Hola, soy Kapuscinsky

 

Hola, soy Kapuscinsky

op-KapuscinskiPor Juan Gargurevich

Efraín Ruiz Caro leyó en silencio el nombre impronunciable en la tarjeta de visita que le alargaba aquel gringo huesudo y fortachón, despeinado, de corbata torcida.

-("Ryszard Kapuscinsky")...Ajá... ¿y cómo se pronuncia?" –preguntó, alargando la mano en señal de bienvenida.

El polaco se echó a reír y le contestó en perfecto castellano –"Richar nomás, así, a secas".

Ruiz Caro era el jefe de la Oficina de Difusión de la Reforma Agraria, creada apenas dictado el famoso Decreto Ley 17716 de 1969 que declaraba que la tierra sería en el Perú para quien la trabajara. Eran instalaciones improvisadas en Jesús María donde también estaban los periodistas Pedro Morote, José Adolph, Mirko Lauer, diseñadores como José Bracamonte, Jesús Ruiz Durand, autores de afiches ya legendarios.

Pero la oficina era sobre todo una fuente privilegiada de informaciones sobre los intríngulis de la Revolución liderada por el general Velasco. Con frecuencia "lo último" podía estar allí donde entraban y salían políticos, periodistas locales y extranjeros y militares (no era extraño ver de cuando en cuando al avispado capitán Montesinos).

Bien informado, Kapuscinsky prefirió visitar a Ruiz Caro y preguntarle sobre la Revolución y no a generales del régimen. Recuérdese que se había abierto la puerta grande a los países socialistas del Este y el Perú llamaba mucho la atención pues quizá, imaginaban algunos, que acá se precipitaba otra revolución socialista.

Ruiz Caro estaba a punto de viajar al Cusco para participar en el proceso de expropiación de latifundios y allí mismo invitó al polaco a viajar con su grupo:

—"Vamos, Richar, para que veas la revolución de cerca y en mi tierra".

No conocemos los despachos que envió Kapuscinsky sobre el Perú y la reforma agraria o sobre el proceso político. Y tampoco escribió nada sobre los Andes. Por alguna razón no fuimos objeto de su interés para un libro posterior.

Ruiz Caro contó que el periodista sufrió mucho con el soroche, el temible mal de altura; y tanto, que en uno de los recorridos le dieron a mascar coca con cal y todo para que se aliviara del malestar. Luego de volver a Lima desapareció, se marchó. Pero se encontraron varias veces más, en Europa, en reuniones de la desaparecida OIP.

Años después, ya convertido en famoso y hasta candidato al Premio Nobel de Literatura, recibió el Premio Príncipe de Asturias junto con el padre Gustavo Gutiérrez y entonces debió recordar sus breves pasos por el Perú porque también estuvo años después en Ayacucho.

Dos periodistas polacas acaban de publicar una biografía del ilustre colega, pero no la hemos visto todavía. Quizá allí esté la clave de por qué nos quedamos en su memorioso tintero.