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500 contra uno

500 contra uno

op-500Por Alexandro Saco

El tragicómico secuestro de Gamarra, ha sido presentado como una brillante operación policial, cuando lo que refleja es la persistencia de prácticas institucionalizadas y las consecuencias de contar con un sistema de salud precario y excluyente.

Se me hace realmente complicado asumir una brillante operación policial cuando se necesitaron 500 efectivos para deshacerse de un pintoresco secuestrador. Cualquier cálculo sobre esa proporción da como resultado que la policía en Lima es ineficaz. Por otro lado, si bien existía un riesgo por la reacción del secuestrador, al parecer pudo evitarse su eliminación. Pero la orden del Ministro Hidalgo, que en sus pocos días en el cargo ya fabricó un psicosocial con la captura y liberación de supuestos narcotraficantes, debe haber sido matar para exhibir el objeto del triunfo.

Ruíz y el sistema de salud

Oyendo las declaraciones de la familia de Ruíz, ahora se observa mejor su perfil, marcado por dos situaciones sociales e institucionales que afectan continuamente a los peruanos. El secuestrador, luego de no ingresar a medicina en San Marcos, fue levado y cumplió al menos veinte meses de servicio militar obligatorio. Todo indica que como muchos otros, ahí fue vejado y torturado. La madre del secuestrador y sus amigos de Yauyos, refieren cómo Ruíz al salir del ejército regresó siendo literalmente otra persona, con marcas de golpes en la cabeza y la nariz torcida, lo que afectó su personalidad al punto de ser irascible; también refieren los familiares y amigos que el secuestrador sufría de constantes dolores de cabeza, seguramente fruto de los maltratos en el cuartel.

Otro dato que menciona la madre es que Ruiz era el único apoyo con que ella contaba, ya que su esposo y padre del secuestrador, desde hace varios años se halla postrado por una enfermedad, lo que implica una serie de gastos que han impedido que la familia supere sus precarias condiciones de vida, y que como en el caso de miles de familias peruanas significan empobrecimiento frente a la enfermedad.

Es decir, la situación del secuestrador estuvo marcada por dos asuntos que tienen relación directa con las limitaciones del sistema de salud peruano. Una la falta de atención frente a los problemas de salud mental derivados de las vejaciones en el servicio militar, que la propia sanidad militar pudo haber aliviado; y otro producto de la exclusión de atenciones integrales de salud para peruanos en pobreza que sufren alguna postración; este último caso se repite innumerables veces, y mientas más alejada la localidad menos posibilidades de lograr atenciones adecuadas.

Fiesta y policía escolar

A pesar de estas constataciones que evidencian las grietas de nuestra institucionalidad, los medios de comunicación y los representantes del Estado, han aprovechado la eliminación del joven desequilibrado para construir una victoria casi nacional, donde sólo se resolvió una situación complicada. Es patético ver a los policías que participaron en la operación descritos casi como héroes, entrevistados en todas partes, cuando fue en cierta medida la propia incapacidad de la policía la que llevó a este extraño secuestro: ¿qué clase de policía era el que custodiaba el Banco Continental de Gamarra para que un aprendiz de secuestrador, sólo experto en películas, lo haya reducido como a un policía escolar?

Persistimos en la insana costumbre de crear mitos donde sólo hay situaciones regulares. Es más, en este caso no se puede hablar de una acción brillante de la policía ni mucho menos. Todos hemos sido testigos del absoluto desorden de la operación, en la que una centena de uniformados más que facilitar la salida de los rehenes lo que hacían era estorbarla. Si por casualidad este secuestro no hubiera sido producto de la imaginación de Ruíz, sino uno planificado por un grupo de delincuentes avezados, se hace dudosa la posibilidad de lograr una acción exitosa.

Foco banalizado

Así las cosas, observamos cómo la precariedad de nuestra institucionalidad y las prácticas acendradas en ésta, como la tortura en los cuarteles y la exclusión de los pobres para acceder a salud, pueden llevar, como en este caso a situaciones límite, que si bien han afectado a personas inocentes que en buena hora no sufrieron daños mayores, son aprovechadas para crear imágenes irreales: no contamos con una policía preparada para hacer frente a situaciones extremas, por ello presentar a sus miembros como héroes por interés gubernativo o por sensacionalismo periodístico, es una banalidad.

Lo que debería hacer pensar esta situación, es en la eliminación de las torturas que se dan en nuestros cuarteles, sobre todo con los peruanos pobres, y asimismo reflexionar sobre el real tránsito hacia un sistema de salud en el que todos podamos ser atendidos cuando lo requiramos, y no permitir que nuestros adultos mayores queden postrados en una oscura habitación esperando la muerte, con el consiguiente sufrimiento y empobrecimiento de las familias. Ahí está el foco del asunto, y no en la creación de noticias o de héroes de papel.

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