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Entre protestas y encuestas

Entre protestas y encuestas

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Por Carlos Reyna

Una encuesta publicada el domingo pasado, que da al Presidente Humala una aprobación del 52 % de los encuestados, podría ser un argumento para quienes creen que el rumbo general de su gobierno es correcto.

Podría ser usada para sostener que la designación del gabinete Valdés estuvo bien, que la política respecto a Conga o a la delincuencia o la subversión están bien. Y que los errores, y por tanto las soluciones, son básicamente de comunicación o de diálogo, no de rumbo.

Por tanto, comunicando bien, con un premier más simpático, las protestas serían debilitadas y absorbidas, y toda la gente asimilada a la lógica de las encuestas, a sus cifras optimistas. En suma, se supone que la opinión de las encuestas a la larga prevalecerá sobre la opinión expresada en las protestas.

Si hay, en el gobierno, quienes tienen este punto de vista es porque no han aprendido bien la historia de los gobiernos elegidos en la era post Fujimori. Es más, ni siquiera han aprendido la historia del mismo Ollanta.
En cierto modo se puede decir que Alejandro Toledo y Alan García coincidieron, ambos, en creer que no había mejor espejo político del país que aquellas encuestas que leían cada mes.

Pero compartieron una segunda coincidencia: la de ser paulatinamente erosionados por su mal manejo del descontento social, de esa insatisfacción en cuyo núcleo de mayor desazón se fragua la protesta social.
Fue así como ambos gobiernos terminaron llevando a sus partidos oficialistas a la debacle de la siguiente elección. En ambos casos, sus mayorías parlamentarias se convirtieron en unas pocas curules, contadas con los dedos de una mano.

Hacia 2006, el partido gobernante, Perú Posible, llegó tan mal que no pudo presentar candidato presidencial. La mayor protesta social que hubo durante el gobierno de Toledo fue la de Arequipa, en contra de la privatización de las empresas eléctricas. La manejó pésimo y tuvo violento desenlace. En la región, en las elecciones al Congreso, PP pasó de tener 27 % en 2001 al 1.8 % en 2006.

En el 2011, el partido oficialista, el aprismo, tampoco presentó candidato presidencial. La mayor protesta social que le tocó ocurrió en Bagua, Amazonas, y la manejó desastrosamente. En esa región, en las elecciones al Congreso, pasó de tener 22 % en 2006 a un 3.4 % en 2011.

De manera que la experiencia muestra que, sobre el proceso político, una suma de protestas puede terminar pesando más que una serie de encuestas.

La propia historia de Ollanta muestra el papel que pueden terminar jugando las protestas sociales. Su construcción como candidato presidenciable no hubiera sido posible si no buscaba ser la expresión política, no de las encuestas, sino de las luchas sociales de entre 2006 y 2011.

Por tanto, si no se quiere repetir el mal final de anteriores gobiernos, el de hoy debería sin duda analizar las encuestas, pero sobre todo debería comprender el mensaje de las protestas y corresponder a sus demandas de cambio.

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