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Voté por Fuji; pero no votaré por su hija

Voté por Fuji; pero no votaré por su hija

bll-especial01-23-05-2011

Por Gustavo Rodriguez

1995 fue especial para mí: nació mi primera hija y también voté por Fujimori. Cuando ella ahora me pregunta por qué lo hice, le recuerdo que, a diferencia suya, yo me formé en un colegio en el que la educación cívica consistía en marchar alineadito en Fiestas Patrias. Que en mi familia jamás se había discutido sobre política, sino de lo caro que estaba el pollo o de los préstamos que ya se vencían. Y que, encima, había estudiado en un instituto donde la ideología era una palabra que había que buscar en los diccionarios y en donde la mayor aspiración era trabajar para grandes empresas.

No es raro, entonces, que ese año hubiera preferido a Fujimori frente a Javier Pérez de Cuéllar. En el entorno pragmático que me rodeaba, lo natural era premiar al presidente que había cerrado un Parlamento para poner orden, que había capturado a Abimael y que ahora nos había permitido tener grifos iluminados y teléfonos apenas los pedías. Más que un idiota, fui un iluso profesional. Se podría decir que, sencillamente, me compré un auto bien pintado y pulido, sin pensar siquiera que la corrosión podría estar haciendo un trabajo silencioso debajo de esa capa de pintura.

Pero algo hay que aprender de los golpes. Después de tantos, entendí que lo que más daño les hace a las sociedades es, a veces, lo menos evidente. Fujimori nos dio estabilidad económica, pero el precio que pagamos a cambio sigue siendo muy alto hasta hoy y, según las encuestas, la mitad de mis compatriotas mayores de edad ni siquiera lo nota. La destrucción de la institucionalidad a manos de una red corrupta es lo peor que le puede ocurrir a un país, y las consecuencias tardan en irse.

Las pagamos cuando se nos cruza una combi sin licencia, gracias a que acaba de coimear a un policía. Las sufrimos cuando vemos a tanto joven universitario que no sabe quién fue César Vallejo, triste evidencia de un sistema que vio en la educación un negocio y no una forma de garantizarnos desarrollo sostenible. Las pagamos, incluso, cuando pasamos frente a un espléndido y renovado Estadio Nacional, pero donde se jugará un fútbol patético, inmerso en un sistema quebrado y corrupto. Es que cuando la gangrena avanza no deja rincón sin pudrir. Y ahora media población está a punto de reivindicarla, de casi considerar a sus promotores como salvadores del país.

Recuerdo que cuando vi los vladivideos que mostraban cómo se compraban voluntades en nuestra tierra gracias, en parte, a mi voto de 1995, me sentí un estúpido tan grande, que hasta plasmé en imágenes lo que habrían pensado Grau o Bolognesi si hubieran resucitado y visto esas cintas. “¿Para tener este país mafioso es que me sacrifiqué?”. Ahora que rememoro todo aquello, solo me queda decirle a la hija de Fujimori: señora, usted tuvo la oportunidad de ser crítica con el gobierno de su padre y, en lugar de eso, lo ensalzó hasta las nubes. No hay forma de que pueda contar con mi voto.

La dignidad siempre será más grande que la desconfianza que me inspira su contendor.

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