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Las 25 mejores

 

Las 25 mejores

op-uPor Rocío Silva Santisteban

La revista América Económica ha publicado un ranking de las 25 mejores universidades en el Perú. Los criterios son varios, entre ellos, relación profesor alumno, empleabilidad, convenios, internacionalización, selectividad de admisión, artículos publicados en revistas indexadas, entre otros. El método es  de selectividad e investigación. ¿Sorprende? No, porque los headhunters de empresas peruanas jamás van a "cazar" a un experto en recursos hídricos marinos o a un matemático especializado en fractales. Creo que la PUCP es una universidad excelente, pero ahora con el Premio Nobel a Mario Vargas Llosa –y aunque la UPC y la SIL le hayan dado reconocimientos– la UNMSM, donde estudió su pregrado, se ganó con este "indicador" (al igual que la Complutense, donde estudió su posgrado).

El artículo mencionado sostiene que el mercado universitario ha crecido en 20 años de manera indiscriminada y sin ningún tipo de regulación. En efecto, sí lo ha hecho, pero a partir de un "recurso" que se convirtió en la puerta falsa de la ley frente al extremadamente riguroso y burocrático proceso del CONAFU (Comisión Nacional Fundadora de Universidades). Me refiero, claro está, a los recursos de amparo que algunas universidades han presentado ante diversos jueces de todo el Perú y que les han permitido funcionar e impartir clases, incluso con sucursales en provincias, sin poder dar títulos a nombre de la nación. Literalmente "engañamuchachos". Este sistema, además, responde a la idea de pensar en una universidad totalmente diferente a la concepción original de la misma: hoy una "promotora" puede mantener el poder de designar directamente al rector, al vicerrector y a las autoridades competentes, más allá del consejo universitario y de la asamblea universitaria que antes, en la era real-maravillosa de la universidad democrática, solían elegirlos. Por supuesto, la versión anterior, así como la actual, no garantizaban tampoco que las componendas debajo de la mesa –con ofrecimientos de puestos a alumnos asambleístas– permitieran la transparencia institucional. Las universidades, no es la primera vez que lo digo, forman a lo mejor y a lo peor de nuestra política nacional: sino recordemos de dónde surgió el ingeniero Alberto Fujimori y en dónde aprendió sus estrategias maquiavélicas (Universidad Agraria).

El artículo se queja, asimismo, de que sean las mismas universidades las que se autorregulen, y sostiene que la única manera de poder salir adelante en este desenfreno es a través de la acreditación. Totalmente de acuerdo. Pero hay acreditaciones y acreditaciones. Si seguimos el formato del CONEAU se seguirá el camino fácil de sacarle la vuelta a la acreditación porque, a su vez, se exagera burocráticamente con los indicadores. Llenarte de papeles, de formularios, de POI, de PDI, de planes, misiones, visiones y demás, si en el "lugar de los hechos" solo te sirven para llenar una plantilla y no el alma ansiosa de conocimiento de un alumno, no sirven para nada. No, señores, eso de que necesitamos "carreras prácticas sin el tipo de información generalista" es una falacia del tamaño del campus de Harvard. Lo que necesitamos son profesionales que, por ejemplo, no sean corruptos en un país de índices de tolerancia a la corrupción que dan asco. ¿Con qué indicador medimos a aquellos profesionales que, en el momento de la decisión ética, asumen la correcta y no se echan ante el dinero, la sensualidad del poder o el miedo a quedar desempleados?

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