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Receta de mujer

Receta de mujer

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Por Rocío Silva Santisteban

"Que me perdonen las muy feas mas la belleza es fundamental", así comienza el famoso poema de Vinicius de Moraes, "Receta de mujer", que durante mis años universitarios era un éxito entre los pretendientes de poetas que pululaban en los patios de las universidades públicas y privadas. El poema, como su ritmo progresivo y su estética moderna, con sus sonidos cadentes como una canción de bossa nova, es impecable. Como contenido, es detestable.

Hay un algo, parafraseando a Vinicius, de misoginia en todo esto. Un algo de pretender que la mujer sea solo el reflejo de un deseo gastronómico de los sentidos hecho siempre a mayor gloria del varón. Sin embargo, los brasileños son tan delicadamente seductores que el poema, precisamente por su ritmo, embauca. Vinicius de Moraes es conocido, además, como el autor de la famosa canción carioca "La chica de Ipanema", así que, junto con el problema de denunciar a un poeta consagrado, una mujer que en esa época –me refiero a mediados de los 80– pretendía poner los puntos sobre las íes de este poema se llevaba el estigma de ser una picona. "Será que es fea, pues, por eso no le gusta el poema". ¿Cómo ejercer el resentimiento sin hacer el ridículo?

Pero dadas las circunstancias gastronómicas actuales y la cercanía del Día Internacional de la Mujer me tomo la libertad de poner sobre la mesa un tema que, parecería terriblemente frívolo, sin embargo causa muchos estragos en la autoestima de una mujer: la belleza y su anverso, la fealdad. ¿Qué es una mujer bella? En la época de la Venus de Willendorf, una mujer que podía garantizar la fecundidad, con senos inmensos como huevos prehistóricos y una cabeza sin rostro. En la actualidad, la versión absolutamente contraria, una mujer tan delgada como una libélula. O, en el caso específico peruano, una "malcriada" con trasero más que senos prominentes. Estos "ingredientes", que en verdad varían de acuerdo con cada contexto cultural, siempre van en pos de una idea que constriñe a la realidad dentro de un estereotipo. Los estereotipos varían, lo que no varía es esa posibilidad de ejercer poder desde el ideal: ese patrón de belleza que de un solo tajo de bisturí amputa de a pocos el amor propio.

Naomi Wolf escribió hace varios años el famoso libro El mito de la belleza, cuyo subtítulo explicaba cómo las imágenes de la belleza son usadas en contra de las mujeres. Los títulos de los capítulos del libro son simbólicamente potentes: trabajo, hambre, violencia, religión, cultura y sexo. Wolf revisa el tema desde la necesidad de belleza para obtener trabajo con mayor facilidad, o las imágenes sacras de la mujer en las religiones, o las exigencias de dolor por las que tienen que atravesar las mujeres en diversas culturas por el ideal femenino. Sin embargo, al final, propone cómo atravesar este mito castrante: a partir de la racionalidad de amarse a una misma como es tal cual.

La pregunta es: ¿puede existir discriminación por fealdad? Definitivamente sí, y sumada al racismo, clasismo, sexismo y todas las otras formas de atropello del prójimo bien peruanas es, a su vez, una forma lacerante de organizar estándares corporales empaquetables para calificar a un grupo de mujeres como "representativas" de lo bello nacional. Como dice Wolf para contrarrestar esto, lo que debemos hacer es preguntarnos por la posición de nosotras dentro de nuestros cuerpos, así como las mujeres del siglo pasado se preguntaban por su posición dentro de la sociedad.

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