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Sin alegría y con temores

Sin alegría y con temores

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Por Juan Carlos Tafur

Si el apoyo total, sin ambigüedades –como ha indicado Alejandro Toledo- de Perú Posible a la candidatura de Ollanta Humala hubiese supuesto un cogobierno, quizás su impacto hubiese sido lo suficientemente relevante como para romper el empate técnico que hoy existe entre los dos candidatos presidenciales.

No creemos que a estas alturas, tal como ha sido planteado, el endose hecho explícito termine por mover el tablero electoral. Según las encuestas, de los votantes por Toledo en la primera vuelta, casi un 70% se había inclinado ya por hacerlo a favor de Ollanta y poco menos del resto hacia Keiko. En abstracto, si la capacidad de endose funcionase plenamente, sí habría margen para que la eventual migración terminase por concretarse, pero está probado que ello ya no se da en el Perú.

La pelota está en la cancha de los dos candidatos. Y de nadie más. Ya se han hecho conocidos todos los apoyos posibles. A nivel político, empresarial, mediático e intelectual. Y los porcentajes que ambos exhiben en las encuestas casi no se han movido.

Tal vez si Humala y Fujimori hiciesen algo superlativo en los días que restan, algún giro podría darse. ¿Qué puede ocurrir? La verdad es que solo vemos tres posibilidades. Una, que en el debate uno de los dos descuelle superlativamente respecto del otro. Dos, que alguno de ellos lance una demoledora y efectiva campaña publicitaria, capaz de mover afectos, sobre todo en aquellos sectores que no se guían por los medios de comunicación en su aspecto noticioso (aquellos que no leen periódicos ni ven noticieros). Tres, que los mítines de cierre sean particularmente exitosos y comunicacionalmente potentes.

En términos de mensajes gruesos ya el país sabe a lo que se atiene en ambos casos. En cuanto a los errores que han jaloneado sus respectivas campañas tampoco vemos que uno u otro hayan sido capaces de romper con los lastres que respectivamente arrastran. Ni Keiko ha sido capaz de convencer que lo suyo está alejado de las calamidades del fujimorismo de los 90, ni Ollanta ha podido despejar las dudas sobre que el suyo es un proyecto alejado de fórmulas estatistas. En ambos casos, más por culpa de sus voceros o allegados, han logrado el propósito trazado de alejarse de sus correspondientes pasivos.

Se avecina una final de fotografía, muy apretada y absolutamente incierta en cuanto a su resultado. Será finalmente la confirmación de que el próximo Presidente del Perú será uno que empezará su gestión cargado de suspicacias y con un horizonte de gobernabilidad preocupante. Eso es lo que el pueblo eligió.

Solo queda albergar una improbable esperanza de que una vez en el poder, éste surta algún efecto de maduración cualitativa en uno o en otra. Y que, como ha ocurrido varias veces en nuestra historia, nos toque en suerte una sorpresa positiva. Hasta el momento, para quienes no endosamos nuestras preferencias hacia ninguno de los dos, solo nos queda mirar lo que suceda con un escepticismo y espíritu vigilante a ser mantenidos en alto los cinco años venideros.

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