Jirón Renovación

 

Jirón Renovación

op-renova02Por Carlos Reyna

Varios de los candidatos que aparecieron hace poco traen la retórica de que ellos renovarán la política, serán férreamente éticos, recusarán todo personalismo y librarán ardorosa batalla contra el orden establecido.

Pero ha bastado poco tiempo para que estos adalides de la nueva política se muestren tan tradicionales, personalistas y conciliadores con los corruptos, como los viejos partidos a quienes ofrecían combatir. Incluso, para reforzar sus candidaturas, no han vacilado en buscar alianzas con alguno de los mismos partidos que tanto denostaban.

Quienes mejor conocen la ficción de estos renovadores son quienes los acompañan en sus proyectos. Pero tienen un rasgo muy visible: su calculada ambigüedad ideológica. Cuando les piden definiciones se refugian en los tópicos de moda: la anticorrupción, los derechos humanos, el medio ambiente. Su tópico usual es que las ideologías ya murieron o son etiquetas sin interés. Lucen, pues, más sentido práctico que un mecánico de La Victoria.

Pero claro que tienen ideología, solo que una centrada en ellos mismos. Tienen unos mitos personales, cargados de proezas individuales inventadas. El genial empresario, el emprendedor exitoso, y no falta el alegado luchador social. En esa religión personal, ellos son los hombres providenciales que traerán la tierra prometida, libre de todo mal. Y la ocasión son estas elecciones, ahora o nunca, porque entre sus milagros también está el de construir partidos en un santiamén.

Conforme se va venciendo el calendario electoral, la ansiedad por postular termina derritiendo las máscaras. Lo que son va reemplazando a lo que decían ser. Comienzan a aceptar a inescrupulosos entre sus filas, a promover alianzas sorprendentes, a hacer obvia su lógica de camaleón y a pedir disciplina y expulsión para los majaderos que se atrevan a disentir.

El más afortunado y astuto de esta especie puede hasta ganar la elección, como ya se ha probado varias veces. Pero igual defraudará a su país, pues el falso renovador tiene todos los defectos y ninguna de las pocas virtudes de los partidos tradicionales. El más torpe queda pronto en evidencia. No llega ni al partidor, es pasto del olvido y algún piadoso elector peruano se pregunta ¿y ese, qué fumaría?