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¿Durará Esta democracia?

¿Durará esta democracia?

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Por Steven Levitsky (*)

Ninguna democracia peruana ha durado más de doce años. La democracia actual tiene diez y ahora enfrenta su desafío más difícil: una segunda vuelta entre dos candidatos con rasgos (o riesgos) autoritarios.  Fue un resultado poco previsto en Lima y muy temido por los que han luchado por la democracia. ¿Qué pasó?  ¿Será que los peruanos son autoritarios?

La idea de que la cultura peruana tiene rasgos autoritarios, y que una gran parte del electorado prefiere a los caudillos y soslaya los derechos humanos, las libertades civiles y el equilibrio de poderes, ha resurgido con fuerza.  Hace poco los medios fueron saturados con artículos –basados en el último Latinobarómetro– que mostraba al Perú como el país “con menor apoyo a la democracia” en América Latina. ¿Será por eso que el próximo presidente se apellidará Humala o Fujimori?

Insatisfacción con la democracia

No.  Hay que distinguir entre valores democráticos y satisfacción con la democracia y confianza en las instituciones democráticas.  Es cierto que no hay en el Perú el amplio consenso alrededor de la democracia liberal que existe en Costa Rica y Uruguay. Pero en cuanto a los valores democráticos, Perú no está en el último lugar: se parece a Brasil y a Chile. Según el último informe del Latinobarómetro (2010), el 61% de los peruanos dice que la democracia es preferible a cualquier otro sistema, un número comparable con Chile (63%) y mejor que Brasil (54%) y México (49%). El informe del Latinobarómetro del 2009 ofrece otros datos relevantes. Ante la pregunta si el gobierno debe cerrar un medio de comunicación cuando publica cosas que no le gustan, solo 16% de los peruanos dice que sí, comparado con 18% de los chilenos y 34% de los brasileños. Y preguntado sobre si el gobierno debería pasar por encima de las leyes cuando hay una situación difícil, solo el 22% de los peruanos dice que sí, comparado con 28% de los chilenos y 44% de los brasileños. Finalmente, el 55% de los peruanos dice que sin el Congreso no puede haber democracia, comparado con 43% de los brasileños. En cuanto a los valores democráticos, entonces el Perú –aunque lejos de ser Suiza– se parece mucho a democracias como Brasil y Chile.

Donde el Perú sí esta en el último lugar es en la satisfacción con la democracia y la confianza en las instituciones democráticas.  Segun el Latinobarómetro, solo el 28% de los peruanos está satisfecho con el rendimiento de la democracia, comparado con 49% de los brasileños y 56% de los chilenos.  Y mientras en Brasil los niveles de confianza en los poderes legislativos y judiciales son 44% y 51%, respectivamente, y en Chile son 49% y 38% respectivamente, en el Perú estos niveles son 14% y 15%.  Y mientras una mayoría de brasileños y chilenos confía en su gobierno, en el Perú solo 25% confía en él. Finalmente, solo 18% de los peruanos dice estar satisfecho con el rendimiento de la economía, comparado con 47% de los chilenos y 49% de los brasileños. 

Lo que distingue al Perú de sus vecinos en Brasil y Chile, entonces, no es una cultura autoritaria sino un altísimo grado de descontento y desconfianza.  Este descontento tiene varias fuentes, pero la más importante es la debilidad del Estado, un tema que los últimos dos gobiernos desatendieron.

Populistas o autoritarios

El descontento y la desconfianza generan una tendencia a votar por los “outsiders” o candidatos que vienen por afuera del establishment político democrático.  Esta descripción corresponde a Ollanta Humala y Keiko Fujimori.  Humala es un populista que en el 2006 atacaba –y prometía tumbar– todo al establishment político; Fujimori representa a una fuerza política que se burló de la ley y gobernó de una manera autoritaria.  

En un país con instituciones débiles como el Perú, cualquiera de estas opciones podría ser un peligro para la democracia. En el caso de Humala, el peligro es que los populistas exitosos casi siempre generan una crisis institucional.  Un populista que gana la presidencia atacando al establishment político tiene mandato para tumbar a la clase política.  Como los otros poderes –el Congreso, la Corte Suprema– casi siempre están en manos de los partidos establecidos, eso genera desconfianza (y muchas veces hostilidad) entre el presidente y los otros poderes.  En este contexto, el conflicto puede escalar y terminar en una crisis institucional. A veces el presidente gana y cierra al Congreso y/o impone una nueva Constitución que concentra el poder (Perón, Fujimori, Chávez, Correa).  Y a veces el presidente pierde y cae, muchas veces de una manera poca constitucional (Bucaram y Gutiérrez en Ecuador, Zelaya en Honduras, Joseph Estrada en Filipinas).  En los dos casos, el resultado es algún tipo de ruptura constitucional.

Retorno al pasado


En cuanto a Fujimori, el peligro es que una fuerza autoritaria vuelve a gobernar de una manera autoritaria. Muchos ex dictadores o partidos autoritarios han vuelto al poder a través de elecciones.  En algunos casos, como Banzer en Bolivia, el peronismo en Argentina, el Partido Popular en España, la derecha pinochetista en Chile y el PRD en Panamá, estas fuerzas han gobernado de una manera democrática.  Pero en otros casos, como Velasco Ibarra en Ecuador, Balaguer en la República Dominicana, Ortega en Nicaragua, y Yanukovich en Ucrania,  los ex autoritarios volvieron a cometer abusos autoritarios.   

Tres factores ayudan a asegurar que los ex autoritarios gobiernen democráticamente. Primero, las instituciones democráticas tienen que ser fuertes, como en España, Chile y, en menor grado, Argentina. Segundo, los partidos institucionalizados (Chile, España) suelen transformarse en democráticos más que los movimientos personalistas (Velasco Ibarra, Balaguer).  Y, tercero, un gobierno democrático es más probable cuando la fuerza autoritaria se ha renovado y se ha distanciando de su pasado autoritario, como ocurrió en Argentina, Chile y España.  Lamentablemente, el Perú no tiene instituciones democráticas fuertes. Fuerza 2011 no es un partido institucionalizado y, hasta ahora, el fujimorismo no se ha distanciado de su pasado autoritario.  En la primera vuelta, Keiko reivindicó al régimen fujimorista e insistió en la inocencia de su padre.  Hoy en día, entonces, el Perú se parece menos a Chile, España y Argentina y más a la República Dominicana, donde la vuelta de Balaguer al poder generó la corrupción de las instituciones democráticas y un fraude electoral en 1994.  

Escuchar al pueblo

Pero la elección también genera oportunidades.  Esta elección ha sido muy democrática.  Una mayoría poco escuchada en Lima se hizo sentir.  Como escribe David Sulmont, “las elecciones han obligado a los políticos a escuchar al pueblo”.  De hecho, políticos, empresarios y medios de comunicación que ignoraron la cuestión social durante cinco años ahora hablan de la necesidad de tomar en serio la pobreza, la inclusión y la redistribución. 

Gane quien gane, el próximo gobierno tendrá una base popular.  Habrá sido electo por los que no se sienten beneficiados por el boom de los últimos años. Como consecuencia, es probable que el próximo gobierno preste más atención a las demandas de estos sectores. Si es así, la democracia podría salir fortalecida.  Si el próximo gobierno responde seriamente a las demandas de la gente que menos confía en las instituciones democráticas, los niveles de desconfianza podrían empezar a bajar.  

Pero la democracia solo saldrá fortalecida si se evita la polarización y una ruptura constitucional. Una salida democrática dependerá de las alianzas que construyen los candidatos.  En el caso de Humala, lo mejor para la democracia sería que suavizara su populismo y negocie un pacto con sectores liberales del establishment. Los dos lados tendrían que hacer concesiones importantes: Humala tendría que moderar su plataforma y suavizar aún más su posición ante la reforma constitucional.  Los liberales también tendrían que aceptar más Estado y más redistribución.  Humala podría abandonar el acuerdo después de asumir (no hay garantías en un país sin partidos o instituciones fuertes), pero no sin costos y riesgos políticos.

¿Un fujimorismo reformado?

Fujimori tendría que distanciarse –por  primera vez– del fujimorismo de los años 90.  Tendría que reconocer los abusos de su padre y abrazar –de una manera clara y creíble– las normas de derechos humanos que rigen en la región. Para Fujimori, la construcción de alianzas con sectores del establishment será más fácil porque existen pocas diferencias en cuanto su programa de gobierno. Sería una alianza parecida a la de 1995, cuando muchos liberales apoyaron la reelección de Fujimori, creyendo que era un retorno a la democracia. No lo fue.  A diferencia de 1995, los liberales que pactan con el fujimorismo en el 2011 deberían exigir un compromiso creíble con la ley, la democracia y los derechos humanos.  El problema es que muchos sectores de la derecha, aterrorizados ante la amenaza populista, están dispuestos a apoyar al fujimorismo sin exigir nada más que la protección ante Humala. Muchos ya empezaron a hablar de un fujimorismo “soft” y decir que hay que pensar en el futuro, no en el pasado.  Es peligroso. Se debe exigir de Keiko Fujimori una renuncia explícita al pasado autoritario. Si los liberales pro-Fujimori se quedan contentos con el statu quo económico y le dan al fujimorismo no reformado un cheque en blanco, cometerían el mismo error que cometieron en 1995, con graves consecuencias para la democracia.

(*)Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Harvard y profesor visitante de la PUCP.

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