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Tapia

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Por Eduardo Dargent

Carlos Tapia deja el gobierno a pedido de Ollanta Humala. El detonante habría sido una entrevista brindada a Ideele Radio, en la que criticó duramente al Gobierno y a las empresas mineras (y, ojo, también a los líderes que se oponen a la minería sin dialogar al respecto). Si bien es prematuro hacer una evaluación de fondo sobre el incidente, hay dos aspectos de lo sucedido que me parece merecen atención.

Primero, el gesto muestra un estilo vertical de ejercer el poder que preocupa. Tapia no renunció, a Tapia lo renunciaron. El aliado que acompañó a Humala desde el 2005 y en momentos en que su candidatura estaba debilitada, fue echado sin problema. Me imagino que en este momento otros miembros de la coalición, sean de izquierda o de derecha, que creían que podían ser voces discrepantes dentro del gobierno temen por su continuidad si abren la boca.

Si las denuncias hechas por Tapia sobre interceptaciones y copamiento militar son ciertas, pues ya hablamos de cosas mayores. En nuestra tradición de gobiernos personalistas, con asesores que deciden mucho pero no rinden cuentas, presidentes que se arropan en informes conspirativos de inteligencia y sin contrapesos legislativos o judiciales, estos actos merecen mucha atención. Mejor exagerar que pasar por agua tibia.

Segundo, me preocupa que este gesto lleve a la salida de otros líderes de izquierda que participan en el gobierno. Y no porque crea que estos líderes tienen un amplio caudal electoral, ni por su peso político. Si bien discrepo con varias de las posiciones que esgrime este sector, sí me parece importante que sean parte del gobierno, pues recogen los intereses de los votantes de Humala en primera vuelta. Gana Perú o el Partido Nacionalista son organizaciones débiles y personalistas. Los elegidos en el Congreso no siempre mantienen un vínculo de representación con sus electores. La izquierda y sus líderes tampoco tienen vínculos sólidos con esos votantes, pero cuando menos comparten preocupaciones y agenda con parte de esos electores. Su presencia permite que estos intereses sean incorporados en las decisiones de gobierno.

Si otros izquierdistas siguen a Tapia, dichos electores pierden voceros en el gobierno. Cuando la izquierda más ultra abandonó al PT o a los socialistas chilenos, quedaba en el poder una izquierda moderada y organizada respondiendo a sus electores. Pero aquí, si se van estos líderes, ultras y no ultras, nos quedaríamos con una coalición de nacionalistas, tecnócratas, empresarios y militares en retiro que difícilmente se podrá presentar como de centro-izquierda. La imagen de continuidad con los gobiernos anteriores se reforzaría. De pronto la aprobación del gobierno no caería, pues podría balancear lo que pierde con el apoyo de otros sectores o construyendo vínculos con programas sociales. Pero parece una apuesta arriesgada para un gobierno que se siente cómodo en la centroizquierda y, por supuesto, sería contrario a su promesa de incluir y representar a los disconformes de primera vuelta.

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