que vivimos (y padecemos); otra, es la actitud de apertura y encuentro con la diferencia o con el diferente, con "el otro distinto" y una tercera es encontrar las formas de buscar el encuentro, con creatividad, respeto, horizontalidad; es decir, con amor.

En una Región como Puno, parecería que el descontento con la sociedad en que vivimos, se da en la casi la totalidad de sus habitantes (siempre hay extremistas, sobre todo los ultra conservadores, racistas, discriminadores). De un lado los que han abierto los dos ojos para mirar su entorno y de otro lado, los que recuperan su voz y se hacen escuchar.

La actitud de apertura es más que una actitud personal una necesidad de convivencia y también de encontrar caminos que resuelvan inequidades. Estamos en campaña electoral y varias de las propuestas más serias tienden hacia ese objetivo.

Tengo la impresión que en donde nos atracamos es en el cómo. Se lo percibe y siente con cierta claridad (para quien, de buena fe, quiere verlo) en la manera en cómo nos comunicamos. Para hacerlo, desde la necesidad básica, utilizamos el idioma que a todos nos enseñaron, en la casa o en la escuela. Pero si queremos ser entendidos en nuestros verdaderos propósitos y entender los verdaderos propósitos de los otros, tendríamos que ser capaces de comunicarnos en nuestras propias lenguas. Conformar una sociedad bilingüe o trilingüe es una utopía pero podríamos hacer el esfuerzo de hacerlo, traductor de por medio, donde tratemos, necesitemos o queramos, lograr objetivos más allá de los domésticos y cotidianos.

Por ejemplo, en la TV local se van incorporando mensajes en idioma quechua o aymara, lo cual es un avance pues han sido siempre idiomas excluidos de la esfera pública, pero parecería que sólo van dirigidos a los que saben y entienden el quechua o el aymara y en ese sentido se legitima y confirma la exclusión; imaginamos que el mensaje que se emite pretende alcanzar a todos, o por lo menos motivar a la mayoría, y entonces podría por ejemplo subtitularse en el idioma general para que todos realmente se sientan involucrados. Esto es relativamente más sencillo pues el castellano tiene escritura y unos más, otros menos, lo pueden leer.

Indudablemente, un mayor esfuerzo de creatividad y ganas de buscar soluciones se requiere para los idiomas de tradición oral, que han sido ágrafos en su construcción o desarrollo histórico, y cuyos estándares de escritura aún están en discusión; al margen que si la gente tiene dificultades para leer, la tendrá para leer cualquier idioma, más el propio si nunca tuvo escritura. Pero podemos mirar, y entonces aprender, cómo es que se trata el problema en el ámbito internacional, cuando hay necesidad de comunicarse y no se habla el mismo idioma. Normalmente se recurre a intérpretes porque no sólo es importante traducir lo que se dice sino lo que se quiere decir y viceversa. Sería fantástico por ejemplo, que cualquier funcionario que se dirija públicamente a una población que mayoritariamente habla un idioma distinto al castellano (quechua, aymara, awajun, machiguenga, etc.) lo haga contando con el apoyo de un intérprete, no sólo para hacerse entender y entender cabalmente a sus interlocutores, sino también por respeto al diálogo y a la gente a la que debe servir.

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