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Políticos

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Por Ricardo Vásquez Kunze

Cuenta Henry Kissinger que cuando Nixon asumió su presidencia, la política exterior norteamericana parecía dividida en ramas de otras ciencias. Así, por más estúpido que parezca, un grupo la veía como una subdivisión de la teología y sus rivales como una de la psiquiatría.

Los “teólogos” consideraban la política en términos puramente ideológicos. De tal modo que la ideología contraria –el comunismo– era el mal encarnado en la Tierra. Así las cosas cualquier negociación con el “mal” era no solo inmoral, sino imposible hasta que los comunistas hubieran abandonado sus ideas. El cómo los comunistas abandonarían su ideología era el garrote. Por lo tanto, la paz que buscaban los americanos para el mundo se hallaba en la insoluble paradoja de pasar por una guerra que, con la “Bomba” de por medio, podía llevar a la paz perpetua del cementerio mundial.

Los “psiquiatras” entendían la política como una consecuencia intrínseca de los procesos mentales. De este lado y del otro los cuerdos querían, en su mente, un mismo objetivo: La paz. Por lo tanto, americanos y soviéticos no eran tan distintos como los pintaban los “teólogos”. Ambos bandos tenían en su entorno “halcones” y “palomas”, por lo que había que trabajar para que en ambos bandos las “palomas” se impusieran a los “halcones” y así llegar a la ansiada paz. Sin embargo, los “psiquiatras”, ensimismados en su diván, se habían olvidado de algo fundamental: Que capitalismo y comunismo eran dos sistemas contrapuestos y que, para llegar a la paz, había que negociar algo. ¿Qué? Nunca pudieron responder a esa pregunta.

Finalmente, la presidencia de Nixon llevó a los EE.UU. a la política de las realidades. Existían ambos sistemas encarnados principalmente en las dos superpotencias de la época. Por lo tanto, esta realidad no iba desaparecer por cuestiones teológicas ni psiquiátricas. Si se deseaba la paz había que negociarla. ¿En base a qué? Pues a los propios intereses de ambos países. Así, poco importaba para la negociación que el otro bando fuera “malo” o cuáles fueran sus “intenciones”. Por eso es que Nixon no tuvo el menor empacho, para indignación de los “teólogos” y sorpresa de los “psiquiatras”, de iniciar la apertura con la China de Mao, un comunismo más radical y en pugna con el soviético. Esto llevó a los rusos a la mesa de negociaciones de desarme con EE.UU. mientras que las relaciones con los chinos empezaron a existir.

Es bueno recordar esto ahora que la política peruana se ha vuelto el campo de batalla de “teólogos” y “psiquiatras” con relación a las candidaturas de Ollanta y Keiko. Con cualquiera que gane, la clave de la paz está en las palabras de Mao a Nixon: “La cuestión pequeña es Taiwán (podemos esperar 100 años); la cuestión grande es el mundo”. Así se negocia. Aprendan.

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