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Señora de la Alegría

Señora de la Alegría

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Por Wilfredo Ardito Vega

En julio pasado, después que la selección peruana llegó al tercer lugar en la Copa América, mi abuelita me dijo:

-Y también Perú va a jugar con España.

-No, Julita –le aclaré, preocupado por lo que consideré un evidente signo de senilidad -. El campeonato era sólo para los países de América

Al día siguiente, en la reinauguración del Estadio Nacional jugaron las selecciones juveniles de Perú y España y yo no sabía dónde meterme.

A sus 98 años, Julita estaba al tanto de todo lo que pasaba en el mundo. Retenía en su memoria los teléfonos, los cumpleaños y los acontecimientos de la familia.

Quienes la visitaban, quedaban encantados con su hospitalidad y su entretenida conversación. Julita siempre estaba pendiente de sus invitados, preparando dietas especiales para quienes no comían carne, grasa o ají.

-Abueli, siéntate –le decían mis primos cuando se empeñaba en servirles.

Cuando mi papá estaba demasiado enfermo para ir a su casa, ella le enviaba los bizcochos de plátano o brownies que preparaba.

-Esto le gusta a mi yerno –decía.

El día en que mi papá falleció, su casa se convirtió naturalmente en lugar de refugio emocional. Allí fuimos a almorzar mi mamá, mi cuñada y yo y para todos alcanzó su estofado.

Julita tenía una excepcional habilidad para manejar situaciones difíciles. Cuando, debido al terremoto del 2007, no pudimos ir a comer helados como habíamos quedado, ella no se preocupó mucho por el cambio de planes:

-Te preparo una tortilla de champiñones –me dijo y se fue a la cocina.

Durante los diez años que vivió a una cuadra de mi casa, Julita estaba siempre dispuesta a comer afuera.

-"Sí" está vivo, "No" se murió –era su lema.

Cuando fuimos a almorzar al Hotel Bolívar, me llevó a comprar turrones a la Pastelería San Martín y en La Punta, me propuso caminar varias cuadras y así apreciar las mansiones de sus antiguas amistades.

Las salidas con Julita se volvieron mucho menos frecuentes después que ella se rompió la cadera el año pasado, aunque a mediados de este año la llevé a comer criadillas al único restaurante de Lima donde sé que venden. "A una persona de 98 años no se le puede negar ningún antojo", decía yo.

A comienzos de octubre, nos animamos a probar la silla de ruedas que era de mi papá y fuimos a comer picarones a una dulcería de Lince. Ella quedó encantada con la expedición y muy sonriente le estrechó la mano al dueño del local.

El sábado 8, después que tomó desayuno, la ayudé a llegar a su dormitorio y me di cuenta que caminaba con más dificultad de lo normal.

-Creo que no llego a fin de año –me dijo, cuando se sentó en su cama.

-¿Será así? –le pregunté y la abracé.

Conversamos sobre su muerte como muchas otras veces.

-¿Qué vas a hacer ahora? –le pregunté.

-Me voy a arreglar –me contestó y me pidió que le alcanzara sus cosméticos y el espejo.

Ella siempre quería lucir bien e inclusive había escogido el traje negro de terciopelo con el que quería que la enterraran.

Regresando a mi casa, le escribí a algunos amigos interesados en el pasado de Lima, que si querían conversar con Julita se apresuraran, porque "con una persona de su edad nunca se sabe". Sin embargo, cuando horas después, vi que ella se había repuesto y hasta había cocinado, pensé que había sido muy alarmista. Después de todo, cuando una persona llega a los 98 años en las condiciones en que Julita estaba, todos terminan pensando que va a vivir para siempre.

El domingo en la noche, para que mi mamá se relajara un poco tras el fallecimiento de mi papá, fuimos a un festival de coros en una parroquia de San Borja cuyo nombre me llamó la atención, Nuestra Señora de la Alegría.

Al día siguiente, delante de mí y de uno de mis hermanos, falleció Julita, que había sido nuestra "señora de la alegría", por un derrame cerebral. Murió como ella quería, rápidamente, sin dar trabajo a sus seres queridos.

-Yo sólo quiero vivir -decía –, mientras esté en uso de mis facultades.

Ella falleció en la misma habitación de la clínica donde 18 días antes había muerto mi papá y súbitamente para mí todo se repetía: firmar documentos, comprar coronas de flores, atender a los familiares y amigos que llegaban al velorio, leer la primera lectura en el responso, pedir que no pusieran cargadores negros...

Y, aunque esta vez, el lugar de refugio emocional había desaparecido físicamente, quedaba el consuelo de que Julita había sido feliz hasta la víspera de su muerte. Quizás lo que más aprendí de ella fueron sus ganas de vivir y hacerlo procurando que los demás también fueran felices. Y esa será la enseñanza que intentaré seguir para siempre.

 

 

ADEMÁS...

-Pese al crecimiento económico de años recientes y a la propaganda del régimen de Alan García, a nivel de Sudamérica el Perú continúa ocupando el penúltimo nivel en el Índice de Pobreza Multidimensional. Sólo Bolivia se encuentra en peor situación que el Perú.

-Felicitamos al Gobierno Regional de San Martín por disponer que el quechua, el shawi (chayahuita) y el awajún sean idiomas oficiales. Las regiones de Cusco, Apurímac, Ayacucho, Huancavelica y Junín tienen normas similares.

-Felicitamos a la Municipalidad de Lamas por disponer que en todos los actos oficiales ese cante el Himno Nacional en quechua. En Lamas vive una importante población de indígenas que hablan este idioma y tradicionalmente han sido muy discriminados.

-Felicitamos a la Municipalidad Provincial de San Martín (Tarapoto), por la emisión de una Ordenanza contra la discriminación, similar a la que ha sido aprobada en otras jurisdicciones.

-El Congreso aprobó la ley que declara la moratoria de 10 años para el ingreso de productos transgénicos. Hace unos meses, una ley similar fue observada por Alan García.

-A diferencia de lo que ocurre en Arequipa, Iquitos y muchas ciudades, el aniversario de Lima suele pasar desapercibido para los propios limeños. Un grupo de integrantes de Lima La Única nos estamos reuniendo para intercambiar ideas sobre cómo celebrarlo.

-Agradecemos a la empresa agrícola Solcace su compromiso de no volver a colocar requisitos discriminatorios en las ofertas de empleo.

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