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Doble rasero

Doble rasero

bll-especial05-27-05-2011

Por Ronald Gamarra

La propaganda de Keiko Fujimori promete “mano dura” contra la delincuencia. Habría que precisar que su promesa se limita a cierta clase de delincuencia: la que te arrebata el celular, la que asalta a mano armada en las calles, la que secuestra y exige un rescate. Pero para otra clase de delincuencia, la de cuello y corbata, la de los que roban del erario a manos llenas, la de quienes malversan y desfalcan masivamente, la de quienes organizan escuadrones de la muerte, para ellos reserva guantes de seda y no hay duda de que se propone indultarlos porque esos bandidos abundan en sus filas.

Es ingenuo pensar que no será así. Hace menos de un año, Rafael Rey, su candidato a vicepresidente, propuso formalmente, y por poco obtiene del gobierno de Alan García –de quien era ministro de Defensa– una ley para garantizar impunidad a violadores de DDHH, que él, en su torcido punto de vista, considera inocentes y hasta víctimas. En esa oportunidad, la ley fue derogada ante la amplia oposición ciudadana encabezada por la protesta del escritor MVLl. Pero si los fujimoristas vuelven al poder, con Rey como vicepresidente, ¿alguien puede creer que no volverán a intentarlo y que esta vez se propondrán imponerla?

Son más de 200 los funcionarios fujimoristas sentenciados a penas privativas de libertad por delitos comunes y crímenes de lesa humanidad rigurosamente comprobados. Encabezan la lista Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, íntimos socios de una década de corrupción. Pero son también muy numerosos los que rozaron la cárcel y no pudieron ser sentenciados porque tuvieron la fortuna o la habilidad de que, en sus respectivos casos, faltasen pruebas tan contundentes como las que permitieron sentenciar a sus cabecillas. Pero todos sabemos lo que hicieron. Y allí están: pululan en la corte de la candidata, a veces yéndose de boca en su entusiasmo, preparándose para recuperar el poder perdido y volver a las andadas.

Sería un trágico error que el voto popular volviera a darles el poder. Significaría un retroceso político que pondría en grave peligro la democracia y nos marcaría con el sello de la desmoralización, confirmando una insólita capacidad de tolerancia frente al crimen anidado en el Estado, frente a esa arraigada corrupción sistémica que todos condenan y de la cual todos se quejan formalmente, ritualmente, pues cuando llega el momento de la prueba no son pocos los que están dispuestos a votar por ella, abandonando toda consideración de principio.

Al hablar de principios, pienso en Carlos Iván Degregori, que los encarnó con humana naturalidad y fulgor intelectual. Hermano mayor de la comunidad de defensores de DDHH, siempre estará presente en nuestro recuerdo y nuestro afecto.

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