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Peruanos: entre el orgullo y el fatalismo

Peruanos: entre el orgullo y el fatalismo

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Por Wilfredo Ardito Vega

Hubo un tiempo, no hace mucho, que el Perú parecía un país destinado al fracaso.  En los años sesenta, novelas como Conversación en la Catedral o En Octubre No Hay Milagros muestran una sociedad deprimente, donde era imposible resolver problemas generalizados como la pobreza o la desigualdad debido a la mezquindad de los políticos y la degradación de todas las clases sociales. Años después, parecía que a ese país a la deriva estaban por ultimarlo el terrorismo, la hiperinflación y el cólera. 

Si alguien que dejó el Perú en 1992 regresara veinte años después se sorprendería porque muchas personas ahora se expresan de manera muy positiva sobre su país y sobre su futuro. El más visible ejemplo de este cambio de ánimo es la relación afectiva hacia la comida peruana, elogiada por su sabor y variedad (y a veces también la cantidad), pero también son muestras de ello el entusiasmo por el reconocimiento a Machu Picchu, la concurrencia a las festividades por el Día del Pisco Sour o la cantidad de gente que usa polos con la Marca Perú. 

Ahora bien, resulta interesante observar que una serie de elementos culturales, como la comida, pasaron de la intimidad hogareña al deleite público. Posteriormente, han sido asumidos como parte de la identidad nacional y se generó ahora un sentimiento de orgullo, desconocido en décadas anteriores. 

En realidad, yo siento que, a veces, cuando hablamos de comida, los peruanos no mostramos orgullo sino jactancia (especialmente en relación a los chilenos y otros latinoamericanos), algo así como el niño que se jacta que sus padres tienen más dinero, aunque él no tuvo ningún mérito en conseguirlo.  ¿O alguno de quienes proclama su orgullo por el ají de gallina, los juanes o el pulpo al olivo intervino realmente en la creación de estas delicias?  

Ahora bien, como ocurre con Machu Picchu o el Amazonas, frente a la comida, la mayor muestra de orgullo es cuando se obtiene reconocimiento internacional. En el fondo, esto revela una necesidad de aprobación externa, para confirmar que somos un país viable o vivible y nuevamente esto me recuerda al niño que requiere del elogio ajeno para sentirse bien. 

La necesidad de aprobación es una muestra de inseguridad… y la inseguridad se manifiesta porque todos sabemos que los íconos del orgullo peruano (sea la comida, la Marca Perú, el Premio Nobel de Vargas Llosa o los éxitos de Gianmarco o Juan Diego Flórez) no implican la solución de ninguno de los problemas que mostraban las novelas escritas hace cincuenta años.  Por eso vivimos la paradoja de estar orgullosos por el limón o el maíz morado y creer que estamos predestinados a tener políticos corruptos y a desconfiar de nuestros compatriotas. 

Cuando escuchamos noticias deprimentes sobre “los problemas de siempre”, la gastronomía y los otros íconos se vuelven nuestra tabla de salvación emocional. En realidad, eso creo que sucede a muchos países, con fenómenos como el fútbol u otros deportes. Lo que llama la atención del Perú es que ha encontrado un nicho en el que nos consideramos insuperables, aún aquellos cuyo principal mérito no es cocinar, sino comer. 

Nuestro optimismo en realidad es tan superficial, que defendemos los íconos del orgullo nacional con un nacionalismo desproporcionado.   Por eso es que el pisco o el suspiro de limeña generan tanta polémica… porque representan, al menos algo en lo que sabemos que somos mejores. Por eso podemos ser muy duros cuando alguien nos arrebata el optimismo, por ejemplo, con el Informe de la Comisión de la Verdad que muestra todos los problemas que queremos negar.

Es en ese contexto que las expresiones de Iván Thais sobre la comida peruana fueron consideradas una afrenta para la tabla de salvación.   Hubiera generado el mismo rechazo alguien que osara criticar la Marca Perú o que dijera que no le gustó Machu Picchu, La Teta Asustada o El Sueño del Celta. Y había también bastante hipocresía en el rechazo hacia Thais: los mismos peruanos entusiastas por la comida nacional, la evitamos de noche, porque puede “caer pesada” y preferimos ir al chifa o a la pollería. Son los restaurantes peruanos en el extranjero los que sirven comida peruana de noche. 

En todo caso, para mí lo grave de la actitud de Thais fue que en una publicación dirigida al exterior difunda afirmaciones que  pueden generar prejuicios respecto a la comida peruana. Lamentablemente, hizo esto mientras centenares de cocineros han apostado por hacer nuestra comida conocida y exitosa. Son muchos quienes buscan además fomentar el turismo gastronómico en nuestro país,  una forma de turismo que mis amigos saben que es mi gran debilidad. 

Una sociedad madura debe aprender a escuchar ideas diferentes, sobre comida, política o literatura, reconociendo que existen temas opinables. En todo caso, el verdadero orgullo de ser peruanos debería basarse en lo que cada uno hace por construir una sociedad más justa y más feliz.

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