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Sendero, su lugar entre el pasado y el presente

Sendero, su lugar entre el pasado y el presente

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Por Carlos Reyna

El principal problema del proyecto de ley sobre la negación de los delitos de terrorismo no reside en sus amenazas para la libertad de expresión. Esos riesgos son reales. Diversos analistas ya los han enumerado y tienen mucha razón.

Pero el problema de fondo con ese proyecto es que no va a servir para nada al objetivo de desbaratar los intentos senderistas de reciclarse y relanzarse como movimiento político.

La razón es muy simple: no hay ninguna evidencia de que el reciclaje senderista esté pasando por predicar públicamente la aprobación, justificación, negación o minimización de los delitos cometidos por sus camaradas.

Es cierto que el Movadef y los activistas senderistas de hoy demandan públicamente la amnistía para Abimael Guzmán. Sin embargo, no parecen estar especialmente interesados en una campaña justificatoria o aprobatoria de lo que llaman “guerra popular”.

Por el contrario, aparecen como muy discretos y cautos con respecto a sus propias valoraciones sobre la violencia de los 80s y 90s. Parecen haberse dado cuenta de que la glorificación pública de su pasado complica su reciclamiento. Las mismas palabras “guerra popular” o “lucha armada” casi ni aparecen en sus intervenciones.

A la vez existe sobrada evidencia de que estos senderistas prefieren concentrar su actividad en meterse en las luchas sociales, generar sus propios aparatos dentro de ellas, radicalizar sus demandas para disputar su liderazgo, incluso mediante la división de las organizaciones sindicales o frentes regionales ya existentes
En una universidad como San Marcos, los  senderistas se han reubicado dentro de clásicos movimientos como los frentes de postulantes, los comensales del comedor universitario, o los residentes de la vivienda estudiantil. Para ocupar las instancias de representación universitaria se alían sin empacho con cualquiera.

Algo similar estarán haciendo en otras universidades.  Y, como ya se sabe, el gremio en el cual su infiltración se ha hecho más notoria es el magisterio, pero no es el único.

En ninguno de estos espacios los senderistas ganan la identificación política o ideológica de la mayoría. Lo que pasa es que la disputa por su control se libra entre minorías activas, y entre ellas los senderistas terminan siendo la secta más eficaz, por su mejor organización y mayor cohesión.

Dos cosas se deben subrayar de todo esto. Primero, los senderistas de ahora no están tan concentrados en disputar sobre el pasado, sino en incrustarse en las luchas sociales del presente. Capitalizan la ausencia en ellas de casi todos los partidos, incluidos los de izquierda.

Y segundo, cuando una demanda o protesta social aparezca liderada por una corriente distinta del senderismo, bien haría la autoridad en dialogar y procesar su atención. Si por el contrario se propone aplastarla y derrotarla, y lo logra, quienes terminarán cosechando la frustración y el resentimiento serán los pupilos de Abimael.

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