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El mundo sin internet

El mundo sin internet

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Por Rocío Silva Santisteban

Debo confesar que yo viví en un mundo sin internet. Es más: en un mundo en el que la única tecnología para difundir textos era una simple máquina de escribir mecánica que sonaba con un traqueteo en sordina permanente cuando uno apretaba con fuerza sus teclas. Escribí mi tesis de Derecho en una de esas máquinas, usando libros que me prestaban por dos días en la biblioteca, con información que copiaba a mano en unas fichitas blancas a rayas porque tampoco existían las fotocopias. El material que requería debía conseguirlo por vínculos con mis compañeros, amigos o con mis profesores, en la biblioteca de mi universidad y en la Biblioteca Nacional, buscando durante horas para encontrar apenas algunos datos. Investigar en esos años era, verdaderamente, un trabajo de hormiga humana.

Por eso recuerdo aquella tarde de 1996, o quizás antes, cuando en el edificio de la calle Miro Quesada, donde funcionaba la revista en la que trabajaba free lance, una colega me enseñó lo que era yahoo.com y pude crear mi primera cuenta de correo electrónico. Desde varios años antes escribía una columna de libros en la computadora de mi casa y todos los martes me tenía que trasladar con mi disquete y los libros en la mano al local de la revista en el centro de Lima para entregar el material y para que escaneen las carátulas. Cuando apareció internet y la posibilidad de no ir todos los martes al centro era absolutamente tentadora (ya me habían regalado un escáner), logré enviar mis columnas con sus respectivas fotos por esa cuenta del correo, entrando por una conexión clandestina a la internet apenas los minutos suficientes para que salgan los emails (no había tarifas planas; cada minuto eran soles contantes y sonantes). Esa sola posibilidad me evitó traslados, gastos y tiempo perdido.

Luego, junto con mi padre, descubrimos que esos CDs pirateados de la Enciclopedia Británica comprados en una tienda de la avenida Garcilaso (ex Wilson) no eran tanta maravilla en comparación con las increíbles posibilidades de acceso al conocimiento que ofrecía esa Biblioteca de Babel del mejor sueño de opio borgeano: internet era información gratuita subida a la red por miles de personas en diferentes partes del mundo que la compartían porque les daba la gana. En ese entonces casi todas las páginas de información interesantes estaban alojadas en una web que se llamaba Geocities y los buscadores más usados eran Yahoo o Altavista. Para tener una página web se debía conocer lenguaje html y ser un verdadero webmaster; por eso mismo, compartir información no consistía solo en divulgar sino en interesarse por ser parte de una comunidad de inteligencias operando a favor de otras. Lo he dicho: el sueño borgeano.

Ahora los republicanos de los Estados Unidos pretenden parar esta transmisión de información con una ley antipiratería que en la práctica debilita la difusión del conocimiento transmitido por miles de usuarios libérrimos e incluso fuera de su ámbito jurisdiccional. El país de las libertades contra la más importante de todas: la posibilidad de tener conocimiento. Sin internet no se hubieran logrado muchas formas de empoderamiento; por eso, hay que luchar por la divulgación libre. El Art. 27 de la Declaración Universal de los DDHH reconoce al acceso al conocimiento como un derecho fundamental y, por lo mismo, el acceso a internet es un derecho humano.

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