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No me viciaré a mi mismo

No me viciaré a mi mismo

bll-especial03-27-05-2011

Por Enrique Prochazka

Está circulando por e-mail una carta solicitando firmas de escritores peruanos para un vigoroso texto que rechaza la votación por Keiko Fujimori. Ya lo ha firmado una notable variedad de escritores, empezando por el Nóbel e incluyendo a gentes de colores políticos muy diferentes. Me hace llegar el mail Gustavo Faverón, a quien aprecio mucho y a quien he felicitado repetidas veces por su defensa de los valores democráticos.
  
Como he dicho públicamente en diversos medios en línea, yo suscribo muchos de los conceptos que en ese manifiesto se expresan, incluso la mayoría. Pero no la firmaré, porque hay otros –pocos, pero fundamentales- con los que no estoy de acuerdo, y que tienen que ver principalmente con lo que percibo como un voluntario y urgente adormecimiento del escepticismo, dirigido a creer que el 5 de junio una cosa será preferible a otra.
  
“No se negocia con el crimen”, dice la carta de los escritores. En mi experiencia y en estas circunstancias, eso implicaría irse. En mi tozuda experiencia de no-coimeador, en Perú no negociar con el crimen es exonerarse de la PEA. Porque resulta irritante el rasgar de vestiduras de tanto ciudadano que grita “fuera los corruptos” bien desde el asiento de cuero de su Jaguar o desde la llanta quemada y el puente tomado. En mi cuenta, en Perú el otro nombre para la corrupción es Población Económicamente Activa.
  
Me exonero.
  
No como un hombre que salta de una torre de marfil nacional a otra más grata en el extranjero. No como un intelectual “comprometido”, cuando el compromiso es con el mimeógrafo, con el deporte de las luchas políticas universitarias, con las fantasmagorías de la forja de un mundo nuevo desde el panel de comentaristas con un dedo en la sien. No, yo no admito esta aberrante alternativa electoral porque creo, sinceramente, que durante los pasados cuarenta años, o poco menos, he hecho todo cuanto estaba en mi poder para evitarla, y que ha sido poco menos que inútil.
  
El rasgar de vestiduras pide que cada uno de nosotros reconozca que todos tenemos “la culpa”. O la responsabilidad, los más elaborados.
  
No, lo siento: yo –yo en particular- no tengo la culpa. Yo no excluí. Mi padre fue minero: de los que usan pico, no caballo, mucho menos un BMW. A los catorce años aprendí quechua (en la Alianza Francesa) con cariño, y verdadero entusiasmo, cuando Velasco la declaró lengua oficial. Yo no empobrecí a nadie. He trabajado con las manos y, espero, la mente en 22 de los departamentos del Perú. Yo no ignoré. He sido profesor de una escuela de ocho alumnos en la selva. Algo aprendieron. Menos que yo. Yo no exploté, al menos no más de lo que he sido explotado por el Estado -lo que considero un fair share. Durante meses corté leña para el fogón de la señora Julia a cambio de almuerzos. Yo no excluí. Durante veinte años caminé por las quebradas más solitarias, compartí agua, comida y abrigo de ida y de vuelta, construí un puente comunal a 4600 metros de altitud. No contaminé. Llevé mi bicicleta a la selva cuando me cansé de caminar 28 kilómetros a Rioja. Con mis hijos pequeños caminé alrededor de una isla del Titicaca recolectando muchas bolsas de basura para reciclar. Esas son mis “culpas”.
  
Y la responsabilidad ya la tuve, a niveles que los intelectuales y escritores peruanos (por lo que observo) aborrecen tener. Sacrifiqué muchísimo, a un alto costo profesional y personal, para llevar Internet y seguridad médica a los pueblos más alejados del Perú, a fines de los 90. He sido funcionario de estado durante doce, trece años, cuatro gobiernos: pasé por los regímenes de Fujimori, Paniagua, Toledo y García sin vacaciones, seguros, gratificaciones ni compensaciones, y más bien con amenazas continuas de despido que se convirtieron en lanzamientos intempestivos más de una vez. Hice eso tratando de servir al Estado peruano, y a su población más indefensa, mientras proveía para mi familia sin ninguna defensa y más bien con la burla posterior de quienes, desde las torres de marfil del civismo, sienten que alguna virtud debe de haber en el no aceptar encargos de gobierno, puesto que ellos mismos no los aceptan o no son elegibles para esos puestos. La responsabilidad ya la tuve, y la cumplí. Y aunque seré el primero en proclamar que pude haber hecho mucho más, sé también que hice bastante. No, yo no he incumplido mis responsabilidades como peruano de a pie. Ni como leñador, ni como constructor de puentes, ni como intelectual. Y no cargaré con la culpa, si es que tal cosa existe.
 
Ahora se me pide que elija entre dos fascismos. Que vote por mi fascista de confianza para visar su intento de gobernar el Perú, mi Perú. Respondo que no lo haré. Respondo que no admito ese dilema. Que no acepto ser secuestrado ni amenazado por el fascismo de ningún color o extremo con el fin de obtener mi validación política. Y no admito tampoco que se llame “viciar” al acto límpido de manifestar esa independencia de criterio. Porque en ese caso (de amputar, con mi cuchilla, los rostros encuadrados de los dos candidatos, cosa que ya hice en 2006) lo viciado no sería mi voto, sino la alternativa. Lo “viciado”, qué duda cabe, son estas elecciones que me piden elegir entre dos maneras de terminar.
 
No se vota por el mal. No me importa su talla.
 
Como intelectual, como papá de cuatro personas, vengo observando y comentando preocupadamente el devenir de esta crisis durante ya algunos años: cuando desde 1996 mi oficina en el Ministerio de Educación empezó a medir, de manera consistente y confiable, los resultados de los logros de aprendizaje en el país, y vimos que los jóvenes que en las pruebas PISA tienen 15 años y no entienden un carajo de lo que leen, tres años más tarde votan… como votan. Cuando los mismos intelectuales que reniegan por esos terribles resultados de aprendizaje aplauden eso que llaman la sabiduría del electorado. Cuando en 1997 un amigo sumamente perspicaz (Víctor Shiguiyama, hoy a cargo del plan de gobierno de Keiko) me hizo ver que tarde o temprano enfrentaríamos lo que llamó una crisis de gestión (“no habrá suficientes personas competentes en las demandas del siglo XXI como para liderar los cambios que el país demanda”. Ahí estamos, Víctor.) Cuando tras una década de tratar de que los agentes descentralizados preparen sus proyectos y ejecuten las obras y gasten como deben, la cosa esté peor que nunca (en 2001, en los pasillos del gobierno, se empezó a hablar de recentralización. No olviden esa palabra: la escucharán con frecuencia en el futuro). Cuando con Walter Twanama calculamos que a las tasas de recambio legal de maestros, dotar al sistema educativo de profesores competentes (¡en el caso de que pudiéramos encontrar alguno!) tomaría setenta y dos años. Cuando la Carrera Pública Magisterial ya rascó el fondo del barril de las capacidades magisteriales y las competencias del magisterio en su conjunto no han cambiado un ápice. Cuando, desde el Ministerio del Interior, pude comprobar la profundidad de la corrupción, no sólo en la Policía Nacional, sino en el gobierno, en el gabinete. Nadie me lo contó. Renuncié, otra vez sin CTS.
De modo que estaba bastante preparado para esto. Hace años que digo a un ministro tras otro que me pagan para trabajar, pero no para tener esperanza. Porque ningún país tendrá un futuro mejor que la educación que tiene ahora. Y por eso no veo que nuestro infortunio político vaya a cambiar; porque no veo dónde creen que está escondido el Hombre Nuevo que forjará un Perú Mejor. Forget it. No hay Hombre Nuevo. No está en el unidocente de PampaEntsa, y desde luego tampoco en la UPC.
  
No fue ni siquiera necesario mirar al futuro para perder la esperanza. Basta, en realidad, un poco de estadística. El caso es que nada cambia al ritmo suficiente como para aquietar los severos, y sin duda justísimos, reclamos por una mayor equidad en el sur andino y en todas las zonas desfavorecidas del campo y de nuestras ciudades. Al mismo tiempo, la corrupción es la inveterada manera de hacer las cosas -en todos lados. Porque es también corrupta la señora puneña que en este momento está pidiendo el cese de las concesiones mineras (y la ventana para la minería informal, el flujo del dinero del narcotráfico al contrabando, etc). No la veo pagando impuestos en los próximos años. Más bien la veo mal usando los que yo pagué. 
De manera que –en mi opinión informada- la avalancha vendrá de todas maneras, deslizándose sobre nuestro
 
bajo nivel educativo, acelerada por el descontento, pero sobre todo aceitada por Cuba a través de Chávez. No interesa si tal es o no el programa de Ollanta Humala. Cuba no le está pidiendo permiso. En realidad, poco importa si Ollanta (o Keiko, para el caso) rehúsan dárselo. La insurrección está en camino, y la única alternativa es combatirla: pero nadie está en capacidad política de hacerlo, nada digamos ya de habilidad estratégica o equipamiento táctico.
 
Así que con la primera vuelta no han ganado los ignorados nada que dure; pero, lamentablemente, parece que tampoco han perdido los ignorantes su ignorancia. Ignorancia cobarde en este caso.
 
Y así llegamos a los intelectuales peruanos y a sus importantes, pero quizá regresivas, tomas de posición. Es alarmante lo que estas elecciones nos han hecho. Con escasas excepciones, cada uno de los “intelectuales” peruanos anuncia y defiende que votará el 5 de junio como lo hubiera hecho si estuviera nuevamente en Estudios Generales. En una primorosa recapitulación, en un show de cómo la ontogenia reproduce la filogenia, quienes perdieron la hacienda con Velasco votarán por Keiko y su libérrimo hortelano; quienes fueron progres antes de la caída del Muro votarán todavía por Humala y sus calculadas restricciones a la libertad. Pienso que ahí –en el cariz político de la post-adolescencia- hay un predictor acertado; Steven Pinker afirma que esa inclinación a derecha o izquierda es genética. Le creo. En efecto, cada bando clama por un retorno a la naiveté: a la necesidad de tener fe. Que opino que es cosa tonta, poco educada por la realidad, y ciega. Porque ninguno de los programas en juego se cumplirá; en su lugar muy pronto se cumplirán sus lados oscuros, sus respectivos Mundos Bizarros. He escrito antes y repito que no gobernarán Keiko ni Humala, sino las opacas corporaciones que alientan tras ellos.
 
Y no, no cuento con las virtudes de la vigilancia ciudadana. Porque salir a las calles para vigilar la democracia sólo sucede, en el Perú, cuando el perezoso ochenta por ciento de la ciudadanía está parejamente harto de algo. Y ese no será el caso: un acabóse con Keiko hará que el país se digiera (e indigeste) a sí mismo, de dentro afuera, del campo a la ciudad. Cuba se asegurará de que así suceda. Mientras que un desmadre con Ollanta no convocará a salir a las calles a aquellos que ni siquiera tienen calles a dónde salir. Ya salieron a incendiar el Occidental Simbólico, a matar unos cuantos policías. Y entonces ¿del lado de quién se pondrá la civilidad liberal e ilustrada? ¿Del orden público y las libertades individuales, representados por el presidente Ollanta… y su Ejército? ¿O del lado de las barricadas en Cajamarca, Cusco, Puno, y sus ajusticiamientos de alcaldes y su defensa de todo lo neolítico? No, amigos. Nos espera la sangre. Se votó por ella en la primera vuelta.
 
Así las cosas, hallo que también yo puedo volver a la vistosa sabiduría de mis diecisiete años. Seré quien era entonces: No votaré.

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