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Una enfermedad llamada neoliberalismo

Una enfermedad llamada neoliberalismo

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Por Nilo Tomaylla

Una maquinaria de un pacto vituperante contra Gana Perú está en ruta. Todos los perdedores de la primera vuelta, encabezado por Keiko, tejen una urdimbre de miedo, mentira, racismo y otras inmundicias contra Ollanta Humala. Su aliada, una gran parte de la prensa limeña. Este charco refleja felizmente una disyuntiva clara, que en el espíritu de los peruanos no debe borrarse: Querer dejar una patria con rostro de justicia a todos nuestros hijos.

Esta patria cuya metáfora de desazón es la de un mendigo sentado en una banco de oro, fue pródiga para pocos. Esos pocos son precisamente los listos que no quieren que cambie la situación sobre todo económica a favor de las grandes mayorías.

Un poco de historia.

Durante los años setenta los petrodólares que venían sobre todo de los países del medio oriente fueron despreciados por los países desarrollados de entonces, porque no querían pagar mayores intereses. Entonces fueron desviados hacia el sur, hacia América Latina. Los gobiernos de entonces, sobre todo militares, recibieron ingentes cantidades a tasas de interés alto, luego despilfarraron. Por supuesto es el pueblo que tenía que pagar. A finales del 80 casi todos los países estaban en bancarrota. Los bancos nunca perdonan las deudas. Es allí que nace la tabla de los diez mandamientos del profeta John Williamson para aplicar a los países castigados por la deuda. Con esto se inicia el periodo llamado del neoliberalismo. Esto suena a mera teoría, pero en realidad desde entonces se ha instalado en la vida cotidiana de la mayoría de los peruanos.

En 1990 es Don Mario Vargas Llosa que estaba llamado a instalar estos preceptos en el Perú, pero como él cantaba claro y fuerte quien le ganó con propuestas antineoliberales fue Alberto Fujimori. Pero una vez electo, éste es llamado a Washington y allí los americanos junto con el patrón del FMI y algunos peruanos conocidos, como Pérez de Cuellar y Hernando de Soto, le tiraran las orejas y le dicen manos a la obra. Claro está, abandonó sus promesas, como todos los candidatos, y aplicó las del escritor. La primera medida con dimensiones de estrangulamiento fue la llamada fujishock, su ministro de economía de entonces, el fugitivo Hurtado Miller, solo atinó a decir “Dios se apiade de nosotros”. Gracias a esta doctrina todo se privatizó hasta las escuelas, donde un agricultor sin futuro podía poner su kiosquito de estudiantes o un diputado quería hacer aprobar a toda costa en el parlamento su licencia para hacer su chiringuito en forma de Universidad. Resultado, la educación estaba en el penúltimo nivel de la región, justo antes de Haití. La desregularización significó la explotación minera sin límites con resultados de unas ganancias fabulosas para el patronal y la miseria y veneno para las comunidades campesinas. Esto se refleja también en el crecimiento desmedido de las ciudades, desprovisto de áreas verdes, pero dadivoso en mugre y cemento, donde los niños para jugar tienen que ocupar las calles y campear combis y taxis informales. Esta doctrina ha desprotegido al trabajador de los derechos elementales que cualquier sociedad civilizada brinda. Bajo la denominación del libre comercio se abrió las puertas sin límites a la importación y se ha asfixiado una naciente industria por tanto todo viso de exportación.

Evidentemente esta dinámica se mantiene gracias a los gobernantes que siguieron aplicando esta filosofía económica propia de las sanguijuelas, donde el señor Kuzcynski fue el ejecutor por muchos lustros.

Es verdad que durante estos últimos años el crecimiento de la economía y la bolsa fue fuerte y sostenido. Entonces preguntémonos ¿Por qué los niños mueren de frío? ¿por qué ha vuelto la malaria? ¿Qué significan las palabras “reglaje”, “marca” y “faenón” en el lenguaje cotidiano de los peruanos? ¿Por qué el 33 por ciento de la población sufre desnutrición? ¿Es esto que muchos quieren mantener?

Y otro poco de esperanza

La credibilidad que se tenía en Toledo, al principio de la campaña, se esfumó cuando se dirigió de espaldas al pueblo para tenderle la mano a Alan García, diciendo que no lo tocaría. Fue su último estertor. Precisamente lo que esperaba el pueblo no era ese tipo de mensajes. No quiere la impunidad ni el continuismo de una sociedad donde grandes segmentos viven diferentes a los demás. El pueblo quiere un cambio, quiere una medicina contra esta enfermedad que se arrastra de hace 21 años, que el mismo Williamson se arrepintió de esta creatura que había engendrado y que ningún país desarrollado, en su sano juicio, lo adoptaría por veinte años. Ahora a todas costas sus heraldos blanden hojas para hacer firmar en nombre de la libertad y el crecimiento económico un pacto por la supervivencia de algo que ya tiene olor a flor de cementerio. Seamos lúcidos. Queremos un Perú de paz, de crecimiento para todos a la altura de su riqueza y de su diversidad. No necesitamos remedios de ajustes económicos, hay que extirpar la enfermedad, sin caer en el extremismo económico que son dos: el neoliberalismo y el estatismo.

Humala nos ha prometido de acabar con esta enfermedad y esperamos que lo cumpla. Punto.

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