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El fujimorismo y la derecha

El fujimorismo y la derecha

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Por Augusto Malpartida León

La primera vuelta ha terminado y el circo en el que quiso convertir la derecha estas elecciones también. O por lo menos el circo como payasada distractiva, porque la posibilidad del circo romano aún permanece, con el nacionalismo en la arena y la probabilidad de salir de ella arrastrado por caballos, en medio de un charco de sangre, latente.


Ollanta ha pasado a la segunda vuelta, pero el fujimorismo también. Kuczynski pudo ser el hombre de la derecha, la derecha misma en la disputa, sin intermediarios, sin mayordomos, sin mastines, pero no llegó. Toledo naufragó en medio de sus idas y venidas, su tendencia a la farsa terminó por ahogarlo. Y Castañeda nunca fue, apenas empezó a encarar la lucha electoral, se vino abajo aplastado por su incapacidad y por la caja de Pandora que resultaron las cuentas municipales y el balance de sus, tan bien, propagandizadas obras; la prensa tiene en este terreno cuentas que rendir también, nadie entiende cómo es que durante 8 años se dedicaron a ser voceros oficiosos de una gestión muda para la auditoría pública y generosa para la sobrefacturación de obras.

 
El fujimorismo, el mastín de la derecha está en segunda vuelta. Y con él se abre un período que puede terminar en la restauración de la dictadura de los 90. No es que vayan a dar un nuevo golpe, probablemente no lo necesiten, pero vuelven los mismos personajes, las mismas medianías que han paseado por los pasillos del poder todo este tiempo, esperando su momento, para decirnos que nunca se fueron, que la globalización, la modernidad, y todo el discurso neoliberal de los últimos 20 años en el país, en el Perú se llamó fujimorismo y por eso nunca pudo ser desterrado de la política nacional, en realidad la forma que adquirió el modelo en nuestro país fue el fujimorismo.

 
En los 90, derrotado Vargas Llosa en las elecciones, la derecha económica y política levantó la tienda y se pasó con todo al fujimorismo apenas se dió cuenta que el pobre tipo que había ganado, no tenía partido y peor aún, no tenía ni la menor idea de qué era lo que había ganado, se había alistado para ser senador y terminó de presidente sin saber cómo. Vargas Llosa se quedó sólo en el mundo, sin salir de su asombro al ver cómo es que terminaba metido en el desván de la derecha peruana, luego de haberse presentado como la luz de la globalización y la modernidad a los miserables mortales que habitamos estas tierras.


Y Fujimori hizo lo que la derecha siempre quiso hacer y no se atrevía. Cerró el Congreso, ya desprestigiado en ese momento; durante años había sido la mesa de partes del Ejecutivo y este a su vez la del FMI. Es verdad que había más blancos bien hablados en esos congresos, pero igual era una cuchipanda de la cual se debía prescindir. Inició la cacería de senderistas, emerretistas, y ya convertido en el matón de la comarca, se inició la otra cacería, la de dirigentes gremiales, vecinales, políticos y a eso le llamó lucha antisubversiva, llena de masacres, algunas clandestinas, otras televisadas y con el dictador paseando entre cadáveres para mostrar que él era el único responsable.

 
Se declaró fondomonetarista frente al entonces jefe del FMI, Camdessus, disfrazado de comunero andino y rodeado de comuneros. Y es que el FMI le ponía el plan económico, porque el Fondo sabía que la economía era un tema demasiado serio para dárselo a Fujimori. Y lo dejó junto a su asesor favorito, Montesinos, a que se hagan cargo de la política cotidiana, que a la luz de las experiencias de gobierno que hemos tenido significa: organízate para levantarte en peso el país. Y la cuchipanda se volvió fujimorista, se vendía el país como lo decía el FMI pero de la comisión se encargaba Fujimori; se enviaban las reservas al exterior, pero de la comisión se encargaba Fujimori, ni siquiera su congreso, podía saber a qué banco se enviaban, se vendían armas y también aquí de la comisión se encargaba Fujimori, lo único que se compraba eran medios de comunicación, sí los mismos que ahora resultan defensores de la libertad de expresión, y los compraban al peso y los pagaban en bolsas de plástico y papel, los muy modernos. Se tiró abajo la Constitución del 93, que no era ningún obstáculo para sus planes y la reemplazó por un documento que era casi una carta de sujeción a las empresas transnacionales, pero tenía una gran virtud: permitía la reelección. Hoy quieren colgar a Ollanta por decir que quiere realizar algunos cambios en la Constitución, pero pregúntenle a la derecha peruana porqué respaldó tan activa y entusiastamente el cambio producido por Fujimori. Ni siquiera a los neodemócratas de hoy, Castañeda, Toledo, Kuczynski, se les vió en esos tiempos luchando contra el sátrapa, durante los 90, éste reinó con el respaldo de la toda la derecha política y económica, hubieron excepciones, pero fueron eso, excepciones.

 
A fines de los 90 la dictadura empezó a tambalear, miles de jóvenes empezaron a salir a las calles a enfrentarla, volvieron los trabajadores a marchar por Lima, y Fujimori decidió reelegirse por tercera vez. Ya no podía, demasiada dictadura, demasiada medianía sofocando un tejido social que volvía a reconstruirse. Y cayó, en medio de un fraude contra Alejandro Toledo que en tres meses pasó de ser un entusiasta admirador de la obra del fujimorismo (yo voy a continuar su obra señor presidente, el segundo piso), a jefe de la oposición a la dictadura, en tres meses; cayó en medio del escándalo de los videos y la angustia de recuperar videos que los comprometían a él. Cayó herido de muerte por la Marcha de los Cuatro Suyos.

 
En realidad Fujimori no cayó, se fugó, y los que cayeron sí fueron sus "guachimanes", sus congresistas, sus ministros, sus asesores, Montesinos con ellos. Fujimori regresó a su país de origen a esperar mejores tiempos. 


Y allí empezó el mito sobre su gestión: "hizo cosas buenas pero en otras hubo excesos". Y como hizo "cosas buenas" esas no las tocamos, y Paniagua mantuvo el modelo económico, era un gobierno de transición, pero no hizo un tránsito a nada, se siguieron vendiendo empresas, no se hizo nada con los medios que siguieron en manos de los que se habían vendido, sí hubo un desborde de denuncias y muchos miembros de la mafia terminaron en prisión, Hermoza Ríos y Montesinos, entre los más connotados.

 
Y los gobiernos que siguieron, mantuvieron las "cosas buenas", es decir levantarse el país, venderlo al peso, y dejar que las transnacionales se lleven todo lo que puedan porque eso es la modernidad. Ninguno se atrevió a eliminar la Constitución de la dictadura y reemplazarla por una surgida de una Asamblea Constituyente, no les daba para tanto lo democrático. Y la preservaron, como preservaron las leyes que recortaban derechos laborales, aumentaron la represión "legal", siguieron matando a quienes se oponían a su política económica.

 
Pero en lo fundamental, convirtieron la lucha contra la dictadura en un recuerdo indeseado, la Marcha de los Cuatro Suyos en poco más que un exabrupto. Y le dieron legalidad al fujimorismo. Una organización que reinvindica como jefe a un delincuente sentenciado por la leyes peruanas existe sin problemas, y su candidata a la presidencia que por pura casualidad es hija del delincuente, puede defender sin sonrojarse, el golpe que dió su padre y jefe político y plantear que vَía un indulto puede burlar a la justicia. 


De hecho la derecha peruana convivió con el fujimorismo todos estos años, de los 90 para los 2011, al comienzo con cierto escrúpulo, tampoco es fácil ser amigo de los apestados, pero luego "se soltaron las trenzas" e hicieron alianzas y acuerdos, y compromisos y los volvieron respetables. Total, el modelo debía continuar, Fujimori, sin saberlo había sido el iniciador y como el tiempo borra heridas, hoy tenemos a su hija en la segunda vuelta.

 
Pero el Perú del 2011 no es el de los 90, y las fuerzas antineoliberales ya tiene 20 años de experiencia enfrentando al modelo, han derrotado a Toledo, a García, en la lucha contra las mineras. Es muy probable que el próximo gobierno tenga un componente antineoliberal importante, el prerrequisito es derrotar al fujimorismo y con ello cerrar un período de nuestra historia, la derecha perderá a su mastín preferido y con él perderá poder, el resto será construir otra historia, otro país.

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