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No aceptar chantajes

Sin programas ni ideas

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Por Federico Salazar

La intensa polarización en este proceso ha llevado a que quienes están por una opción consideren a los de la otra no solo diferentes, sino equivocados; no solo equivocados, sino perversos. Es, en realidad, una especie de chantaje moral: si no votas por mi opción, eres prácticamente un criminal.

Antes de que se conozca el resultado electoral, ya sufrimos una consecuencia de esta elección: ha ganado la intolerancia.
Hay quienes se preocupan por la democracia, especialmente la del pasado. Hay quienes se preocupan por la democracia, especialmente la del futuro. En ambos casos se pierde la visión del presente.

La pasión y el furor nos han hecho perder el contenido más valioso de la democracia y su condición esencial: la tolerancia.
"Jamás por ese candidato" no es, por ejemplo, una premisa que deberíamos aceptar los que no somos partidarios. Ambos candidatos lo son al amparo de la ley y ambos candidatos representan posiciones políticas legítimas.

En estas elecciones hay riesgos de ambas partes. Eso explica nuestros temores y, de paso, la tremenda carga emocional que ponen los partidarios de una u otra opción electoral. La atmósfera no es muy respirable y, por eso, no hay claridad para pensar.
No hay nada que objetar a quien elige porque "me gusta o no me gusta". Es parte del derecho a elegir. Quienes buscan argumentos, sin embargo, deben hacer un cálculo complejo.

No se trata solo de votar para rechazar una opción. No se pueden desconocer las posibles consecuencias de la elección.
Quienes buscan con esta elección conservar su "pedigree" democrático no pueden pensar tan solo en los antecedentes. A mí me parece que deben pensar, también, en las consecuencias.

¿De qué me sirve decir en el 2016 "nunca voté por ese candidato" si, en ese momento, me encuentro en un país menos democrático? ¿De qué me sirve votar por la "democracia" si mi voto contribuyó a su socavamiento?

Hay que hacer el cálculo del costo de mi elección.

Lo increíble de esta segunda vuelta es que ambos candidatos dejan ver riesgos en cuanto a ponernos en una mala situación futura. Si uno ve los programas, las ideologías, los antecedentes y los intereses en torno a ambas candidaturas, no puede resolver cuál es peor.

El no partidario tiene que hacer un análisis minucioso y menos apasionado. No debería contentarse con el narcisismo del "pedigree" ni, menos, aceptar el chantaje emocional de los partidarios.

Puedo usar esta elección para mi colección privada de "por quién no voté jamás". Menos vanidosa es, sin embargo, la opción de votar para la democracia del 2016.

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