A la Droga Dile No

A la Droga Dile No

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Por Rafo Leon - Revista CARETAS

El episodio Soberón podría ser un estudio de casos sobre cómo se construye a un personaje público con las piezas y pegamentos que cierto sector de la sociedad necesita para protegerse de un problema, negándolo. Ricardo Soberón es uno de los estudiosos que más y mejor domina el tema de los cocaleros, del sistema perverso que permite que el 90 por ciento de la producción de hoja se vaya al narcotráfico, de la doble moral de una serie de entidades involucradas en la erradicación y sobre todo, Soberón conoce los límites de una lucha contra el narcotráfico cimentada en la represión aplicada al tramo más débil del hilo: el campesino cocalero.

Y porque Soberón domina el tema en toda su secuencia, es que desde su cargo en Devida está intentando aplicar una serie de estrategias que implican relativizar el modelo tradicional de la erradicación compulsiva. Soberón sabe lo que sabe porque por décadas se ha metido al problema, es decir, no lo ha observado desde el escritorio del burócrata ni desde la visita del funcionario. Él se ha ensuciado manos, pies y fondillos en las chacras llenas de hoja, cerca de las pozas de maceración, en las cocinas. Ha tratado directamente con gente involucrada en todas las fases del proceso de producción de cocaína y látex. Y lo ha podido hacer porque se ha colocado en el pellejo del sujeto que en una circunstancia determinada elije dedicarse a cultivar coca, o a procesarla. Soberón ha interactuado de igual a igual con personas y comunidades sumidas en este asunto por el que la hipocresía política ha convertido a México prácticamente en un país inviable. Pero es que si el actor no se zambulle en el tema, siempre lo terminará tocando de manera externa. Y zambullirse significa muchas veces establecer contactos, hacer alianzas para poder plantear diferencias, dialogar en el lenguaje del otro, actuar con libertad de movimiento. Es decir, hacer política. Si no fuera así, si el zarismo antidroga se redujera a declarar públicamente que la cocaína es el flagelo de la humanidad y que hay que rociar napalm para acabar con ella, pues ya tendríamos un puesto para el cardenal Cipriani, en el supuesto negado de que el Vaticano decidiera prescindir de sus servicios en aras de la salud en la institucionalidad católica.

¿Por qué ha irritado tanto Soberón a cierta prensa, a políticos y figuras públicas y hasta a miembros del gobierno? Por el miedo a un cambio en la manera tradicional de ver las cosas, aunque esta haya demostrado su miopía hace rato. Los correos y audios publicados como acusaciones contra Soberón, ¿qué es lo que en realidad muestran? A un especialista con harta calle, que sabe perfectamente quién es quién y que asume compromisos para ir variando el modelo convencional de erradicación en pro de otras estrategias, y que eso es lo que manifiesta a sus remitentes cocaleros, con los que en efecto tiene relación. ¿Y eso es malo? Por favor, malo es negar, bloquear y pedir represión como las únicas salidas, igual como cuando las señoras exigen la pena de muerte cada vez que aparece un violador y asesino de niños.

He estado hace poco en Juanjuí y soy testigo de cómo la actitud del cocalero ha cambiado desde que el cacao se ha convertido realmente en una alternativa. Y cuando subrayo realmente, es porque ha sido comprendido en muchas comunidades que con el cacao quizás se gane menos dinero pero ya no hay que vivir a escondidas. Los padres, sus hijos, las mujeres, los jóvenes están disfrutando de lo que es ser un ciudadano y un interlocutor social y económico transparente, sin nada que ocultar. Detrás de este éxito hay una compleja historia en la que muchos sacerdotes "de base" trabajaron durante décadas en la línea de lo que Soberón hoy propone: dejar de excluir per se al cocalero, conocerlo y trabajar juntos salidas, cuando este se dé cuenta de que las hay y que le resultarán más rentables, y no solo en cuestión plata. Pero en el Perú queremos enfrentar conflictos del siglo XXI con la cruz y con la espada.