La Católica

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Por Rocío Silva Santisteban

Soy sanmarquina pero estoy convencida de que la PUCP requiere el respaldo de muchos de los que amamos el conocimiento y las aulas para hacerles frente a las intenciones del Arzobispo de Lima de intervenir en sus estatutos, ergo, en su gestión y en sus estrategias académicas. Por otro lado, me considero cristiana y he aprendido de algunos sacerdotes, como de Vicente Santuc SJ o de Bernardo Haour SJ, que el Estado debe ser laico y que el conocimiento no puede sino llevarnos a un pensamiento crítico que implica, por sobre todas las cosas, usar algunas estrategias como las de Rousseau y dudar metódicamente. Cualquier otra posibilidad de atar el conocimiento a la fe nos descalabraría, pues la única manera que tiene el conocimiento de avanzar es preguntar, presuponiendo ignorancia frente a lo desconocido, y sobre todo descreyendo de los estereotipos, de lo que podría denominarse el "sentido común" y de cualquier tipo de dogma.

Asimismo, he tenido la suerte de estudiar el Diploma de Género en la PUCP, un postgrado que tiene un alto nivel de trabajo intelectual y académico-práctico, y en él pude aprender no solo posiciones de muchas personas sobre la construcción cultural de la diferencia sexual sino y, sobre todo, asumir la excelencia de mis propios profesores –como Narda Henríquez, o Patricia Ruiz Bravo, o Gonzalo Portocarrero– para exigirse y exigirnos cada vez más en nuestras reflexiones, en nuestras lecturas, en nuestra comprensión de las múltiples dificultades que las mujeres hemos atravesado y seguimos atravesando en pos de una equidad no solo jurídica sino social y cultural. Este diplomado no solo da luces sobre la situación actual de las mujeres en el Perú y América Latina sino que permite, a su vez, contextualizar históricamente el origen de la desigualdad. Haberlo estudiado me abrió la mente y, personalmente, me ayudó muchísimo a empoderarme, a entender mi propia situación como mujer peruana, madre, profesora universitaria y ahora activista de derechos humanos. Estoy convencida de que el conocimiento, leer y aprender, es una de las máximas formas del placer y en la Universidad Católica lo viví, lo ejercí y, ahora, lo transmito a mis alumnos y alumnas, con quienes aprendo mientras enseño.

Por otro lado, he podido gozar de la comunidad académica de la PUCP en el área de Ciencias Sociales, pero también de Humanidades, especialmente Literatura, y comparto con los profesores con quienes me he vinculado la suerte de haber participado en muchos congresos, encuentros, debates, seminarios y otras actividades académicas en las que solemos participar y hacerlo con talante de diálogo, aunque las posiciones sean muchas veces divergentes e, incluso, irreductibles. Esta posibilidad de un debate, escrito u oral, me ha enriquecido personalmente de tal manera que, en verdad, para quienes gozamos del conocimiento, poder darnos cuenta de que aparece frente a nosotros en un diálogo en voz alta es como encontrarse frente a una epifanía.

Pero no lo es: no se trata de una revelación o de una verdad revelada, sino de un descubrimiento de la razón. Y precisamente esa es la tarea de una universidad: trabajar en torno a la razón y descubrir para los otros que es posible construir el conocimiento humano entre todos y en la mayor libertad posible. Limitar la razón y la libertad implicaría regresar al Medioevo, a la censura, a la casa de brujas y, por ende, al oscurantismo y simplemente a fortalecer el peor de los pecados: la estupidez humana. La universidad es todo lo contrario al "loor estulticia", y eso Tomás Moro nos lo enseñó hace siglos.